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Periodismo a pesar de todo

Antonio Baños

Antonio Baños Boncompain (Barcelona, 1967) es un periodista catalán. Estudió y se licenció en Ciencias de la información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha trabajado en prensa escrita y fue colaborador del programa de radio de RNE Asuntos Propios, en la sección Economía para idiotas. En televisión, colabora con La Sexta y Cuatro.

Ha publicado dos libros sobre economía, 'La economía no existe' (traducida al portugués) y 'Posteconomía', en los que se muestra crítico con esta disciplina y con los economistas, y otro sobre Catalunya, 'La rebelión catalana'.

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La Patum de Girona

El sábado pasado Girona fue el centro mundial del sector de la independencia. Si Barcelona tiene aquel congreso del móvil, Girona tuvo el mejor en smart-indepes. O sea: la feria Estelània, Carme Forcadell, los llamados Líderes del Sí y (aquí es donde entra un servidor), una especie de Mundial paralelo de escritores independentistas. Todo bajo el explícito nombre de: Jornades Catalunya vol viure en Llibertat i amb Dignitat. Los compañeros de El punt Avui organizaban el encuentro y la cosa, creo, fue bastante bien.

Llegamos a Girona en tren con David Fernández, de la CUP, y Pere Macias, que insiste en que todos debemos proteger al presidente ante los ataques finales de los borbónicos. Ya en el Auditorio de Girona, unos sesenta autores nos reunimos bajo unas reproducciones ampliadas de las portadas de nuestros libros que cuelgan de una pared como si fueran cuadros. Es la nueva National Gallery. El profesor Joan Francesc Mira nos imparte una ponencia de las suyas. Erudita, divertida y con este punto suyo tan envidiable entre la distancia irónica y el entusiasmo. Habla después Mascarell. Un poco largo y confuso pero vaya. En la sala de al lado el ambiente es totalmente diferente. Carme Forcadell ha reunido al pueblo soberano más entusiasta. Nos hacemos una foto y nos dan unos tickets para la Firatast, una feria gastronómica bastante variada y sabrosa. Bien, todo muy bien.

Unas jornadas por la libertad que saben, o al menos así lo espero, a fin de curso. Pero no a fin de curso cualquiera. A fin de curso de segundo de bachillerato, por ejemplo, cuando tienes que elegir a qué carrera irás el otoño siguiente. Un fin de curso de año de selectividad. De no retorno.

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La Patum de Girona

El dissabte 12 Girona va ser el centre mundial del sector de la independència. Si Barcelona te aquell congrés del mòbil, Girona va tindre el bo i millor en smart-indepes. O sigui: la fira Estelània, Carme Forcadell, els anomenats Líders del Sí i (aquí és on entra un servidor), una mena de Mundial paral·lel d’escriptors independentistes. Tot sota l'explícit nom de: Jornades Catalunya vol viure en Llibertat i amb Dignitat. Els companys de El punt Avui organitzaven l’aplec i la cosa, crec, va anar força bé.

Arribem a Girona en tren amb David Fernández, de la CUP, i en Pere Macias, que insisteix en què tots hem de protegir al president davant els atacs finals dels borbònics. Ja a l'Auditori de Girona, una seixantena d'autors ens apleguem sota unes reproduccions ampliades de les portades dels nostres llibres que pengen d’una paret com si fossin quadres. És la nova National Gallery. El professor Joan Francesc Mira ens imparteix una ponència de les seves. Erudita, divertida i amb aquest punt seu tan envejable entre la distància irònica i l’entusiasme. Parla després en Mascarell. Una mica llarg i confús però vaja. A la sala del costat l’ambient es totalment diferent. Carme Forcadell ha aplegat el poble sobirà més entusiasta. Ens fem una foto i ens donen uns tiquets per la Firatast, una fira gastronòmica prou variada i gustosa. Bé, tot molt bé.

