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Javier Arteta

Periodista.

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Los veraneantes de Sortu

La autodenominada izquierda abertzale ha descubierto un plan imaginativo para combatir el desempleo en Euskadi: atacar de frente la industria turística, fuente de explotación de los jóvenes trabajadores vascos. Es de suponer que, asamblearia como es, habrá consultado antes la decisión con los agentes sociales y recibido finalmente el plácet de todos los implicados: hosteleros dispuestos a renunciar a sus negocios, trabajadores del sector que están hasta el gorro de tener empleos indignos, sindicatos que no desean contar con afiliados a cualquier precio… Todos ellos, con seguridad, han decidido hacer el sacrificio necesario para librar a Euskadi de negocios indeseables que afean y masifican nuestras calles, desvirtúan nuestros valores nacionales y corrompan a nuestros desempleados comprándolos con trabajos precarios.

“Vuestro turismo, la miseria de los jóvenes”. “Detrás de la imagen de postal de Euskal Herria, hay otro pueblo”. Y, por si fuera poco, están los turistas mismos, que son un “grupo de zombis que sacan fotografías allí y aquí”. Con estas denuncias de Ernai (secundadas luego en lo sustancial por sus mayores de Sortu), ya se estaba tardando en reaccionar con la firmeza que requiere esta agresión de las multinacionales a nuestro país. Aunque cueste sacrificios; porque todo sacrificio es poco ante el objetivo prioritario de impulsar una emancipación nacional necesaria si queremos sobrevivir como pueblo.

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El PP y su indignación antiterrorista

A juzgar por las lindezas dedicadas a la alcaldesa de Madrid, tal vez haya que recordar que Manuela Carmena no asesinó a Miguel Ángel Blanco. Y costaría algún esfuerzo convencer de ello a quienes han confundido estos días la crítica, siempre legítima, con el linchamiento verbal, que ya no lo es tanto. Máxime, cuando los insultos públicos dedicados a la alcaldesa, por la omisión de una pancarta o una fotografía del homenajeado, contrastan ostensiblemente con el silencio sepulcral con que se ha acogido la ausencia de Aznar y Mayor Oreja de los actos en memoria del concejal de Ermua asesinado por ETA hace veinte años.

¡Son cosas que ocurren en nuestra piel de toro! Fue Carmena la que recibió abucheos por estar presente en esos homenajes, en los que no estuvieron ni el que era presidente del Gobierno de España, ni su ministro del Interior, cuando ocurrieron esos hechos atroces. Y, al no estar, no pudieron ser increpados; aunque tampoco su ausencia fue objeto de reprensión posterior por parte de quienes, con la razón de España por delante, conocen la única forma correcta de honrar a los muertos; y, en consecuencia, saben perfectamente a quién y por qué hay que leerle la cartilla.

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La verdad sobre el caso Atutxa

Con Juan María Atutxa, el PNV ha ganado un nuevo gudari para la “causa vasca”; un paladín de nuestras libertades seculares, que ha avanzado puestos en el escalafón del santoral jeltzale, hasta situarse, con toda seguridad, a la derecha del mismísimo Lehendakari Aguirre. Algo lógico, teniendo en cuenta la gallardía con que defendió la dignidad del Parlamento Vasco, haciendo de la institución que presidía un verdadero cinturón de hierro impermeabilizado ante la legalidad española. Lo malo es que la historia se ha vuelto a repetir; y, por eso, Atutxa no pudo evitar que, al igual que en las defensas vascas del 36, hubiera en nuestro Parlamento cuerpos extraños que trabajaban para el enemigo.

¿De qué extranjería parlamentaria estamos hablando? Lógicamente, de la que integraban los parlamentarios socialistas y del PP, que se opusieron por sistema, y con indignidad manifiesta, a quienes defendieron nuestra dignidad institucional frente a instancias ajenas que pretendían atropellarla.

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La herencia de un lehendakari socialista

Fortalecido por la fuente de sacramentos que le ha arrancado al Gobierno del PP para activar el “músculo vasco”, Andoni Ortuzar se ha venido arriba; y tan arriba, que le han entrado calorías socialdemócratas. Ha llegado a decir, con cierta exageración, que Euskadi es hoy la región más socialdemócrata de Europa. Ignoro si ha querido, así, resaltar la bondad política del PNV; o delatar su intención de engullir, entre tropiezo y tropiezo, espacios políticos diferentes a los suyos. Pero no le falta razón al dirigente nacionalista, teniendo en cuenta que, en el conjunto de España, Euskadi figura como referencia de un modelo de bienestar envidiado y reconocido.

