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Máriam Martínez-Bascuñán

Profesora Contratada Doctora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Su trabajo se centra en teoría política y social y teoría feminista. Ha publicado trabajos sobre teoría política de las migraciones como “¿Es el multiculturalismo bueno para los inmigrantes?” en la REIS, no135, 2011, y también “On Immigration Politics in the Context of European Societies and the Structural Inequality Approach”, en The Philosophy of Iris Marion Young, Ann Ferguson and Mechthild Nagel (eds.), New York: Oxford University Press, 2009. Ha trabajado en profundidad cuestiones sobre democracia deliberativa y comunicativa con especial interés en el impacto de la revolución tecnológica en la teoría política contemporánea como “¿Puede la deliberación ser democrática?” en la RECP, No. 24, Diciembre 2010. Y trabajos sobre temas relevantes de actualidad como “Crisis sistémica y nuevos desafíos: El 15 M en situación” en Circunstancia, Año XI-No 31-Mayo 2013. En la mayoría de sus análisis incorpora la perspectiva de género, y en relación a ello ha publicado numerosos trabajos y un libro titulado “Género, emancipación y diferencia(s): La teoría política de Iris Marion Young” en Plaza & Janés, 2012.

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Política emocional: una guía para la campaña electoral

Hace tiempo que todo el universo de la comunicación política viene demostrando que el cerebro político es fundamentalmente emocional. Que el material del que está hecha la política son las emociones.

Sabemos que la ideología es una de las variables fundamentales para explicar el voto. Pero que hay contextos específicos que activan más estímulos emocionales, y que pueden hacer que los votantes cambien de comportamiento. Uno de estos contextos es sin duda el de las campañas electorales. En relación a ello, desde los años 90, una amplia investigación académica viene probando 1) que las campañas políticas tienen un importante impacto en el resultado de las elecciones, a pesar de que durante mucho tiempo se minimizó su efecto, 2) que el escenario donde se dirime la batalla política son fundamentalmente los medios de comunicación, 3) que el papel de las emociones en las campañas electorales dirimidas en plataformas mediáticas, y últimamente también en digitales, es absolutamente fundamental. A la luz de estas tres premisas, la pregunta que cabe hacerse es ¿cómo afectarán todas ellas a las elecciones generales del 20D?

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Teatralización de las fronteras

Europa se enfrenta a la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. Frente a este desafío migratorio de asilo se han alzado importantes voces que piden la necesaria implantación de un derecho cosmopolita de corte humanista y en sintonía con los valores propios de nuestra tradición. Hablamos  especialmente del reclamo normativo de la fraternidad, arraigado como concepto clave dentro de nuestro proceso de secularización.

En esta línea, por ejemplo, el profesor de Lucas en su magnífico ensayo titulado Mediterráneo: El Naufragio de Europa, habla de un deber jurídico (y por tanto, exigible) de solidaridad para este desafío migratorio, siguiendo ese proceso de transformación en ley de aquellos reclamos normativos que están dentro de una comunidad política bajo demandas de solidaridad. El elemento esencial sobre el que pivota la idea del profesor de Lucas radicaría en el reconocimiento del derecho al derecho de cada ser humano. Estaríamos hablando por tanto de una variante de ese “derecho a tener derechos” enunciado por Hannah Arendt dentro de la tradición universalista kantiana y desarrollado por una corriente de pensadores cosmopolitas que van desde Seyla Benhabib,  Martha Nussbaum, John Rawls hasta el propio Habermas entre otros.

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¿Por qué Podemos no debe confluir con Izquierda Unida?

Mucho se ha hablado en los últimos meses sobre si Podemos debería concurrir a las próximas elecciones generales con Izquierda Unida y otras candidaturas de unidad popular, bajo el formato de una coalición electoral hecha a escala nacional. A este respecto, la posición de la formación que lidera Pablo Iglesias ha sido la de una rotunda negativa. La fórmula que se está negociando estos últimos días es la de un “pacto asimétrico” que integrara en las listas de Podemos a algunas de esas candidaturas y personalidades relevantes de otras formaciones políticas sobre la base de acuerdos programáticos hechos además, territorio por territorio.

Esta opción por la que ha optado Podemos es distinta a la propuesta de una candidatura conjunta o “de confluencia” con Izquierda Unida, o con plataformas de Ahora en Común, con Compromís, Anova y otras formaciones políticas. Desde muchos sectores de la izquierda, pero especialmente, desde la Izquierda Unida liderada por Garzón, se ha dicho que una candidatura de confluencia a modo de frente de izquierdas o de unidad popular de todos ellos favorecería la suma electoral. Puesto que las reglas del juego comprenden un sistema electoral que beneficia a los partidos mayoritarios frente a los partidos más pequeños que obtienen menos escaños por sus votos, se dice que la estrategia más inteligente que debería articularse para concurrir a las generales es la de una coalición electoralista a nivel nacional, viendo cuántas de esas formaciones ponemos juntas en una lista para así tener más votos. El modelo debe ser el que llevó a Ada Colau o Manuela Carmena a la alcaldía de Barcelona y Madrid respectivamente, se añade.

