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Javier Arteta

Periodista.

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¿Frente popular contra el socialismo vasco?

Creo no darme demasiada importancia si me equiparo a Martin Luther King, porque yo también he tenido un sueño. Se desarrollaba en varias fases. Encendía la tele a cualquier hora del día y me sorprendía al no ver a gente concentrada cantando Els Segadors. A continuación, Puigdemont se evaporaba poco a poco hasta quedar reducido a un personaje de cómic, empeñado en  montarles un “procès” a los belgas. Luego, el Club Catalán de la Comedia se disolvía definitivamente entre silbidos y abucheos de un público estafado, que expresaba su enfado al grito unánime de “Botiflers, botiflers”. Más adelante, alguien iba retirando banderitas y los problemas reales de los ciudadanos de toda España que se ocultaban tras ellas volvían a hacerse presentes y se reintegraban al debate político. España, pues, volvía a existir y ya no era una simple provincia de Cataluña. 

Por desgracia, sólo era un sueño, aunque con muchos elementos para convertirse en realidad futura, una vez comprobado que la naciente República no pasaba de ser una proclama y que quienes juraron dejarse la piel en su defensa acabaron entendiendo, aunque tarde, que tenían un culo que salvar. Pero todo esto, la vuelta a la normalidad, llevará su tiempo. Hoy por hoy, Cataluña sigue colonizando el debate político del país, en España en general y en Euskadi muy en particular. Porque no hay por aquí acontecimiento interno que no se vea evaluado por lo ocurre en la Internacional del Independentismo.

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Cuando Arzalluz tuvo razón

Hay que reconocer que quien fue presidente del PNV tenía a veces sus momentos de lucidez. Lo tuvo al menos al preguntarse retóricamente si queríamos la independencia “para plantar berzas”. La pregunta, que en sí misma encerraba ya una afirmación, se formuló en un contexto muy especial:  cuando el PNV, perdedor de unas elecciones autonómicas, gobernaba en coalición con el Partido Socialista de Euskadi y sentía la necesidad de imponerse un poco de moderación y ser condescendiente con sus adversarios electorales más directos, hasta el punto de otorgarles fugazmente la condición de vascos (seguramente equivocados, pero vascos al fin).

Ha llovido mucho desde entonces. El PNV de ahora ya no ve la autodeterminación como una “virguería marxista” (Egibar y sus compañeros de Guipúzcoa se han marxistizado bastante). Y los que llegaron a ser admitidos como “también vascos” vuelven ahora a ser “españoles” y “unionistas”, como reiteran Otegi y la Televisión Nacionalista Vasca (ETB). Pero, intenciones y coyunturas al margen, lo cierto es que la advertencia de Arzalluz resultó profética, a la vista del berzal en que puede quedar convertido Cataluña por la huida de sus empresas, tras el supuesto referéndum para la independencia del pasado 1 de octubre. El dato debería contribuir a atenuar ese entusiasmo autodeterminista que se ha reactivado entre los del “derecho a decidir”; esa estelada mental que se ha instalado entre quienes, por aquí, saludan la Cataluña de Puigdemont como la antesala de la Euskadi independiente del futuro.

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La dicha y el honor de ser catalán

Yo de mayor quiero ser catalán. Me apetece formar parte de un pueblo de hombres y mujeres adorables, con la sonrisa en los labios y la papeleta de votar en la mano. Un pueblo de padres y madres que aman con ternura a sus niños y les llevan a jugar a los colegios para defender su derecho a la educación; y hasta les proporcionan clases prácticas de educación cívica y democrática, alzándolos sobre sus hombros cuando se enfrentan a quienes, en cumplimiento de una ley inicua (española, no les digo más), vienen a secuestrar sus libertades y sus urnas chinas. Un pueblo, en fin, que es muy consciente de que la voluntad popular está siempre por encima de las normas legales.

Tiene que ser reconfortante formar parte de un pueblo que nunca se equivoca y siempre tiene razón; que todo lo que hace lo hace en son de paz, hasta cuando amenaza a quienes, partidarios de la guerra, le llevan la contraria. Un pueblo que combate con alegría contagiosa y que tiene muy claro que la calle es para quien la trabaja; y, por eso precisamente, puede afirmar con toda verdad que la calle es suya, y no de cualquier indocumentado que pase por allí. Un pueblo, en fin, al que le gusta la fiesta y hace de sus atractivos castillos en el aire la imagen más adecuada de la construcción de la independencia que persigue con tanto ahínco.

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¿Se españoliza Cataluña?