Las razones que expliquen este hecho pueden ser variadas. A mí se me ocurre que, si somos la reserva socialdemócrata de España, a lo mejor es porque había por aquí socialistas que lo hicieron posible, desde la oposición o en el Gobierno. Porque también han gobernado. Y hasta han gobernado en solitario con  un lehendakari, Patxi López, que ha devuelto a este país la igualdad que otros le venían negando. Empezando por liquidar esa desigualdad radical (existencial, podríamos decir) que imponía ETA, al decidir sobre los ciudadanos que podían vivir o tenían que morir en función de las “ideas nacionales” que defendieran.

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¿Y esto era el derecho a decidir?

Mucho me temo que a los catalanes y catalanas, que se han pasado cinco años votando para ver si podían votar en serio, no les va a quedar otro remedio que volver a votar para decidir en el futuro si quieren votar de verdad, como catalanes auténticos, y no conforme a la ley como el resto de los españoles. Todo esto puede parecer un trabalenguas indigerible, pero no es más que un resumen de eso que llaman “procés”, en la jerga empleada por quienes lo pusieron en marcha y lo siguen manteniendo contra viento y marea: esa conjunción de independentistas de siempre, conversos de la Cataluña del tres por ciento (o del cinco, según otras estimaciones), sectores de la izquierda despistada y antisistemas de la CUP. Un verdadero jolgorio nacional, el que ha conformado ese Club Catalán de la Comedia, que empieza a dar alarmantes síntomas de fatiga, a juzgar por los claros que ya se dejan ver en su auditorio y los sonoros bostezos que se empiezan a oír entre los asistentes.

Porque una comedia, para que funcione, debe tener elementos sorpresivos que mantengan la atención del público y toques de humor que le den vidilla. Pero no hay ya sorpresa alguna en monólogos que se repiten hasta la desesperación, por mucho referéndum  de imposible ejecución que se ponga por delante. Y parece, por otra parte, bastante evidente que el sentido del humor no es la gracia que quiso darle el cielo al “president” Puigdemont. Y, así, la Cataluña del futuro que se predica –entre amenazas y apropiaciones institucionales indebidas- se parece cada vez más a una película de terror. Porque lo que está dando de sí el “procés” resulta bastante aterrador.

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Buscando un nuevo traje para el PSOE

El resultado de las primarias socialistas confirma que Susana Díaz tenía razón al menos en una cosa: en que el PSOE sigue siendo “mucho PSOE”; con mayor fortaleza interna y bastante más ánimo del que podía dar a entender la “foto de familia” del ya mítico debate entre los tres candidatos a la secretaría general. Llamó la atención, al menos la mía, que fuera su moderadora, Carmen del Riego, quien lo viera con menor dramatismo que el que se transmitió a través de los medios de comunicación. Y quien lo pusiera más en valor, cuando habló (más bien escribió) de un debate público “de verdad”, de esos que, como también reconoció, sólo el PSOE es capaz de hacer; distanciándose, por otra parte, notablemente de quienes venían augurando una escisión prácticamente inmediata en el primer partido de la oposición.

Cosa distinta es negar su fractura interna. ¿Tan irremediable como se ha venido asegurando en algunos medios? Parece difícil sostenerlo cuando se gana el liderazgo de la formación socialista con la contundencia con que lo ha ganado Pedro Sánchez. Y, en cualquier caso, no dejo de hacerme algunas preguntas. La primera: hasta qué punto no existe en ese pronóstico una secreta aspiración de que esa fractura se vaya ahondando. Porque ya hubo otra esperanza mediática, que hasta llegó a convertirse en certeza: la del “sorpasso” electoral de Podemos al PSOE que dirigía Pedro Sánchez. Una esperanza desmentida por la realidad y  que alimentaba el mismo objetivo que el que estos días se ha venido persiguiendo: neutralizar políticamente al Partido Socialista y conducirlo a la irrelevancia.

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¿Socialismo o mal menor?

“Mi adversario de verdad no tiene nombre, ni rostro, ni partido, ni será candidato. Pero es quien gobierna. Es el mundo de las finanzas, que ha tomado el control de la economía, de la sociedad y de nuestras vidas”. Podrían parecer palabras de Pablo Iglesias o de Melenchon o de Marine Le Pen. Pero, no. Las pronunció un tal François Hollande a comienzos de 2012, en vísperas de la convocatoria de elecciones presidenciales de Francia. Y lo curioso es que, contra lo que es hoy doctrina oficial, semejante contundencia frente al poder económico no le hizo al candidato socialista perder las elecciones. Por el contrario, las ganó.

