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José Luis Salgado

Nacido en Eibar (Gipuzkoa) en 1968 y Licenciado en Ciencias de la Información por la UPV, comenzó su carrera periodística colaborando en algunos medios locales. Tras pasar por la empresa privada como auditor de calidad, Medio Ambiente y Prevención de Riesgos Laborales, decidió trasladarse a Vitoria-Gasteiz y abrir su blog “Mi patria en mis zapatos”, donde escribe sobre la actualidad política y social en general, y especializarse en comunicación 'online'. A la par, participa en la creación de la formación ecopolítica EQUO en Euskadi, donde ejerce también labores de prensa y comunicación online.

Derecho a respirar

La baja calidad del aire que respiramos en las grandes ciudades no es algo precisamente nuevo, ni siquiera en Euskadi. El pasado industrial de este país ya oscureció nuestros cielos durante el siglo pasado, sobre todo hasta que la reconversión de los ochenta alejó de los cascos urbanos las industrias más contaminantes, de las que hoy solamente quedan casos puntuales. Los que vivimos los setenta y los ochenta del siglo pasado lo recordamos perfectamente, ya que nos tocó respirar un aire contaminado que seguro que no fue precisamente beneficioso para nuestra salud. Hoy es el transporte el que representa la mayor amenaza en este sentido, un transporte basado fundamentalmente en combustibles fósiles que, además, contribuyen de forma decisiva al complejo proceso de cambio climático que ya estamos viviendo.

Las medidas tomadas por el Ayuntamiento de Madrid el pasado diciembre a causa de las altas tasas de contaminantes en el aire de la capital han abierto un debate que ya es viejo en otros países. La circulación de vehículos privados en nuestras ciudades es tan alta que afectan seriamente a la calidad del aire que respiramos, lo que causa problemas reales muy serios a muchas personas, sobre todo personas mayores y niños. Eso ha llevado a que se intente reducir el número de vehículos en marcha mediante diferentes sistemas, con mayor o menos éxito. Y, por supuesto, con mayor o menos contestación social, ya que las limitaciones de este tipo nunca son recibidas de buen grado por una parte de la sociedad.

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SHESA debe morir

No, no se trata de matar a nadie, por supuesto, pero permítanme parafrasear al maestro William Shakespeare, que puso estas mismas palabras en boca de Bruto refiriéndose a su mentor Julio César. Y es que la Sociedad de Hidrocarburos de Euskadi (SHESA) ha perdido ya toda razón para continuar con su actividad, que ahora mismo resulta ya nociva para los intereses de una ciudadanía vasca que pide un cambio de modelo energético hacia fuentes renovables que no afecten de manera tan negativa a nuestro entorno y a nuestra salud como lo hacen los combustibles fósiles.

Una apuesta decidida por luchar contra el Cambio Climático pasa inexorablemente por dejar los restos de los combustibles fósiles bajo tierra. Y eso significa renunciar a la inversión en exploración y explotación de los recursos fósiles, precisamente la razón de ser de SHESA, cuyas últimas actuaciones apostando por el fracking como método de explotación de unos recursos gasísticos que sabemos desde mediados del siglo pasado son escasos y demasiado repartidos para ser rentables, tanto económica como energéticamente, han resultado bastante ridículos viendo el recorrido que esta apuesta ha tenido allí donde se ha llevado a cabo hasta sus últimas consecuencias. En Estados Unidos, la burbuja del fracking está en plena explosión, dejando un paisaje desolador a su paso.

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Abrazando el populismo

No nos engañemos, siempre ha habido populismo, no es algo que haya inventado ningún magnate barra mangante norteamericano ni los del “núcleo irradiador” de Podemos a los que ahora señala todo el mundo, e incluso los equipara. Se escuchan definiciones de lo más dispar en las tertulias televisivas y radiofónicas, así como en los editoriales y artículos de opinión de la prensa escrita, pero en realidad, y todos lo sabemos, el populismo no es más que decir y prometer lo que la gente quiere escuchar. Y si aciertas con el mensaje, te llevas las elecciones y después, ya sí eso y tal. Vamos, es un principio de primero de marketing político.

Por supuesto, siempre hay matices. El mensaje se puede transmitir de formas diferentes, también teniendo en cuenta el destinatario del mismo y su actitud en un momento determinado. El mismo mensaje no cala igual en una sociedad con una economía en ascenso y boyante que en una en decadencia, en la que la falta de empleo y de oportunidades de futuro ha creado una masa de gente desesperada que ya no se cree el mensaje tal y como lo ha recibido hasta ese momento. Se trata entonces, de cambiar el envoltorio al caramelo, de hacerlo más atractivo. Y si además lo acompañamos de ese ingrediente que nunca falla en los momentos de crisis, como es el nacionalismo (o cualquier mensaje que refuerce el sentimiento de pertenencia de personas en serio riesgo de exclusión), el éxito está asegurado.