Supongo que un siglo de estos Cataluña llegará a alcanzar la independencia. Los que la promueven están en ello y no les falta tenacidad en el empeño, arrojando lo viejo al vertedero de la Historia, que es lo que hay que hacer cuando se quiere alumbrar una nación. Y los resultados hasta ahora son espectaculares. Se han cargado su Parlamento, han silenciado a la oposición, han hecho saltar por los aires la autonomía municipal, han organizado, con el “president” a la cabeza, una cacería contra los alcaldes disidentes, abuchean por las calles a quienes se oponen a un referéndum ilegal y se ciscan en la libertad de prensa y en los periodistas, que, al parecer, no tienen acceso a su propio derecho a decidir.  

Uno ve todas estas cosas del “mambo catalán” y empieza a alentar la sospecha sobre si el “procés” independentista no se está españolizando peligrosamente; aunque sólo sea por incurrir en ese vicio tan español de saltarse las leyes a la torera. Y por heredar lo peor de esa España tan criticada por los nacionalistas, dada su “baja calidad democrática”. Porque, a la vista de los hechos, la que ostentan los independentistas (los de siempre y los sobrevenidos) no parece el ejemplo más recomendable de lo que debería ser una democracia alternativa.

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Los veraneantes de Sortu

La autodenominada izquierda abertzale ha descubierto un plan imaginativo para combatir el desempleo en Euskadi: atacar de frente la industria turística, fuente de explotación de los jóvenes trabajadores vascos. Es de suponer que, asamblearia como es, habrá consultado antes la decisión con los agentes sociales y recibido finalmente el plácet de todos los implicados: hosteleros dispuestos a renunciar a sus negocios, trabajadores del sector que están hasta el gorro de tener empleos indignos, sindicatos que no desean contar con afiliados a cualquier precio… Todos ellos, con seguridad, han decidido hacer el sacrificio necesario para librar a Euskadi de negocios indeseables que afean y masifican nuestras calles, desvirtúan nuestros valores nacionales y corrompan a nuestros desempleados comprándolos con trabajos precarios.

“Vuestro turismo, la miseria de los jóvenes”. “Detrás de la imagen de postal de Euskal Herria, hay otro pueblo”. Y, por si fuera poco, están los turistas mismos, que son un “grupo de zombis que sacan fotografías allí y aquí”. Con estas denuncias de Ernai (secundadas luego en lo sustancial por sus mayores de Sortu), ya se estaba tardando en reaccionar con la firmeza que requiere esta agresión de las multinacionales a nuestro país. Aunque cueste sacrificios; porque todo sacrificio es poco ante el objetivo prioritario de impulsar una emancipación nacional necesaria si queremos sobrevivir como pueblo.

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El PP y su indignación antiterrorista

A juzgar por las lindezas dedicadas a la alcaldesa de Madrid, tal vez haya que recordar que Manuela Carmena no asesinó a Miguel Ángel Blanco. Y costaría algún esfuerzo convencer de ello a quienes han confundido estos días la crítica, siempre legítima, con el linchamiento verbal, que ya no lo es tanto. Máxime, cuando los insultos públicos dedicados a la alcaldesa, por la omisión de una pancarta o una fotografía del homenajeado, contrastan ostensiblemente con el silencio sepulcral con que se ha acogido la ausencia de Aznar y Mayor Oreja de los actos en memoria del concejal de Ermua asesinado por ETA hace veinte años.

¡Son cosas que ocurren en nuestra piel de toro! Fue Carmena la que recibió abucheos por estar presente en esos homenajes, en los que no estuvieron ni el que era presidente del Gobierno de España, ni su ministro del Interior, cuando ocurrieron esos hechos atroces. Y, al no estar, no pudieron ser increpados; aunque tampoco su ausencia fue objeto de reprensión posterior por parte de quienes, con la razón de España por delante, conocen la única forma correcta de honrar a los muertos; y, en consecuencia, saben perfectamente a quién y por qué hay que leerle la cartilla.

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La verdad sobre el caso Atutxa

Con Juan María Atutxa, el PNV ha ganado un nuevo gudari para la “causa vasca”; un paladín de nuestras libertades seculares, que ha avanzado puestos en el escalafón del santoral jeltzale, hasta situarse, con toda seguridad, a la derecha del mismísimo Lehendakari Aguirre. Algo lógico, teniendo en cuenta la gallardía con que defendió la dignidad del Parlamento Vasco, haciendo de la institución que presidía un verdadero cinturón de hierro impermeabilizado ante la legalidad española. Lo malo es que la historia se ha vuelto a repetir; y, por eso, Atutxa no pudo evitar que, al igual que en las defensas vascas del 36, hubiera en nuestro Parlamento cuerpos extraños que trabajaban para el enemigo.

¿De qué extranjería parlamentaria estamos hablando? Lógicamente, de la que integraban los parlamentarios socialistas y del PP, que se opusieron por sistema, y con indignidad manifiesta, a quienes defendieron nuestra dignidad institucional frente a instancias ajenas que pretendían atropellarla.