Cinco años más tarde, un Hollande sumido en el más absoluto desprestigio tuvo que desistir de presentarse a la reelección. Y su fracaso no parece deberse al radicalismo con que accedió al poder, sino al abandono de esa firmeza de izquierdas que exhibió en campaña,  cuando tuvo oportunidad de irla desarrollando desde su liderazgo al frente del país. Quien prometió poner a los bancos en su sitio hizo ministro de Economía a un Emmanuel Macron que se hizo rico a su paso por la Banca Rothschild. Quien prometió luchar contra los recortes sociales de la etapa de Sarkozy aplicó políticas de supuesta “racionalidad” que liberalizaban el mercado de trabajo y daban más poder a las empresas. Quien dijo que propondría a Angela Merkel un cambio de orientación política en Europa, (sobre la base del crecimiento, y no exclusivamente del rigor fiscal) se conformó, como antes Sarkozy, con hacer de simple pajecillo de la canciller alemana.

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¿Y si Euskadi pidiera perdón a España?

A veces me pregunto qué sería de Euskadi, dónde quedaría su autoestima nacional, si no tuviera necesidad de que España le pidiera perdón por todo el mal que nos ha hecho a los vascos. Me lo pregunto en un año propicio para recordar agravios: en el ochenta aniversario del bombardeo de Gernika. Y cuando, una vez más, se vuelve a insistir desde el nacionalismo en que el Gobierno de España tiene que disculparse por aquella atrocidad; que fue perpetrada, como le oí decir a Andoni Ortuzar, “en el nombre de España y del Estado español”. Una interpretación bastante peregrina, teniendo en cuenta que fue el Estado español, representado por un Gobierno republicano, el agredido por la insurrección militar acaudillada por Franco.

No parece, por otra parte, muy sensato pedir que el Gobierno de España se disculpe por un bombardeo que ese mismo Gobierno, el de la legitimidad republicana, denunció  en el acto. Y tan a lo grande, que lo dio a conocer al mundo a través del 'Guernica' de Picasso. Un cuadro muy apreciado en Euskadi. Y tanto, que hasta hemos llegado a considerarlo de nuestro patrimonio, por las veces que lo hemos reivindicado. Y reivindicado, además, con esa diplomacia tan fina que, como vascos, nos caracteriza. La que empujó a Xabier Arzalluz a afirmar en su día que “para Euskadi fueron las bombas y para Madrid el arte”. Y podría haber dicho más verdades como puños (de los suyos), si no se hubiera tenido que contener para hacer posible que el 'Guernica' estuviera presente en la inauguración del museo Guggenheim, de Bilbao, como pretendía por entonces, y no consiguió, el Gobierno de Ardanza.

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¿Nuestros valores? ¿Cuáles?

De un tiempo a esta parte, no sé qué me parece más preocupante: si los periódicos atentados yihadistas en territorio europeo o las respuestas oficiales que reciben sobre la defensa de nuestros valores. Entre otras razones, porque los que matan en nombre de Alá, seguirán matando en coherencia con su manera de ¿pensar? Y no parece tan claro que esa coherencia acompañe a nuestros Gobiernos en lo que dicen defender. Y, además, me quedo siempre sin saber qué valores son los prioritariamente defendibles: cuáles son los realmente serios por cotizar en bolsa; y cuáles se refieren a “bobadas” como los derechos de las personas, absolutamente prescindibles por falta de rentabilidad económica.  

Lo que está ocurriendo en Gran Bretaña podría ilustrar bien este desconcierto. No deja de ser altamente significativo que la primera ministra británica, Theresa May, en su carta de activación del Brexit, subordinara la cooperación de su país en la lucha contra el crimen y el terrorismo a la obtención de un acuerdo comercial con la UE que sea ventajoso para ese Reino cada vez menos Unido que gobierna; y mantenga tal actitud pocos días después  del atentado sangriento de Londres frente al Parlamento, dejando entrever que garantizar la seguridad de los ciudadanos, competencia básica de cualquier Estado que se precie, será siempre algo secundario en relación con los intereses de los poderes económicos.

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ETA y sus episodios nacionales

Que en Euskadi nos morimos por votar a favor de nuestra independencia quedó evidenciado el pasado Día del Padre, con la clamorosa participación ciudadana en las consultas impulsadas por Gure Esku Dago en 34 localidades de Guipúzcoa y el municipio vizcaíno de Larrabetzu. Nada menos que un 24% del censo electoral (incluidos en él adolescentes de 16 años) fueron a las urnas que se montaron para decidir si queremos o no que Euskadi se independice de España.

Lógicamente, más del 81% de los que votaron dijeron que sí; un hecho que, por su enorme trascendencia, abrió el informativo nocturno de la ETB. Y la información venía ligada a la que ya nos había llegado de eso que llaman Iparralde respecto a la intención de ETA de entregar las armas. Y ambas estaban unidas por el papel que se autoasigna  una extraña “sociedad civil” que nadie recuerda haber elegido para tomar decisiones estratégicas sobre nuestro futuro.

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