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Vivir la historia cubana

2015 será el año para convertir la esperanza en más equidad

Increíble, milagroso, inesperado, asombroso… No han faltado adjetivos para calificar lo que ha representado el miércoles 17 de diciembre para Cuba. La fecha entró en la historia como la réplica latinoamericana de la caída del muro de Berlín, según comentaba Pepe Mujillo, el Presidente uruguayo. Esta relación de vecindad hostil, marcada por el férreo bloqueo, se presentaba como uno de los últimos vestigios de la guerra fría. Y el deshielo no se imaginaba para mañana. Las relaciones entre ambos países parecían congeladas e insensibles al cambio climático que afecta tanto a la isla como al rumbo de la potencia mundial. Las posiciones de ambos países se veían inamovibles a pesar de los ruidos y rumores que corrían.

Sin embargo, desde hace un año, tras el apretón de manos de Obama y Raúl Castro durante el funeral de Nelson Mandela se anticipaba un cambio. Varias señales este año han demostrado que “algo se movía” en torno a la percepción de la política de EEUU hacia Cuba, entre otras las declaraciones de varias personalidades políticas como Hilary Clinton, los artículos del New York Times comentados por Fidel, y varias visitas de empresarios y altos representantes del movimiento cooperativista estadounidense en Cuba. Pero nadie se imaginaba que el desenlace iba a ser tan veloz.

Vivo en la isla desde hace más de un año, y en varias ocasiones, conduciendo a lo largo del malecón me he sentido desplazado en el tiempo, protagonista de una película tecnicolor de espionaje y amor de los 60. El 17 de diciembre, me sentí a la vez en el corazón de Cuba, de la historia del continente americano, y de la vida de cada persona de mi equipo. Tuve la sensación de vivir plenamente el presente. Las intensas emociones que me generaban las conversaciones que he tenido con cubanas y cubanos que me contaron trozos de sus historias en cada etapa de la Revolución, del auge azucarero al periodo especial y luego de estos últimos años de “actualización”, fueron superadas por lo que sentí en aquel momento.

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En Navidad, más que nunca, Comercio Justo

Maribel Villar es productora de la cooperativa COOPROAGRO en República Dominicana, que produce parte del cacao que se utiliza en los productos de Comercio Justo de Oxfam Intermón. (c) Guadalupe de la Vallina / Oxfam Intermón

Mi primer año de trabajo en Oxfam Intermón, en 1993, lo pasé en un pequeño espacio de una tienda de comercio justo. Recuerdo una larga noche en que, junto con varias personas voluntarias del equipo, abríamos cajas y montábamos la nueva tienda en la calle Alberto Aguilera de Madrid. Para mí, como para tantas otras personas de nuestra organización, el comercio justo es y ha sido parte importante de nuestro día a día; lo llevamos en la piel.

¿Por qué? En primer lugar, porque hay un “comercio injusto”, aquel que se basa en la vulneración de derechos fundamentales. El que paga salarios de miseria que solo reproducen la pobreza; el que atornilla los precios de los productos a las fluctuaciones de mercados dominados por especuladores, buscando siempre el máximo beneficio; el que se ceba especialmente en las mujeres y los niños, imponiendo prácticas explotadoras que impiden su desarrollo, prácticas indignas para la vida de una persona.

Y es que el comercio justo va de personas. Trabajamos con grupos vulnerables que luchan por producir mejor, por vivir de su trabajo, por contribuir al desarrollo de sus comunidades. Estos 20 años nos permiten contar historias de libertad y de crecimiento organizativo y personal. Hay cooperativas y grupos de productores que se han capacitado en gestión, en calidad, en organización, que han ampliado sus canales de comercialización, que han logrado mejoras en sus infraestructuras exigiendo el apoyo público y que hoy son capaces de negociar y obtener mejores condiciones de venta para sus productos. El comercio justo nos permite alertar sobre injusticias, proponer soluciones y explicarlas a la población de nuestro país.

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¿Por qué luchar contra el ébola es luchar contra la desigualdad?

En los barrios marginales de Monrovia, la capital de Liberia, las personas vive amontonadas y sin acceso a agua limpia

La mayor parte de la población que vive en los países principalmente afectados por el Ébola- Liberia, Sierra Leona y Guinea- conocen bien que es la desigualdad y la falta de oportunidades. Largos años de guerra civil dejaron a estos países en una situación extremadamente frágil y con uno sistema público completamente destruido. Esta herencia les ha puesto a la cola de los índices de desarrollo y a la vez en los primeros puestos de los ranquings de desigualdad. Así se constata en el  Índice de Desarrollo Humano ajustado a la inequidad (una medida del desarrollo humano basada en los niveles de inequidad en ingresos, educación y salud), dónde de 144 países evaluados, Liberia se sitúa en el puesto 135, Guinea en el 138 y Sierra Leona en el 143.  

