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Cristina Pardo

Licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra. Estuve en la Cadena COPE desde 1999 hasta 2006, como redactora en el programa 'La Mañana' con Antonio Herrero, Luis Herrero y Federico Jiménez Losantos; y después, como editora de los boletines horarios.

Estoy en La Sexta desde 2006. Soy responsable de la información del PP, sustituyo a Antonio García Ferreras en 'Al rojo vivo' y participo en las entrevistas políticas de 'La Sexta Noche'.

Colaboro en 'A vivir que son dos días' de la Cadena SER desde junio de 2014, con la sección 'Diccionario de conceptos políticos'. He publicado el libro 'Los años que vivimos PPeligrosamente'.

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A por las terceras

El debate de investidura ha servido para algo: cada vez estamos más cerca de las terceras elecciones. Es en lo único en lo que están de acuerdo representantes de todos los partidos. Los del PP, ante la contundencia de Sánchez, apenas ven ya espacio para que el 'no' termine siendo 'sí'; los del PSOE se han quedado anclados en el pasado, en aquello de que Podemos impidió un Gobierno para echar a Rajoy; los de Pablo Iglesias –fuera de las cámaras- admiten que la relación con los socialistas es difícil y que así no se puede avanzar; y Ciudadanos, aunque se mueva más que el Chiquilicuatre (uno, el ‘crusaíto’; dos, el ‘brikindance’), no tiene votos suficientes para dar a luz un gobierno y además, consideran que Sánchez ha roto ya todos los puentes.

Dicho esto, que no es cosa menor (o, como diría Rajoy, es cosa mayor), hay dos aspectos del debate que me han llamado mucho la atención. El primero es la pésima relación personal del candidato del PP y el Secretario General del PSOE. Todos los políticos con las que he hablado en estos días coinciden en que es incluso peor que la que tuvieron en su momento Felipe González y Aznar. Que ya es decir. Es verdad que eso no es determinante, pero es importantísimo para entender el desprecio con el que se tratan. A Rajoy nunca se le ha olvidado lo que ocurrió en aquel debate electoral en el que Sánchez le llamó “indecente” y él le respondió que era “ruiz…ruin”. A partir de ahí, vinieron otros muchos arañazos, como el de “mi reunión con Rajoy ha sido perfectamente prescindible”. Eso aleja más, si cabe, cualquier posibilidad de acuerdo. El líder del PP, para subrayar esas fobias, no duda en tratar con mucho más respeto a Pablo Iglesias. Y viceversa. No tienen nada en común, pero se caen bien. El uno cree que el otro es un bicho raro y, sin embargo, no se subestiman.

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¿Qué es corrupción?

Corrupción, según el diccionario, es soborno o cohecho, perversión o vicio. Creo que es una definición claramente insuficiente. Faltan detalles, como en el papel que puso Ciudadanos en la sien del PP a cambio de negociar la investidura. Y así estamos. No se entienden las prisas de Albert Rivera por hacer firmar a Rajoy una vaga declaración de intenciones, que han tenido que ir matizando a cada minuto que pasa.

En este momento, con el acuerdo inicial solemnemente sellado, no sabemos si la limitación de mandatos tiene carácter retroactivo y, por lo tanto, este sería –si llega- el último gobierno de Rajoy. No sabemos por qué se le pide al PP el compromiso de reformar la ley electoral si para ello hace falta el PSOE, que no está en el pacto. Tampoco es fácil de comprender para qué sirve el compromiso genérico de eliminar los aforamientos, si para eso hay que reformar la Constitución y también es necesario el PSOE, que sigue sin estar en el pacto. Y es extraño que una de las condiciones sea la creación de una comisión de investigación sobre la presunta financiación ilegal del PP, cuando no hace falta el consentimiento de Rajoy para llevarla adelante: el resto de partidos están de acuerdo y para esto sí tendrían una mayoría suficiente. Quizá el punto que parecía más claro era el que hacía referencia a la dimisión de todos los cargos públicos imputados por corrupción. Y resulta que aquí es donde se ha enredado Ciudadanos de manera absurda.