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La encrucijada de Equo en Euskadi

La entrada en el Parlamento Vasco de José Ramón Becerra, el primer representante de un partido adscrito a los Verdes Europeos que llega a la cámara vasca, ha supuesto un hito para el movimiento ecologista en Euskadi. Becerra se une así a muchas personas que ocupan cargos institucionales en ayuntamientos de los tres Territorios Históricos desde las municipales de 2015 y que trabajan desde lo local por transformar las propuestas de la ecología política en realidades tangibles en el día a día de nuestros pueblos y ciudades.

Después de décadas en las que el debate identitario era el eje sobre el que pivotaba la política vasca, el fin de la violencia terrorista y la llegada de una crisis que se ha cebado especialmente con una parte significativa de la ciudadanía, han ido modificando la agenda hacia una cuestión que muchos consideramos mucho más urgente y sobre la que tenemos que tomar medidas necesarias para garantizar un futuro digno para las generaciones que llegan ya empujando. El aumento de la población a nivel mundial en un entorno de recursos menguantes hace inviable a medio plazo el sistema depredador y consumista imperante hoy en día. La ecología política es la que intenta dar soluciones realistas a este problema, profundamente relacionado con la conservación del medio natural del que, como especie que somos, dependemos totalmente.

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La agenda vasca

Uno de los mantras más repetidos durante esta campaña electoral en Euskadi es el de que los partidos “españoles” no tienen en cuenta algo que llaman “la agenda vasca”, curioso nombre que, sobre todo los jeltzales, dan en su imaginario a aquellos temas que afectan a la CAV y que solamente ellos van a defender en Madrid. Por descontado, es una vez más el viejo truco de envolverse en la ikurriña para ganar votos despertando los –sin duda legítimos- sentimientos nacionales de una parte de la ciudadanía vasca.

De esta forma se presenta el PNV como único garante en el Congreso, allá en la capital del reino, de los intereses de una ciudadanía (vasca) a la que convierten en un todo homogéneo que no responde para nada a nuestra realidad social. Y por ende, descalifica a los que llaman “partidos españoles”, con una estrategia agresiva sobre todo contra la coalición Unidos Podemos, como si las personas que aquí trabajamos por llevar sus propuestas a la realidad, hubiésemos venido desde más allá del Ebro y no fuésemos parte de esa sociedad diversa que ellos quieren obviar.

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Quemando ruedas

El incendio que la semana pasada arrasó el mayor almacén de neumáticos desechados de Europa en Seseña pone sobre la mesa el debate sobre un modelo de movilidad que comienza a hacer aguas por su enorme impacto medioambiental. Un impacto que se refleja no solo en la cantidad ingente de gases de efecto invernadero que emite, sino también en los residuos tóxicos que genera y que no resultan tan visibles a ojos de la opinión pública en una sociedad basada en el despilfarro del “usar y tirar”. Una pequeña parte de esos residuos son los que se han quemado en Seseña, expulsando sustancias cancerígenas a la atmosfera que sin duda afectaran a la salud de quienes las respiren.

Este incendio es noticia por su dimensión y espectacularidad, pero los residuos del modelo de movilidad basado en el automóvil que se impuso durante el siglo XX nos afectan a diario, aunque no lo percibamos. Incluso podemos asegurar que este incidente medioambiental es poco más que anecdótico comparado con el impacto total que supone este modelo, si lo medimos desde el diseño del vehículo hasta su desguace al cabo de los años. Hablamos del impacto en la obtención de materias primas, de la fabricación de las diferentes piezas, de su transporte hasta las plantas de ensamblaje, de la propia contaminación que supone su utilización durante años de emisiones de efecto invernadero, de los residuos tóxicos que genera el mantenimiento de los vehículos y del desguace final de ese coche y la gestión de sus diferentes componentes.

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Manzanas podridas hasta el corazón

De nuevo el Partido Popular alavés vuelve por sus fueros. Ahora es Javier De Andrés quien plantea un par de nuevas exigencias para los perceptores de la Renta Garantía de Ingresos, esas personas a las que consideran poco menos que parásitos en su cosmovisión de una sociedad perfecta. El PP quiere que para cobrar la RGI, cualquier persona debe hablar al menos una de las lenguas oficiales de Euskadi y, de paso, que realice trabajos sociales, medida de difícil implantación, ya que supone un riesgo de sustituir empleos remunerados y regulados por la legislación laboral vigente por labores realizadas por mano de obra barata y sin derechos.

Parece que los populares no han aprendido nada y siguen con su estrategia electoral –pues solamente de esa manera se puede entender tamaño despropósito- que ya le costó el puesto de alcalde de Vitoria-Gasteiz a Javier Maroto, ahora convenientemente recolocado en la estructura nacional del partido en Madrid. De forma sutil vuelven a identificar a inmigrantes con perceptores de ayudas públicas, ya que, evidentemente, los perceptores de RGI nativos, que los hay y muchos, ya hablan perfectamente castellano, euskera o ambos idiomas. Por tanto, de nuevo alimentan la xenofobia para conseguir o fidelizar un puñado de votos con la excusa del “fraude” en las ayudas sociales, lanzando el mensaje de la falta de integración de las personas migrantes en nuestra sociedad. Una sociedad que ellos ven como algo inmutable, un aro por el que todos tenemos que pasar para ser ciudadanía “como dios manda”.