Unes jornades per la llibertat que tenen, o almenys així ho espero, gust de fi de curs. Però no d’un curs qualsevol. El fi de curs de segon de batxillerat, posem per cas, quan has d’escollir quina carrera faràs la tardor següent. Era un fi de curs d’any de selectivitat. De no retorn.

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No hay dos sin tres

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No sé si lo tienen muy presente, pero en los 300 años de desgracias y mal gobierno de los borbones peninsulares, la familia campechana ha sido expulsada de España dos veces. Y dicen que no hay dos sin tres.

Tantas ganas se le ha tenido a la dinastía que el pobre general Prim, tan reivindicado ahora por ese hombre de extraño peinado que es Ramón Tamames, dejó para la historia aquella frase: "¿Los Borbones en España? jamás, jamás, jamás". Como se sabe, Prim fue disparado y estrangulado por intentar cambiar de dinastía y los tipos que jamás deberían regresar a España nos regalan estos días con su ritual familiar del traspaso de la finca.

España no es lo que podría haber sido y, desde luego, siempre ha estado a distancia de lo que debería haber sido. Y este lamento incluye, cómo no, a esta saga borbónica, mezcla chusca de juego de tronos y Hostal Royal Manzanares que lleva, en su última etapa, 39 temporadas en antena con hastío de publico y poca contundencia de la crítica.

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Multireferéndum

Siempre que puedo, en estos actos públicos que frecuento de un año a esta parte, utilizo una metáfora. Ya me dirán qué les parece. Para hablar de la diferencia entre ser una autonomía y ser soberanos, a lo que aspiramos, les digo que la diferencia entre autonomía y soberanía es la misma que hay entre tener diecisiete años o dieciocho. Parece muy poca cosa pero, de hecho, es la diferencia entre ser un niño y un adulto en términos legales. Un menor, un chico con autonomía, puede vivir la ficción de la libertad. Si tiene unos padres bastante liberales o despreocupados, puede llegar de madrugada, tener tele en el cuarto, traer chicas a casa e incluso tomarse una cerveza con el padre. Pero la libertad verdadera, la que deriva de la soberanía, no la tiene. No puede montar una empresa, casarse y sobre todo, no puede huir de casa sin consentimiento porque la Hemetèrita, que decía Chiquito, devolvería al crío a la disciplina constitucional de la indisoluble unidad de la familia.

O dicho de otro modo, a los menores, a las autonomías, se las trata con condescendencia, quizá con generosidad si se portan bien, como Monago, pero nunca con justicia e igualdad dado que son entes "inferiores". La única manera de ser respetado es ser adulto. Ser soberano.

Pues esta metáfora me ha venido a la cabeza después, eso sí, de unos minutos de maldiciones y tacos, al conocer la noticia de que la Junta Electoral Central ha prohibido la instalación de urnas a los compañeros de la campaña por el Multireferéndum.

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Multireferèndum

Sempre que puc, en aquests actes públics que sovintejo d’un any ençà, utilitzo una metàfora. Ja em diran què els sembla. Per parlar de la diferència entre ser una autonomia com ara i ser sobirans com aspirem, els dic que la diferència entre autonomia i sobirania és la mateixa que hi ha entre tenir disset anys o divuit. Sembla molt poca cosa però, de fet, és la diferència entre ser un nen i un adult en termes legals. Un menor, un noi  amb autonomia, pot viure la ficció de la llibertat. Si té uns pares prou liberals o despreocupats, pot arribar de matinada, tenir tele al quarto, portar noies a casa i fins i tot fer-se una cervesa amb el pare. Però la llibertat veritable, la que deriva de la sobirania, no la té. No pot muntar una empresa, casar-se i sobretot, no pot fugir de casa sense consentiment perquè la Hemetèrita, que deia en Chiquito, retornaria al marrec a la disciplina constitucional de la indissoluble unitat de la família.

O dit d’una altre manera, als menors, a les autonomies, se les tracta amb condescendència, potser amb generositat si es porten bé com en Monago però mai amb justícia i igualtat donat que son ens “inferiors”. L'única manera de ser respectat és ser adult. Ser sobirà.