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Muy Rajoy y mucho Rajoy

Da igual las veces que los periodistas hayamos escrito sobre la capacidad de Rajoy para no decir nada. Da igual las veces que hayamos ido a ruedas de prensa en las que vacila a quien le apetece. Da igual, porque la capacidad de sorpresa con el actual presidente del Gobierno en funciones no tiene límites. Es tan difícil lo que hace; tanto…

Los periodistas que seguimos habitualmente a Rajoy tenemos muy pocas certezas. Él siempre presume de ser una persona previsible, pero no es verdad. Lo único que está claro -creo- es que no le gusta que le digan lo que tiene que hacer, nada le turba, es capaz de aguantar sin inmutarse hasta límites insospechados, logra librarse de manchas que nadie lograría limpiar y siempre consigue que el tiempo juegue a su favor. Lo volvió a demostrar ayer, tras la reunión del Comité Ejecutivo del PP.

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Contorsionismo político

Albert Rivera ha pasado de defender el no al PP a poner encima de la mesa condiciones para el sí, metiendo la abstención entre uno y otro extremo. Además, el líder de Ciudadanos empezó pidiendo la decapitación de Mariano Rajoy y ha terminado aceptándole de cuerpo entero. Rivera tiene razón en una cosa: para llegar a acuerdos, hay que moverse. Eso es así. Lo que me cuesta comprender es la rotundidad con la que se argumenta, cuando las mayorías son precarias y se intuye que lo van a seguir siendo. En mi opinión, se hacen determinadas afirmaciones con demasiada alegría para no perder de vista al votante. Y eso puede dañar la credibilidad de los políticos.

Hemos visto muchos ejemplos en los últimos años. Cuando Rajoy ganó las elecciones y llegó al gobierno, tuvo que tirar por la ventana todas sus promesas. Alegó que no conocía de antemano el estado de las cuentas públicas y que por eso no solo no podía bajar los impuestos, sino que los tenía que subir. Si carecía de datos, ¿por qué prometió? Pedro Sánchez se pegó meses diciendo aquello de “nunca pactaré con los populistas”, mientras en Podemos les llamaban “casta”. Uno y otro partido terminaron rindiéndose a la evidencia de los números y se vieron obligados a pactar en CCAA y ayuntamientos. Iglesias eliminó lo de casta de su vocabulario y Sánchez dejó de considerarle populista a la misma velocidad que se comía lo de que Ciudadanos eran “las Nuevas Generaciones del PP”. Igual resulta que los expertos consideran que esto de ser rotundo, categórico, contundente y tal es la única manera de convencer a los electores. Pero yo pienso que no merece la pena jugársela así.

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A lo mejor

La primera vez que a Rajoy le explotó un escándalo relacionado con Bárcenas fue en enero de 2013. Por aquel entonces, se publicó que la cúpula del PP había cobrado durante años sobresueldos en negro. A la espera de que se pronunciara el presidente, en Génova lo negaron con una rotundidad gelatinosa. Rajoy tuvo que enfrentarse al asunto en un acto en Almería, a pesar de los esfuerzos de su equipo de comunicación por alejar a los periodistas. La pregunta fue clara: "Señor Rajoy, ¿hubo sobresueldos en el PP?". La respuesta iba a ser la primera de muchas típicamente marianas: "Sí, hombre". Lo dijo mientras unas escaleras mecánicas le subían a la planta en la que iba a tener lugar el mitin. Tuvimos suerte, porque normalmente es imposible saber si Rajoy sube o baja...

Después de ese sí pero no, vinieron más. Es imposible no sucumbir al catálogo de indefiniciones que es capaz de desplegar el líder del PP ante cualquier asunto incómodo. "No es cierto, salvo alguna cosa" es una de esas frases que te permite subir en la primera parte y bajar en la segunda. Incluso si lo pensamos fríamente, el SMS a Bárcenas también puede tener doble lectura. Me refiero a aquello tan interesante de "hacemos lo que podemos", que no se sabe si es mucho, muchísimo, poco o casi nada. Está también "a la segunda ya tal" o cómo zafarse de una pregunta sobre corrupción sin decir absolutamente nada. En todas las ocasiones en las que se le ha podido preguntar a Rajoy sobre el borrado de los discos duros de Bárcenas, la respuesta ha sido la misma: "No conozco ese asunto". Tú sabes que está subiendo, pero él asegura sin inmutarse que está bajando. ¿A quién va a creer usted: a mí o a sus propios ojos?