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El éxito de las candidaturas de unidad popular

Durante las últimas semanas se ha observado con mucha atención la fórmula de las candidaturas de unidad popular en nuestro país. Esas candidaturas se han convertido en un laboratorio de ideas vistas con mucha curiosidad también desde fuera, porque parten de premisas sobre las que toda la izquierda europea está reflexionando; austeridad, desigualdad, corrupción, y crisis de confianza pública.

Es cierto que la naturaleza y las características de estas plataformas de unidad popular son muy diversas, por lo que resulta complicado establecer una tipología ideal que nos ayude a comprender su lógica. Quizás la razón de su atractivo radique en que constituyen una fórmula intermedia entre actores políticos que estaban claramente delimitados y conceptualizados en Ciencia Política. Bajo un entendimiento de la política como proceso, hasta ahora se nos había hablado de actores políticos “puros” que emprendían acción colectiva bien desde la fórmula de partidos políticos, bien desde la forma de movimientos sociales. Los partidos políticos eran los instrumentos indispensables de mediación entre los ciudadanos y las instituciones públicas. A diferencia de los partidos políticos, los movimientos sociales eran actores políticos de fronteras más difusas, integrados por una variedad de entidades y plataformas, con estructuras descentralizadas y poco jerarquizadas y expresando vías de intervención política no convencionales activadas de cara a las instituciones, pero no dentro de las mismas.

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¿Disputar el centro o la centralidad política?

Lo peor de entrar en campaña electoral es que se deja de hablar de política. Para que se entienda mejor esta afirmación es necesario establecer una distinción entre  ganar el centro político y ganar la centralidad política. La primera es una cuestión de posiciones distintas dentro de una única dimensión como lo es el eje simplificador izquierda/derecha. La segunda haría referencia a una dimensión mucho más profunda que tiene que ver con la disputa por lo que es relevante para discutir políticamente. La primera se analiza en términos demoscópicos, la segunda en términos de discurso político.

El hecho de que los últimos sondeos demoscópicos nos hayan presentado una competición de cuatro formaciones políticas con empate técnico, ha propiciado que esta batalla por el “centro electoral” sea más descarnada. Para apelar a las mayorías, los partidos políticos estudian el perfil de los votantes que pueden ganar o perder con sus propuestas. Abren en definitiva, un escenario político basado en cálculos electoralistas dentro de un escenario mediático fascinado también por los sondeos electorales.

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Volver a Grecia

Volvemos a Grecia. El mismo lugar donde comenzó la democracia, celebra hoy una de las elecciones que más expectación ha suscitado de los últimos años. Probablemente porque estas elecciones ponen de manifiesto que se nos ha caído un modelo, y que comienza a abrirse otro que da una oportunidad a la acción política. Uno de los ejemplos más evidentes de esto, de que se nos derrumba un modelo, ha sido la decisión tomada esta semana por el Banco Central Europeo de inyectar liquidez en la zona euro.  Tal y como sostenía José Moisés Martín, “se trata sin duda de la mayor operación monetaria del BCE desde su creación” y una “consecuencia del agotamiento de las políticas convencionales”.

Hace años que Europa no es europea. Con su lepenismo, su nacionalismo rancio y reaccionario, su “tecnoestructura” sometida a imperativos sistémicos y al régimen económico de la austeridad. Habíamos olvidado que el proyecto de radicalización de la unión pasaba por hacerlo más próximo a los ciudadanos, y especialmente a los jóvenes alejados de la política que han hecho los políticos.  Ese determinismo económico puso en marcha una política de despolitización. Una tecnificación de la política que con su conocimiento experto, tal y como ha señalado algún sociólogo, fue mermando cada vez más las posibilidades de acción y decisión colectiva. Pero además, esa subversión tecnocrática cumplió una función ideológica; después de observar las reacciones habidas en la crisis, a nadie se le escapa que muchas consideraciones políticas se escondieron detrás de supuestas decisiones presentadas ante la ciudadanía como “necesarias”.

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La eficacia simbólica en la brecha de género

La discusión académica sobre la justicia de género ha mostrado evidencia empírica para probar que a día de hoy sigue existiendo una estructura de desigualdad que atraviesa nuestras sociedades, provocando fuertes desequilibrios de poder entre hombres y mujeres. En relación a ello, la gran pregunta que se suscita es de dónde surge tal estructura de desigualdad o cómo la podemos identificar.