Doncs aquesta metàfora m’ha vingut al cap desprÉs, això sí, d’uns minuts de malediccions i renecs, en conèixer la notícia de que la Junta Electoral Central prohibís la instal·lació d’urnes als companys de la campanya pel Multireferèndum.

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Einstein i el procés

Hola,

Diumenge al vespre vaig anar a l’Escola Industrial. En Lluís Pla, cap d’estudis del CMU Ramon Llull, m’havia convidat per fer una xerrada a tres sobre el daxonsis. Els altres ponents, col·legues de molta volada, eren l’Ignasi Aragay i l’Enric Juliana.

Era la segona vagada que en Pla en convocava. La primera va ser per xerrar sobre el meu llibre Posteconomia i va ser molt agradable tot i que vaig descobrir una cosa inquietant. Per tal de saber quins alumnes havien assistit a la xerrada a la porta hi havia un detector de grapes digitals, dit així, pel boc gros. Un estri biopolític, que en deia en Foucault. A mi en va fer una mica de basarda però l’amenitat de l’acte m’ho va fer oblidar.

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Einstein y el proceso

Hola,

El domingo por la noche fui a la Escuela Industrial. Lluís Pla, jefe de estudios del CMU Ramon Llull, me había invitado para dar una charla a tres sobre el  daxonsis Los otros ponentes, colegas de mucha envergadura, eran Ignasi Aragay y Enric Juliana.

Era la segunda vez que Pla me convocaba.  La primera fue para charlar sobre mi libro Posteconomía y fue muy agradable aunque descubrí algo inquietante.  Para saber qué alumnos habían asistido a la charla en la puerta había un detector de patas digitales, dicho así, a lo basto.  Un utensilio biopolítico, que decía en Foucault.  A mí me hizo un poco de miedo pero la amenidad del acto me hizo olvidar.

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Nos vemos en las urnas y las calles o en el juzgado

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La diputada del Parlamento catalán Marta Rovira (ERC) entrega al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, un ejemplar del libro "El sentido común y otros escritos", de Thomas Paine. / Efe

Unos hablan de una cosa y otros de otra. Agua y aceite. El paso de Turull (CiU), Rovira (ERC) y Herrera (ICV-EUiA) no es por supuesto el final del proceso soberanista, pero sí una inflexión. Una inflexión que, según como vaya todo, puede ser muy importante. La sesión del Congreso se parecía a la escena final de Casablanca. En blanco y negro y con un tono de despedida más que evidente. Este asunto no volverá a tratarse en las Cortes. Quedó claro que, a partir de ahora, se abren cuatro pantallas de jugabilidad. Por un lado, los tribunales y los despachos y, por el bando indepe, las calles y las urnas. Al comentar la sesión desde el Parlament, el diputado de las CUP David Fernández sentenció con pose de Arias Navarro: la transición ha muerto. Y algo de eso sí que hay en el debate. Hay algo de fin de una impostura autonómica y también fin para toda España de cierta impunidad del consenso político frente a la opinión de la calle como magníficamente expuso el diputado de Compromís Joan Baldoví.

Me pondré cursi pero creo que es bastante evidente que el Zeitgeist, el momentum catalán, se encuentra absolutamente alejado de la retórica de exaltación transicionista que PPSOE y aledaños hicieron en el Congreso. Fue una experiencia casi de choque cultural, de shock del imaginario. De colisión de perspectivas.

Evocar e invocar a la avejentada Constitución como una virgen inmaculada violada por la sevicia de Arturo Mas no puede más que mover a la compasión, visto desde este rincón peninsular. La Constitución no es ya, en el escenario político catalán, nada de valor, nada a preservar. Al contrario, a su superación es hacia donde se mueve la corriente política central del Principado. Y, por eso, el debate se hizo tan cacofónico. La diputada de Geroa Bai Uxue Barkos centró perfectamente la esencia del problema. Cuando Rajoy se escandalizaba porque "no existen soberanías regionales", Barkos le daba la razón.  "Claro que no", dijo, "ninguna región puede plantear ese referendum. Pero es que es la soberanía nacional de Cataluña la que lo plantea". Y una vez más aparece el meollo. Es así como volvemos al gran problema, al viejo problema enterrado de mala manera en el 78. La plurinacionalidad del Estado y, con ella, el asunto de las soberanias compartidas en España.