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Cosas de psiquiátrico

Esta semana conocimos que había cien cajas con documentos sobre adjudicaciones irregulares de Alfonso Rus en una nave del psiquiátrico de Bétera, en Valencia. A estas alturas, el listón de nuestra capacidad de sorpresa está muy alto, altísimo. Pero Rus nunca defrauda. Él, que fue presidente de la Diputación, había asegurado en su día que ese psiquiátrico no se cerraría nunca. Era hasta conmovedor su interés por los pacientes, sobre todo si eran cuadrados y recibían tratamiento en una nave. Rus era un político atípico, con tanta cara como carisma, demasiado natural; tanto, que los dirigentes nacionales del PP se removían en la silla cuando subía a hablar en los mítines. Tan pronto amenazaba a los militantes con darles una paliza si no votaban a Cañete, como les llamaba "burros" por creerse la promesa electoral de que él traería la playa a Xátiva. También tenía otros grandes éxitos, como aquel día que propuso celebrar la victoria con "champán y mujeres". "Las nuestras", tuvo que puntualizar Rus. Era la alegría de la huerta. Y claro, recibió los elogios de Rajoy, como casi todos los imputados de la Comunidad Valenciana ("Yo te quiero, Alfonso, coño. Te quiero"). Y ya se sabe que donde Rajoy pone el ojo, pone un sumario. Rus opta por el humor incluso en sus momentos más bajos. Esta semana dijo que, cuantas más cosas se conocen, más convencido está de que se demostrará su inocencia. El otro día me contó una persona que había hablado con él, de imputado a imputado, que Rus está muy decepcionado con el partido, porque le han dejado tirado. Parece muy duro ser un cómico tan brillante y quedarse sin público.

El exalcalde de Xátiva es una de las personas con problemas judiciales que ha demostrado tener más ingenio, aunque hay que reconocer que hay muchos candidatos. Recordemos, por ejemplo, a los suegros de Granados diciendo que el millón de euros que apareció en su altillo lo habían dejado los fontaneros o los trabajadores del Ikea. En este país hay gente que se ha metido ayudas públicas por la nariz (como reveló el chófer del exdirector general de Trabajo de la Junta de Andalucía), gente que pagaba con dinero de todos putas, gomina, pinzas para el pelo de un euro, huevos Kinder o el mantenimiento de una planta exótica de despacho. También hemos visto herencias misteriosas, políticos megalómanos despilfarrando para construir "un aeropuerto para las personas" o mujeres de políticos megalómanos con escobillas de váter de 400 euros pagando una lechuga con un billete de 200 euros o también individuos que decoraban sus baños con cuadros de Miró. Incluso hemos asistido a comparecencias judiciales que se tienen que suspender porque los imputados no han cambiado las pilas del audífono y no pueden oír las preguntas del fiscal.

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Decíamos ayer

Hace ya casi un mes que los españoles fuimos a votar y aquí no pasa nada. Los líderes políticos se han visto, sí, pero el resultado ha sido desolador: Rajoy compareció para poner fecha, por si acaso, a las terceras elecciones. Nuestros dirigentes no han sido capaces de ponerse de acuerdo nunca. No están todos en el pacto antiterrorista, no están por la labor de unirse para hacer frente a las exigencias de Bruselas, no están para afrontar la situación en Cataluña, no estuvieron para sumar en el intento de investidura de Pdro Snchz y tampoco están para sumar en el intento de Rajoy… Aseguran que lo más importante no son los sillones, pero los acuerdos menos precarios que han alcanzado en los últimos tiempos han sido para repartirse los puestos del Congreso y el Senado.

Es asombroso que por primera vez en nuestra historia reciente, los líderes de los principales partidos den muestras de una fatal ineptitud para facilitar un gobierno de mayoría simple. Nos habían dicho que no querían mayorías absolutas, que no querían más rodillos parlamentarios. Nos han repetido hasta la saciedad que el mensaje que han dado los ciudadanos con su voto es que hay que dialogar, que los partidos tienen que entenderse. ¿Y entonces? ¿A qué esperan? Es casi inevitable, llegados a este punto, sentir que les importamos un bledo y que no facilitan ningún gobierno porque tienen miedo a perder votos, a tomar decisiones que no sean rentables en el corto plazo, a jugarse su cabeza, a quedar desubicados ante otra repetición electoral.