Sabemos que existe una estructura económica que genera formas de injusticia distributiva específicas de género, y que comprende la explotación basada en el género, la desigualdad en términos de salarios, carencia de poder, marginación y privación. Seguramente, una de las principales manifestaciones de esa injusticia distributiva específica de género tiene que ver con el mantenimiento de una estructura social básica que perpetúa la división sexual del trabajo. Según Iris Marion Young, la división sexual del trabajo hunde sus raíces en una asignación de tareas por roles de género. Esta división sexual del trabajo forma parte de la estructura económica de nuestras sociedades al asumir como normal que son las mujeres las que deben emplear primeramente sus energías en el cuidado, bien del hogar, de los niños, de personas dependientes o de otros miembros familiares.

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Ulrich Beck y las paradojas de la globalización

“Tras su lectura, uno debería tener la impresión de comprender mejor el mundo en el que vivimos”, dice una carta de Arno Widmann, director del suplemento cultural del Frankfurter Rundschau, donde invita a Beck a hacer una compilación de artículos que en la edición española se agruparían bajo el nombre de Crónicas desde el mundo de la política interior global(2011). De la misma forma que El Capital de Marx desarrolló una filosofía existencial del hombre en la economía, Beck pensaba que la situación espiritual de nuestro tiempo se podría definir con ese término de “política interior global” o Weltinnenpolitik. Este libro “no reflejaría las cosas que vemos incesantemente en la televisión, sino los acontecimientos que pueden aclararnos hacia dónde camina la historia mundial”, la visión de los cambios en las relaciones de poder, o en qué lugar se está decidiendo el futuro para ver con mayor claridad “dónde se restaura lo antiguo y dónde se da una oportunidad a lo nuevo”.

No es casual que el director del suplemento cultural del Frankfurter Rundschau eligiera a Beck para tal empresa. A este sociólogo que nos dejó el pasado jueves día 1, lo movía la intención específica de conocer científicamente lo social, pero también el por qué de ese mundo social. El “esto es así unido al “por qué es así”. En un mundo crecientemente complejo, en el que todo cambia constantemente, donde proliferan crisis y emergen situaciones nuevas al tiempo que la realidad no deja de sorprendernos con acontecimientos y paradojas, Ulrich Beck preparaba el camino para establecer conexiones y entender lo que teníamos que entender.

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¿Cómo se relacionan las redes con la crisis de la representación política?

Desde hace algún tiempo la crisis de la representación política está en el centro de todas las reflexiones que tienen que ver con la teoría de la democracia. Una de las articulaciones más evidentes de esta crisis quedó cristalizada en ese eslogan que inundó las plazas de las principales ciudades españolas al grito del “no nos representan”. Esa denuncia profundizaba en lo que muchos teóricos venían articulando como una crisis más general de negación de la política. Para el sociólogo Alain Touraine, por ejemplo, era necesario poner fin a la dominación de la economía sobre el resto de las esferas sociales a través de un debate político que la propia economía había inoculado.

El diagnóstico de Touraine era preocupante porque lo que en definitiva venía a poner en evidencia era que la reconstrucción de la vida social a partir de la crisis se había hecho bajo la base de la dominación de la economía, de los “imperativos” económicos, sobre la misma sociedad. Esto ocurría, en palabras de Habermas, porque el sistema de racionalidad particular propio de la economía se extendía de manera ilegítima más allá de su propio campo, hacia el corazón de otro dominio no guiado por esa misma racionalidad. Y eso había acabado por deformarlo todo, estrechando la forma de pensar sobre las cosas. A ello se refería  Tony Judt irónicamente cuando señalaba “estoy seguro de que el poder de los intereses creados se ha exagerado enormemente en comparación con la restricción gradual de las ideas”.

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¿Cuánta democracia cabe en las redes?

El vertiginoso crecimiento de los dominios digitales comienza a plantear cuestiones muy relevantes en torno a la relación entre internet y democracia. En pocos años se ha producido una extensa bibliografía sobre ello. Esto por sí solo ya muestra la dimensión del fenómeno al que nos enfrentamos: con toda seguridad un cambio radical de paradigma, sin que aún no seamos del todo capaces de calibrar.

Sabemos, por ejemplo, que a partir de la revolución digital la soberanía de los estados no depende ya tanto del territorio como de la autonomía tecnológica. Algo que China y Estados Unidos en seguida entendieron muy bien. Hablamos de la idea de vigilancia y de los límites a la libertad en la era del Big Data, del concepto de deliberación y participación en tiempos de Twitter, de la noción de fronteras nacionales cuando éstas se encuentran en aeropuertos o en bases de datos que ni siquiera están “dentro” del país en cuestión. Nos referimos a la difuminación de los límites de lo público y lo privado en un momento en el que la exposición pública de lo privado es ya casi una virtud pública. Y esto por citar sólo algunos ejemplos.

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