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Ylka Tapia

Ylka Tapia es periodista y productora audiovisual freelance especializada en marketing digital y comunicación audiovisual. Coordinó la edición digital del periódico del grupo Diario de Avisos y fundó Tasiritec Media Marketing, propiedad de este último. Actualmente, es adjunta a la gerencia de la asociación Save; adjunta de prensa y responsable de redes sociales de Fimucité, y docente en el Instituto Canario de Turismo (ICT). Escribe en su web www.ylkatapia.com y en su bitácora www.malalua.com, online desde 2004.

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Todos somos resilientes

La exposición pública online como desafío ante la adversidad, como terapia extrema e inusual de quienes, cada día, libran cientos de batallas contra la sociedad y sí mismos… No encuentro otra forma de definir a esas personas que se colocan voluntariamente en el paredón de las redes sociales, frente a la masa de opinantes, algunos anónimos y otros identificados, pero con el denominador común de carecer de empatía y, mucho menos, de filtros. Sus comentarios son dardos envenenados de crueldad y procuran acertar en la diana para causar el mayor daño posible. Otra cosa es que finamente lo consigan.

Esta postura, leo entre los cientos de artículos que me ofrece san Google de la palabra resiliencia, es de aquellos que frente al trauma adoptan una actitud, se podría afirmar, de nivel “superior”: transforman el dolor en recursos para sobrevivir e, incluso, para triunfar donde nadie lo creía posible. Ahora hay muchos más, pero, sin duda, cuando Lizzie Velázquez descubrió a sus 17 años que, según un infame vídeo de ocho segundos en YouTube, era la “mujer más fea del mundo” -sufre dos enfermedades raras que le dan un aspecto físico inusual-, se sentaron las bases de un movimiento en la red de aquellos que, en el pasado, se hubiera escondido entre las sombras y que ahora sacan pecho para gritarle al mundo: “Aquí estoy, me merezco ser feliz y, si no te gusta, no mires”.

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Lo ridículamente correcto

Hay ciertas acciones que solo se pueden llevar a cabo mediante las palabras. Por ejemplo, pedir perdón, comprometerse o establecer alianzas requieren su uso. También para decir mentiras, conocidas en el mundillo de los lingüistas como los “parásitos del lenguaje”. Así, los embusteros devalúan las palabras, carcomen su sentido. Sobre todo cuando un texto, perfectamente estructurado y grandilocuente, resulta ser un acto de mezquindad y falsedad. Tan asombroso es un idioma en cualquiera de sus manifestaciones.

Los medios de comunicación de masas son, digamos por tradición, expertos en la perversión del habla, como la sistemática manipulación lingüística de la propaganda. Esta arma solo busca un fin: la difusión de un mensaje que influya en los receptores. De ahí el poder que tienen las palabras: son capaces de condicionar el pensamiento colectivo. Por ello, es necesaria una selección precisa, correcta y libre de la llamada “cosmética lingüística”, definición del académico Manuel Casado Velarde.

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Juicios en línea

A los nueve años, la mayoría de las niñas empiezan a sentir desconfianza sobre sí mismas, especialmente sobre su imagen corporal. El desarrollo físico es evidente, pero la percepción personal está condicionada por los factores externos, tales como la familia, la escuela, los amigos, los matones, los medios de comunicación y, por supuesto, no podían faltar a la cita, las redes sociales.

La inexperiencia y la limitada capacidad de autorregulación de los adolescentes les hace creer que internet es algo más que un recreo: albergan un sentimiento de pertenencia al que se ven obligados a estar permanentemente conectados para evitar la ansiedad. Mantienen conversaciones con familiares, amigos y desconocidos que no tienen fin, y nunca están del todo solos -siempre publican una actualización contando qué hacen o dónde están-, cuando es una necesidad básica la intimidad y la desconexión para el autoconocimiento.

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Nómadas digitales: los auténticos ‘dueños de su destino’

Si las reglas están hechas por los hombres, están condenadas a ser rotas. Una y otra vez. Más en una sociedad dominada por la conectividad a internet. Ahora, cualquier profesional puede trabajar en remoto, desde cualquier punto del planeta, mientras tenga un portátil, tableta o incluso un teléfono inteligente y, por supuesto, wifi o datos. Así de sencillo y así de complejo.

Renegar de la estructura de trabajo convencional, es decir, abandonar el sistema, implica muchos riesgos, entre ellos, renunciar al concepto histórico de carrera y garantizarse unos mínimos ingresos. Estos dos retos no son los únicos a los que se enfrentan los apodados nómadas digitales ( digital nomads), además conocidos como hackers ( life hackers) o diseñadores de estilo de vida ( lifestyle designers), sino también a enormes desafíos, pero que compensa al tener la oportunidad de recorrer el mundo, compartir con otras culturas y, en definitiva, vivir a su manera.

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Techo de (ego) cristal

En las últimas semanas, los medios de comunicación han exprimido la metáfora techo de cristal, que todas las mujeres con aspiraciones profesionales conocemos bastante bien. Significa que, en algún momento de nuestra carrera en una empresa, no solo no podremos ambicionar ir a más, por mucho que el compromiso y los resultados hablen por sí mismos, sino que también descubriremos una serie de obstáculos, la mayoría insalvables, por nuestra condición de género: nunca se es lo suficientemente buena cuando el ambiente huele a testosterona, y la discriminación positiva poco puede hacer en un sistema en el que, históricamente, somos -y nos tratamos- como secundarias, acentuándolo, en mi opinión, la web. Pero, antes de continuar, permitidme que presente esta columna que tengo el honor de escribir para este nuevo medio.

Redixit no es ni pretende ser un canal feminista, es un espacio crítico sobre un tema que, hace algunos años, me absorbió: internet y su capacidad de alineación, que entremezcla la vida real con las interacciones virtuales (esto supone un problema para las últimas generaciones de nativos digitales, ya que solo conocen esta realidad). Tras varios años escribiendo sobre sus luces y sombras, convine desintoxicarme, no sin antes aprender la lección: su auténtico poder reside en la facilidad con la que podemos posicionarnos en supuestas tribunas con la falsa ilusión de moralizar a los demás. Más, cuando las comunidades, en forma de redes sociales, son aglomeraciones de álter egos que se regalan aplausos, a veces sin apenas mérito -mención aparte merecen los estallidos de odio-. Aun así, es más preocupante de lo que parece, y coincido en el mensaje-profecía del primer capítulo de la última temporada de la serie de televisión Black Mirror: estamos destinados a la aprobación pública.

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