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Los límites de la sociedad industrial

No cabe duda de que Euskadi sigue siendo una sociedad predominantemente industrial y que ha sido precisamente la industria que se desarrolló en nuestro territorio ya desde finales del siglo XIX, en los albores de la Revolución Industrial, la que marcó el devenir de la economía vasca y ha definido su situación actual. Ya en pleno siglo XXI, la globalización ha cambiado las reglas del juego y ha alejado los centros de decisión de nuestras ciudades. Las industrias de referencia, por volumen de negocio y de empleo, ya no tienen sus sedes en Euskadi, sino que ahora pertenecen a grandes grupos corporativos que toman sus decisiones solamente basándose en su situación en los índices bursátiles o en otras cifras macroeconómicas, jamás en su aportación a la economía de un pueblo o región.

La industria ha pasado de ser solamente extractivista a ser también especulativa, a jugar en la economía de casino en que se ha convertido la economía capitalista globalizada. Durante mucho tiempo hemos mirado para otro lado mientras la industria destruía nuestro medio ambiente, justificando esa barbaridad por la riqueza y el empleo que creo en Euskadi durante todo el siglo XX y que nos permitió convertirnos en una de las regiones más ricas de Europa y de España. La reconversión de los años 80 externalizó la gran industria contaminante hacía países con costes laborales inferiores y sin regulaciones medioambientales, pero a un alto coste para quienes vivían de sus empleos en estas factorías. Las empresas que quedaron apostaron por la especialización, por procesos más eficientes y “limpios”, pero no han podido escapar de la trampa de la globalización y de la economía especulativa, convirtiéndose en peones de los grandes grupos corporativos que anidan en el IBEX 35 y similares.

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Héroes, presos y cal viva

Esta pasada semana se cumplían los 40 años de los “sucesos” del 3 de Marzo en Vitoria-Gasteiz, una de las barbaridades con las que se despidió el régimen franquista y que nos dejó una herida que todavía continua abierta. Las víctimas no han sentido en ningún momento que haya interés alguno en que se haga justicia con los instigadores de la matanza. También ha sido la semana en la que, por fin, Arnaldo Otegi salía en libertad después de cumplir una condena que le fue impuesta en un contexto político afortunadamente ya superado. Y por último, a raíz de la intervención de Pablo Iglesias en el fallido intento de investidura del líder socialista Pedro Sánchez, se ha vuelto a hablar de los GAL y de su –presuntamente- instigador desde lo más alto de las instancias del Estado.

Todo esto nos retrotrae a épocas oscuras, en las que los actos de violencia eran algo demasiado habitual, y que afortunadamente hemos dejado atrás, aunque muchas heridas aún sangran y lo harán por mucho tiempo, me temo. Una época que aún resulta dolorosa para quienes la vivimos, época envuelta en una gris bruma de odio en la que resaltaba únicamente el rojo de la sangre. Vivimos una absurda espiral de violencia que se retroalimentaba continuamente y que actuaba como agujero negro ante cualquier posible solución dialogada para acabar con esta situación. Todos anhelábamos una paz que se veía cada vez más lejos con cada asesinato, con cada persona torturada o con cada desproporcionada acción policial.

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La (sin)vergüenza de la Iglesia

Hace unos días hemos conocido la lista de bienes inmatriculados por la Iglesia en las últimas décadas, lista aportada por los Registros de la Propiedad a petición del Parlamento vasco. Creo que a estas alturas no hace falta explicar que significa esa palabreja, que en lo esencial supone la apropiación de bienes que, por razones históricas y culturales, gestionaba la institución religiosa, pero que en la práctica son, en su mayoría, propiedades sufragadas por la ciudadanía y que, por tanto y en el contexto legal en que nos encontramos, deberían ser de titularidad pública, entendiendo que los ayuntamientos y diputaciones son los depositarios de esa herencia y de la representación popular en nuestro sistema jurídico.

Hablamos de 521 propiedades en toda Euskadi, que han sido inscritas por la Iglesia entre 1978 y 2015, 379 en Gipuzkoa, 74 en Bizkaia y 68 en Álava. Y esto ha sucedido gracias a la Ley Hipotecaria aprobada por el gobierno Aznar en 1998, que permitía a la Iglesia, como excepción, registrar propiedades a su nombre sin presentar documentación alguna que demostrase su titularidad. Y no, no hablamos solamente de edificios dedicados al culto, algo que aún podría tener su lógica. Hablamos además de fincas, solares, pisos, garajes, etc. En definitiva, un autentico expolio de bienes públicos de los que la institución vaticana se ha apropiado gracias al “favor” del gobierno del expresidente Aznar, ese mismo gobierno que hoy se está demostrando ha sido el causante de muchos de los males que sufre hoy en día la sociedad española.

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