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La matraca catalana y el hartazgo español (orígenes de la visita a Madrid)

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Los representantes en el Parlament de CiU, Jordi Turull; ERC, Marta Rovira, y ICV-EUiA, Joan Herrera. / Efe

La visita a las Cortes de delegados catalanes ha sido una de las estampas más costumbristas de la política española. Cada tanto, unos catalanes apuntan en un papel sus quejas y deseos y se van hacia Madrid con la esperanza de poder seducir y convencer a los españoles. Con el tiempo, la matraca catalana y el consecuente hartazgo español han entrado en un bucle secular. Porque si ustedes creen que esto de los catalanes yendo al Parlamento es culpa de las Autonomías, van ustedes muy errados.

La primera embajada a Madrid de estas de ir a pedir permiso data de 1640. Entonces se envió una comisión para pedir la libertad del diputado de la Generalitat Francesc de Tamarit, preso por el virrey. A la embajada ni siquiera se le dejó entrar a la cuidad y, meses después, Catalunya proclamaba la Primera República.

En febrero de 1653, Francesc Puigjener, embajador de Barcelona en Madrid, podríamos decir que retoma la ya cuatricentenaria tradición de ir a pedir permiso a la corte para autogobernarse. Luego fueron hasta el Manzanares las embajadas de Saiol, Agustí de Berardo, Montaner, Lanuça y, en 1698, la embajada a Madrid de Joseph Stampa. Un total de ocho viajes a Madrid en 50 años antes de que empezase el siglo XVIII.

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Espadaler: depura ya los racistas de los Mossos

Conseller Espadaler, hermano en Cristo: Yo ya voy comprendiendo (porque a fuerza de palos la letra entra) que cuando uno va a una manifestación, de estas poco cómodas para los business friendly, arriesgue a que la ley, en su forma más musculada, le rompa la cabeza. Me cuesta pero puedo llegar a comprender (la performance es un arte libre) que la mejor manera de disolver una manifestación que se encontraba a su final, es bloquear Via Laietana y ofrecer a manifestantes y turistas un delicioso espectáculo coreográfico de lecheras a toda velocidad.  Holiday on ice con furgones policiales. Si quiere, le compro el uso ridículo, todo sea dicho, del flamante cañón sónico que parecía un efecto especial de una mala película de marcianos de los años 50.

Como ve, querido hermano, mi comprensión hacia la prepotencia y chulería de nuestra siempre democrática y popular BRIMO es inagotable. Sigo, cuando veo venir a los Mossos, el camino del santo Job y la paciencia de nuestro Señor en frente del látigo: perdónalos Señor, que estos (neurológicamente) no saben lo que hacen.

Pero el sábado, en la calle Princesa, hacia las ocho y media, mientras los democráticos agentes se dedicaban a asustar de manera gratuita a la gente que se encontraba allí, uno de los modélicos policías tuvo un comportamiento que, perdone la expresión oh hermano conseller, me repugnó. No era un perroflauta. No era un anarco. No era ni siquiera un periodista. Se trataba de una chica baja, muy bajita y rechoncha que ni siquiera formaba parte de la manifestación. Una chica imperceptible y calmada. Una chica ajena a todo conflicto que fue agredida y empujada con fuerza por un noble agente del orden. Hasta aquí, nuestra normalidad democrática. Pero este defensor de la ley añadió un grito de guerra. Una frase sonora y potente que oímos todos los presentes. Mientras empujaba a la chica gritó en un perfecto catalán: "Apártate, inmigrante de mierda!"

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