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Ver para creer

El F.C. Barcelona ha puesto en marcha una campaña en Twitter para apoyar a Leo Messi,  condenado a 21 meses de cárcel por delito fiscal. El club lo anunció ni más ni menos que a través de un comunicado oficial, en el que pedían a los aficionados que colgaran fotos mostrando sus manos abiertas (diez dedos en alusión al dorsal del futbolista) con la etiqueta #TodosSomosLeoMessi. Según ese texto emitido por una directiva, que no es la dueña del club, invitaban al barcelonismo a mostrar su apoyo incondicional "al mejor jugador del mundo". "Queremos transmitirle a Leo que no está solo", concluían. Es sencillamente alucinante.

Es imposible que todos seamos Messi, porque no tendremos nunca su cuenta corriente. Es imposible que lo seamos, porque nunca vendrán decenas de personas a jalearnos a las puertas del juzgado ante la acusación de fraude fiscal. Y es lamentable que un club tan poderoso y con tantos aficionados detrás, pida a la gente que aplauda y se solidarice con un condenado por fraude fiscal por el hecho de que sus goles sean obras de arte. O sea, que si usted es muy bueno en su trabajo y tiene millones de fans por el mundo, hay que hacer la vista gorda porque es más importante lo que hace bien que lo que hace mal. Sólo en este país (o en pocos más) se puede asistir a una campaña de este calibre, que encima vino precedida de un mensaje estupefaciente del mismísimo presidente del club. Josep Maria Bartomeu escribió en Twitter: "Leo, quien te ataca a ti, ataca al Barça y a su historia. Nos vamos a defender hasta el final". ¿Quién ataca a Messi exactamente? ¿Se refiere al juez que dictó la sentencia al considerar probado el fraude fiscal? ¿Una condena a un jugador supone atacar la historia del Barça? Es bastante ridículo todo. Se supone que las instituciones y las personas con semejante proyección pública, están para dar ejemplo a los ciudadanos.

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K.O.

Los líderes políticos han salido de las elecciones mucho más noqueados que el resto de los mortales, si cabe. Estamos casi todos hasta el mismísimo gorro, pero parecen no enterarse de esto tampoco. El modo que han tenido los partidos de reaccionar después del 26J, la ausencia total de autocrítica por habernos llevado a otras elecciones, es estupefaciente. Por ir de mayor a menor, empezaré por Rajoy.

Su victoria ha sido indudable y su pachorra posterior, también. Se hartó de decirnos que era muy urgente la formación de Gobierno. Muy urgente y mucho urgente. Y resulta que una semana después sólo tiene cita -que sepamos- con Coalición Canaria. Los dirigentes del PP alegan, para intentar tranquilizar a la opinión pública, que Rajoy lo quiere hacer todo muy discretamente, sin prisa. Tanto, que da la sensación de que los que trasladan ese mensaje lo hacen porque ni ellos saben en qué está su candidato pero queda bien, le da a la formación de Gobierno cierto aire interesante de misterio. El líder del PP empezó diciendo que tenía que estar todo solucionado en los últimos días de julio, luego a principios de agosto y después, a final de ese mismo mes. Le van a hacer sudar, pero creo que Rajoy tiene la intención de sobrevivir a esto también.

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La campaña de la marmota

Ha arrancado la campaña y llevo ya varios días pegada a Rajoy. La primera conclusión es que el candidato del PP va a seguir dando paseos todos los días, a pesar del puñetazo que le dieron en diciembre. Lógicamente, lleva un amplio equipo de seguridad que sufre no siempre en silencio el empeño de Rajoy de lanzarse hacia la muchedumbre. Para los medios es realmente incómodo, porque la imagen estaría muy bien si la pudiésemos grabar con nitidez y cierta tranquilidad. Sin embargo, terminamos todos en volandas, arrastrados por la marea de escoltas y vecinos entusiastas en una especie de sauna, compartiendo el sudor con desconocidos ("Señora, devuélvame mi brazo").

Al margen de las formas, y aunque llevamos pocos días de campaña, está ya clara la estrategia del PP: el voto del miedo. Su primera mentira en estos días de sumar papeletas es la de que plantean una campaña en positivo. No es cierto. Es una campaña bastante positiva hacia Pdro Snchz y Albert Rivera, pero no hacia Podemos. Rajoy plantea en todos los mítines la disyuntiva de "o el proyecto moderado y sensato del PP o los extremistas y radicales que ponen en riesgo la convivencia". No hay más. Los teloneros son especialmente duros. Que si Venezuela, que si hay riesgo de alteración del orden social, que si postureo antisistema, que si soflamas populistas... Pueden sacar todos los vídeos de gatitos que quieran, pero luego en el atril del polideportivo son auténticos felinos cabreados.

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