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Irse siempre, para volver

Es posible que haya cogido demasiados aviones en los últimos meses. Aunque nunca son demasiados los vuelos para una persona que se siente en su propia sala de estar en la trinchera que es un aeropuerto.

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AMPL Aprobado el Plan Especial de la Bahía de Santander, que "desbloquea" ámbitos "congelados" desde 2004

Bahía de Santander.

Vueling ha decidido eliminar la conexión con Tenerife durante los meses de invierno. Seamos sinceros, si sigue haciendo este tiempo en Cantabria quién va a sentir la necesidad de meterse en un avión en busca de aires más cálidos, cuando tras el café de primera hora sales atribulado de casa, has sacado la mano por la ventana, has constatado que no, los abrigos no te representan, y cruzas la línea de confortabilidad suprema que es el portal de tu edificio, y sometes a tu melena a las arbitrariedades del viento del sur. Ay, el sur. Se nos ha metido el calor adentro en esta tierra que salta al ritmo que pauta el oleaje de la bahía. Nuestra existencia en verde y azul. Siempre que me voy constato con alegría que quiero volver y eso es algo que provoca que mis pies se desprendan dos centímetros sobre el pavimento, porque yo siempre he deseado con todas mis fuerzas largarme de aquí.

Santander es la ciudad aburrida, triste, gris y melancólica más entrañable que he pisado. Me enfadé un poco con Bilbao hace un par de semanas. Descubrí una joya vieja a la que acaban de sacarle lustre, vaya genialidad, me dije, coger lo más feo que tienes entre manos y convertirlo en tu faceta más amable. Como una especie de defecto físico al que de pronto te das cuenta de que puedes sacarle partido, la vecina se ha acicalado hasta convertirse -¿Bilbao? Sí, Bilbao- en una ciudad bonita. A rabiar. Y mientras tanto, la envidia. Porque a mí me gustaría que Santander se quitara el sayo, dejara a la vista un cuerpo explosivo, espléndido. Silbido va. A mí me gustaría, qué vulgar esta chica, que el resto nos contemplara desde esa envidia malsana con la que mis piernas deseaban pertenecer a Bilbao hace tan sólo unos días.

Irse siempre, para volver. Llevaba demasiados años sin sentir el vértigo extraño que provoca la felicidad sin fisuras. Los seres humanos somos raros. En 2012 el estudio de una Universidad de Nueva Zelanda determinaba que, al menos en catorce culturas, los individuos que las componen temen la buena fortuna; o bien ésta no es merecida o bien llega siempre acompañada de una pérdida inevitable. Raros, lo que les decía. Teniendo en cuenta la cantidad de artículos que nos encontramos a diario en redes aportando las seis claves definitivas para ser felices sin ambages, queda claro que nos movemos como peces en el agua en el terreno de la moquera y la caja de Kleenex.

Siempre que me voy constato con alegría que quiero volver y eso es algo que provoca que mis pies se desprendan dos centímetros sobre el pavimento, porque yo siempre he deseado con todas mis fuerzas largarme de aquí.

Es posible que haya cogido demasiados aviones en los últimos meses. Aunque nunca son demasiados los vuelos para una persona que se siente en su propia sala de estar en la trinchera que es un aeropuerto. Pero sé que al igual que salí con el alma cantando hacia Baleares, Santorini, Cádiz, Madrid, Barcelona o París, volví con la cabeza gacha, tú, viajera de pacotilla, hay que ver lo que ha hecho la vejera contigo, ese cosquilleo en el estómago al tomar tierra, esas ganas de salir corriendo camino a casa, abrir las ventanas, poner lavadoras, ordenar armarios, preparar cenas.

Algún día, quizá, me acostumbre a que Parayas se llame Seve Ballesteros-Santander. Qué aeropuerto amable ése. Como si fueras a coger un autobús, llegas con la hora justa, no existen los problemas en sus contornos de estación de provincias, pasas un control que dura menos de minuto y medio, te sientas, abres un libro y ya lo estás cerrando porque te llaman para embarcar. Por eso hay que mimarlo, potenciarlo, darle vuelos a tutiplén. Porque en el Seve Ballesteros-Santander, mi Parayas del alma, se encuentra la clave de la felicidad de aquellos que siempre necesitamos irnos para volver.

Siguiente destino: Lisboa. Se hace oportuno regresar y recorrer la Alfama, pasar el dedo por el azulejado que estalla en todas las direcciones, sentir la ligereza de las cuestas imposibles a lomos de un tranvía amarillo, callejear por el Barrio Alto y sacarle otro vino al reloj. Mi mano se vuelve, tu mano se vuelve. Y que se sigan desprendiendo mis pies del pavimento.

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