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La herencia de un lehendakari socialista

Fortalecido por la fuente de sacramentos que le ha arrancado al Gobierno del PP para activar el “músculo vasco”, Andoni Ortuzar se ha venido arriba; y tan arriba, que le han entrado calorías socialdemócratas. Ha llegado a decir, con cierta exageración, que Euskadi es hoy la región más socialdemócrata de Europa. Ignoro si ha querido, así, resaltar la bondad política del PNV; o delatar su intención de engullir, entre tropiezo y tropiezo, espacios políticos diferentes a los suyos. Pero no le falta razón al dirigente nacionalista, teniendo en cuenta que, en el conjunto de España, Euskadi figura como referencia de un modelo de bienestar envidiado y reconocido.

Las razones que expliquen este hecho pueden ser variadas. A mí se me ocurre que, si somos la reserva socialdemócrata de España, a lo mejor es porque había por aquí socialistas que lo hicieron posible, desde la oposición o en el Gobierno. Porque también han gobernado. Y hasta han gobernado en solitario con  un lehendakari, Patxi López, que ha devuelto a este país la igualdad que otros le venían negando. Empezando por liquidar esa desigualdad radical (existencial, podríamos decir) que imponía ETA, al decidir sobre los ciudadanos que podían vivir o tenían que morir en función de las “ideas nacionales” que defendieran.

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¿Y esto era el derecho a decidir?

Mucho me temo que a los catalanes y catalanas, que se han pasado cinco años votando para ver si podían votar en serio, no les va a quedar otro remedio que volver a votar para decidir en el futuro si quieren votar de verdad, como catalanes auténticos, y no conforme a la ley como el resto de los españoles. Todo esto puede parecer un trabalenguas indigerible, pero no es más que un resumen de eso que llaman “procés”, en la jerga empleada por quienes lo pusieron en marcha y lo siguen manteniendo contra viento y marea: esa conjunción de independentistas de siempre, conversos de la Cataluña del tres por ciento (o del cinco, según otras estimaciones), sectores de la izquierda despistada y antisistemas de la CUP. Un verdadero jolgorio nacional, el que ha conformado ese Club Catalán de la Comedia, que empieza a dar alarmantes síntomas de fatiga, a juzgar por los claros que ya se dejan ver en su auditorio y los sonoros bostezos que se empiezan a oír entre los asistentes.

Porque una comedia, para que funcione, debe tener elementos sorpresivos que mantengan la atención del público y toques de humor que le den vidilla. Pero no hay ya sorpresa alguna en monólogos que se repiten hasta la desesperación, por mucho referéndum  de imposible ejecución que se ponga por delante. Y parece, por otra parte, bastante evidente que el sentido del humor no es la gracia que quiso darle el cielo al “president” Puigdemont. Y, así, la Cataluña del futuro que se predica –entre amenazas y apropiaciones institucionales indebidas- se parece cada vez más a una película de terror. Porque lo que está dando de sí el “procés” resulta bastante aterrador.

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Buscando un nuevo traje para el PSOE

El resultado de las primarias socialistas confirma que Susana Díaz tenía razón al menos en una cosa: en que el PSOE sigue siendo “mucho PSOE”; con mayor fortaleza interna y bastante más ánimo del que podía dar a entender la “foto de familia” del ya mítico debate entre los tres candidatos a la secretaría general. Llamó la atención, al menos la mía, que fuera su moderadora, Carmen del Riego, quien lo viera con menor dramatismo que el que se transmitió a través de los medios de comunicación. Y quien lo pusiera más en valor, cuando habló (más bien escribió) de un debate público “de verdad”, de esos que, como también reconoció, sólo el PSOE es capaz de hacer; distanciándose, por otra parte, notablemente de quienes venían augurando una escisión prácticamente inmediata en el primer partido de la oposición.

Cosa distinta es negar su fractura interna. ¿Tan irremediable como se ha venido asegurando en algunos medios? Parece difícil sostenerlo cuando se gana el liderazgo de la formación socialista con la contundencia con que lo ha ganado Pedro Sánchez. Y, en cualquier caso, no dejo de hacerme algunas preguntas. La primera: hasta qué punto no existe en ese pronóstico una secreta aspiración de que esa fractura se vaya ahondando. Porque ya hubo otra esperanza mediática, que hasta llegó a convertirse en certeza: la del “sorpasso” electoral de Podemos al PSOE que dirigía Pedro Sánchez. Una esperanza desmentida por la realidad y  que alimentaba el mismo objetivo que el que estos días se ha venido persiguiendo: neutralizar políticamente al Partido Socialista y conducirlo a la irrelevancia.

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