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Tabasco

"Somos un equipo", dijo al principio Sáenz de Santamaría para justificar la ausencia del jefe. "Solo la puntita", pensó el electorado cuando Bárcenas y la Gürtel aparecieron sobre la mesa.

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El debate no despeja la incógnita sobre los pactos postelectorales

Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría antes del debate. | EFE

Soraya Sáenz de Santamaría entró en los estudios de Atresmedia como vicepresidenta del Gobierno y los abandonó siendo la Peggy Olson de Mad Men: más madura, más creativa, menos gallega. No se impuso en la confrontación, pero tampoco perdió, principalmente porque ella no tenía nada que perder. A los pocos segundos de comenzado el espectáculo se dio cuenta de que era Cheryshev en Cádiz, protagonista de una alineación indebida en un debate menos decisivo que una Bandera de La Concha con el PNV en Ajuria Enea.

Quizá por eso se limitó a recitar de carrerilla el Rosario de los miércoles, defendiéndose de las referencias vertidas por sus contrincantes políticos sobre el mayor sistema de corrupción de la historia de la democracia española con un ataque a Juan Carlos Monedero tan inútil como la recuperación de Perejil. "Somos un equipo", dijo al principio para justificar la ausencia del jefe. "Solo la puntita", pensó el electorado cuando Bárcenas y la Gurtel aparecieron sobre la mesa. Fue más o menos en ese instante cuando comenzó el esquizofrénico show de Albert Rivera, excampeón de España de la modalidad, capaz de hablar a Ana Pastor –de comerle la oreja, más bien– como si la periodista fuera Sideral y el plató de televisión el Nitsa. Solo faltaba que girara la pista.

España es un país tan jodidamente demente que los dos debates ofrecidos a la ciudadanía los han ganado dos ausentes. Ojalá no inviten a Don Draper al próximo.

En ese instante, Pablo Iglesias, quien a medida que avanzaban los minutos se alejaba de Gramsci para acercarse a José Antonio Camacho, despedazaba a un enojadísimo Pedro Sánchez. Venezuela, una dictadura donde la oposición puede ganar unas elecciones democráticas, marcaba la agenda internacional, y eso parecía perturbar al candidato socialista, quien obvió la carta del bolivarismo para centrarse en el conservadurismo liberal del catalán (y español) que quiere ser Manel Estiarte. Todo ello a la espera de que Felipe González, el defensor de los derechos humanos que nunca quiso hablar de Intxaurrondo, entrara en campaña. Lo hizo ayer y también estaba enfadado. Hay momentos en los que uno sospecha que la rosa del 82 se ha convertido en estramonio.

Escribe el psicólogo Paul Bloom en su libro 'How Pleasure Works' que la única diferencia entre un animal y un ser humano es que a este último le gusta la salsa Tabasco. A Podemos, Ciudadanos, PSOE y PP les encanta este condimento. A Izquierda Unida también, no tanto al Ibex y la CEOE, poseedores de un ojo biónico modificado genéticamente para descubrir rojos en las condiciones más extremas. Le gritaron a Alberto Garzón que se fuera a Venezuela, pero resulta que Venezuela ya no es lo que era; ahora mola.

España es un país tan jodidamente demente que los dos debates ofrecidos a la ciudadanía los han ganado dos ausentes. Ojalá no inviten a Don Draper al próximo.

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