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Lo inimaginable

Entre las experiencias difícilmente imaginables hay varias que destacan: la pobreza, la pérdida, la enfermedad, el amor, la maternidad o paternidad y, sobre todo, el envejecimiento. 

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Hombre en la playa. | Cecilio Pla y Gallardo

Hombre en la playa. | Cecilio Pla y Gallardo

Siempre es distinto imaginar algo que vivir realmente una experiencia. Esa brecha entre imaginar cómo nos sentiremos haciendo algo y vivir de verdad ese algo puede ser más o menos grande. Si pienso en el verano y me imagino dándome un baño en el mar lo que imagino se aproxima mucho a la experiencia real de sumergirme en el agua. Entre otras cosas porque es una experiencia que ya he vivido y la imaginación tira del disco duro de la memoria. Si imagino cómo me sentiré charlando con un amigo al que veo con frecuencia ocurrirá lo mismo. Ay, pero cuando toca imaginar una experiencia desconocida la cosa se complica. Para el adolescente es difícil imaginar el primer beso o un primer amor por mucho que haya leído o visto o escuchado.

Entre las experiencias difícilmente imaginables hay varias que destacan: la pobreza, la pérdida, la enfermedad, el amor, la maternidad o paternidad y, sobre todo,  el envejecimiento. Son cosas en las que la distancia entre lo imaginado y lo real puede ser enorme. Da igual lo que nos cuenten, da igual lo que nos esforcemos en pensar cómo nos sentiremos.

Charles Simic lo explica mejor: "Nunca pensé que sucedería. Envejecer, quiero decir. Sabía que iba a llegar, vi evidencias de ello en mis amigos y familiares pero, a pesar de todo, yo actuaba como si la edad no tuviera nada que ver conmigo. Incluso cuando la gente me felicitó por mi setenta y cinco cumpleaños aquello me sonó extraño. Con los años, he visto a unas cuantas personas en su lecho de muerte y no estaban demasiado convencidas de lo que se les avecinaba. Mantenían la pequeña esperanza de ser una excepción".

Hasta que uno no se aproxima a la mediana edad no puede si quiera comenzar a imaginar lo que supone envejecer. Desde la adolescencia he pensado mucho en el paso del tiempo, en la fugacidad y en la brevedad de la existencia. Pero era algo que imaginaba sin ninguna experiencia previa a la que agarrarme, así que existía una distancia muy grande entre la fugacidad de la vida que imaginaba y la vida fugaz que hoy siento a través de mi propia carne.

Solo a partir de los cuarenta años, pienso, se puede comenzar a imaginar qué es envejecer, qué es el paso del tiempo. Antes no creo que sea posible. Como no es posible que un niño imagine la infancia de sus entrañables abuelos. Digo a partir de los cuarenta porque pienso que solo a partir de esa edad tenemos una experiencia consistente sobre lo que supone el paso del tiempo.

A los cuarenta ya sabemos cuánto tardan en pasar las dos décadas que separan la salida de la adolescencia de la entrada en la mediana edad. Tenemos la experiencia de cuánto han tardado en pasar esos veinte años en los que ya éramos adultos y de los que tenemos vívidos recuerdos. Y con esa experiencia en la mano es fácil imaginar cuánto tardarán en pasar los veinte o cuarenta años siguientes. Es como si de pronto se hicieran reales las dimensiones de la vida y las limitaciones del cuerpo.

Las dimensiones y las limitaciones las conocíamos antes, claro, pero solo a través de lo que vemos en los otros y de la imaginación, y ahora a la imaginación se suma que hemos vivido y cada vez es menos necesario que nos cuenten. A medida que la experiencia de ver pasar el tiempo por nosotros se hace más grande, menor es la distancia que separa lo que imaginamos que es envejecer con la realidad de envejecer. Esa distancia se acorta sin cesar hasta que llegará un día en el que descubriremos con extrañeza, como Charles Simic, que no es necesario imaginar qué es envejecer porque ya habremos envejecido.

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