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El médico y la emperatriz

Freud tuvo una vida sexual bastante triste, dicen sus biógrafos, que suelen omitir la probable relación con su cuñada Minna, seguramente la parte más luminosa de la misma.

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A los 75 años de su muerte, Viena oirá de nuevo la voz de Freud

Sigmund Freud EFE

"¿Que le duele ahí? ¡Qué va, mujer! Ya le digo yo dónde tiene que dolerle"

La emperatriz Wu Zetian recibe al embajador plenipotenciario de la Sociedad Psicoanalítica Vienesa, Sigmund Freud, ante toda su corte. Con un gesto de la mano le ordena acercarse. Olfatea:

—Tú fumas mucho. ¿Te has lavado la boca?

—A veces un cigarro es solo un cigarro —se defiende débilmente el vienés, mintiendo por todo lo alto: es un cigarro detrás de otro, hasta acabar con cáncer en la boca.

Se encuentra un poco intimidado, mirando por el rabillo del ojo cómo unos sirvientes se acercan con una palangana para lavarle la boca. Está en presencia de la emperatriz de China, una mujer que «sabía que el sexo y el poder estaban inexorablemente unidos y ordenó que los funcionarios de su gobierno y dignatarios visitantes le rindieran homenaje practicándole cunnilingus —cuenta uno de mis informantes, citando el libro The Cradle of Erotica—. Hay pinturas que muestran a la hermosa y poderosa emperatriz de pie, con la ropa abierta mientras un noble o un diplomático arrodillado ante ella aplica sus labios y lengua a su real montículo».

Esta escena se repitió cientos de veces, porque la emperatriz gobernó muchas décadas que se cuentan entre las más prósperas de la historia china. Wu Zetian era una mujer inteligente y culta, que aprendió a leer y escribir escondiéndose detrás de las cortinas mientras sus hermanos recibían clase: a las mujeres no se las enseñaba. La escena descrita indica claramente que no buscaba placer en esas sesiones oficiales: hubo encargados de proporcionárselo en otros momentos, con más tranquilidad y sin espectadores, hasta el final de su larga vida. No, la escena es muy formal, protocolaria, y probablemente su finalidad fuera únicamente indicar cómo debe tratarse a las mujeres, además de a ella misma.

Y Sigmund Freud, uno de los hombres que más ha contribuido a la configuración del pensamiento occidental del siglo XX, tenía razones para estar intimidado ante la poderosa mujer. Porque no parece que entendiera mucho a las mujeres, una de sus frases más famosas es una pregunta: ¿qué quieren las mujeres? Viniendo del inventor de un método de tratamiento que se basa sobre todo en escuchar lo que dice el paciente, es una pregunta ciertamente curiosa: para saber qué quiere alguien, lo más directo es preguntárselo.

Claro que para obtener una respuesta valiosa deben cumplirse dos condiciones. La segunda es que la persona interrogada tenga libertad de expresión, que cualquiera sea la contestación no pueda implicar castigo o menosprecio para quien la da.

La primera, y más importante, condición es que haya tenido la oportunidad de explorar, de averiguarlo por sí misma, sin que esa exploración tampoco sea castigada o mal vista.

Wu Zetian tenía un poder inmenso, ella ocupaba la posición de repartir castigos o desprecios. Por eso Freud tenía razones para estar intimidado. Bueno, hubiera tenido razones, quiero decir, porque esta entrevista no se produjo. Freud nunca viajó a China ni al siglo VII, donde vivía la emperatriz. La visita de Freud me la he inventado, lo confieso. Pero eso no es nada al lado de las cosas que inventaba él: por ejemplo, que las mujeres tenían dos tipos de orgasmos. Unos, clitoridianos, infantiles, a los que debían renunciar en favor de los adultos, vaginales.

Freud tuvo una vida sexual bastante triste, dicen sus biógrafos, que suelen omitir la probable relación con su cuñada Minna, seguramente la parte más luminosa de la misma. Pero, hombre, ¡era médico! Para finales del XIX la Fisiología había establecido sin sombra de duda que es en el clítoris donde se concentran las terminaciones nerviosas, no en la vagina. ¿Por qué empecinarse en defender una teoría que no tenía soporte fisiológico alguno? 

Si el médico vienés es responsable de lo que dijo, los demás, la civilización entera, lo somos de darlo por bueno sin más. La Fisiología no es una ciencia secreta y las mujeres saben hablar. No dejarles hacerlo o no escucharlas, en el asunto que nos ocupa, es una forma particularmente estúpida de escamotear felicidad a un número enorme de personas, generación tras generación.

Sigmund Freud hubiera ganado mucho entrevistándose con la emperatriz china. Y todos nosotros en consecuencia. La emperatriz fue una excepción: antes de ella, y después, no hubo más que hombres ocupando la plaza. Una lástima; si una sucesión de emperatrices hubiera mantenido hasta hoy la etiqueta de Wu en las recepciones, probablemente ahora mismo las mujeres, y quienes las queremos, seríamos bastante más felices.

Eso sí, quizás a Federico Trillo no le hubiera hecho tanta ilusión ser embajador en Londres.

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