En este contexto de pobreza y desigualdad es fácilmente comprensible que el Ébola se haya cebado con la población más vulnerable, mientras que las élites ricas de estos países viven aisladas de esta realidad. De la misma manera que haya habido países donde el Ébola haya logrado controlarse gracias a unos sistemas de salud eficientes, mientras que en otros esté diezmando a la mayor parte de la población.

Así pues, luchar contra el virus es  luchar contra la desigualdad. Para ello es necesario, el conocimiento, las infraestructuras, los recursos y el personal sanitario de los que carecen estos países pero que son vitales para frenar la epidemia. Pero además es necesaria una vacuna que hasta ahora nunca se ha desarrollado porque ningún laboratorio veía el rédito económico que podía tener siendo una enfermedad fundamentalmente de pobres.

Las consecuencias de la crisis

Pero también hay que tener en cuenta que los efectos de la crisis van mucho más allá de los ratios de transmisión. Los cultivos se han abandonado, los mercados se han cerrado y se ha restringido totalmente el movimiento de personas. El desempleo aumenta, bajan los ingresos de las familias y ya ha saltado la alarma de una probable hambruna en 2015. Los colegios se han cerrado y los niños y niñas están perdiendo su año escolar. Los escasos centros de salud existentes están colapsados dando respuesta al Ébola lo que ha provocado que la gente esté muriendo de enfermedades tratables como la malaria y la diarrea o por complicaciones en el parto. Ciertos sectores de la población son cada vez más vulnerables, como los niños y niñas entre los que se han registrado 4.000 nuevos huérfanos.

Pero aun cuando se logre poner fin a esta epidemia, sus consecuencias van a perdurar en el tiempo, lo que muy probablemente llevará a más pobreza y desigualdad. Esta crisis ha barrido en pocos meses con los avances que se había conseguido durante años y está amenazando con aumentar la fragilidad de los países y la estabilidad regional. Si no se responde de manera rápida y efectiva a la epidemia, la brecha entre ricos y pobres dentro del país, y entre ellos y los países ricos aumentará de manera exponencial.

La comunidad internacional tardó demasiado en responder a esta crisis y ese tiempo perdido se tradujo en vidas de personas. Las necesidades son hoy en día más apremiantes que nunca y por ello la respuesta debe estar a la altura de las circunstancias para combatir el Ébola y con ello combatir la desigualdad.

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Propósito de enmienda

La Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) sitúa a cada país en el mundo atendiendo a su generosidad en la lucha contra la pobreza más extrema (generosidad que se expresa como porcentaje de la Renta Nacional Bruta que el Estado dedica a este objetivo). En este ranking, estamos situados más como ejemplo de egoísmo: un país que decide mirarse el ombligo en un mundo cada vez más interdependiente, en lugar de actuar como líder de una agenda internacional visionaria, influyente y que además, resultaría inteligente. (España ocupa el puesto 21 de 28 entre los donantes del Comité de Ayuda al Desarrollo, CAD – de la OCDE).

Puede que la posición actual sea resultado de la crisis económica y financiera que estamos viviendo: había que priorizar la reducción del déficit sobre todas las cosas y las donaciones de AOD suponen “gasto público”. Puede que el crecimiento de esta partida haya de hacerse acompañado de un aumento en recursos humanos y técnicos que garanticen su calidad y que esto requiere su tiempo. Pero también cabe pensar que entre las prioridades de quien decide los Presupuestos Generales del Estado no se encuentre la lucha contra la pobreza en los países en desarrollo.

Y ese parece ser el caso de España: ya en 2014 se atisbaba una ligera recuperación del crecimiento de nuestra economía, y sin embargo la AOD prevista no sólo no creció respecto a 2013, sino que disminuyó. Con esta misma lógica, nos encontramos hoy en el momento en que en el Parlamento se está decidiendo la previsión presupuestaria para 2015 y, lejos de recuperar el terreno perdido internacionalmente aumentando nuestra aportación a la reducción de la pobreza, la AOD prevista sigue en el 0,17% de nuestra Renta Bruta (nivel más bajo desde los años 80).

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El miedo al ébola

©Tommy Trenchard / Oxfam. Una trabajadora de Oxfam enseña a los niños a lavarse las manos en un punto de lavado de manos en una zona de Freetown, Sierra Leona.

Hubo un momento en el que temimos que el ébola se extendiera por España. El contagio de Teresa Romero activó la alarma en nuestro país, y cuando nos comunicaron su recuperación y supimos que no se habían detectado nuevos contagios, respiramos aliviados. En España respiramos aliviados, pero en África Occidental: Liberia, Sierra Leona, Guinea... la epidemia se ha cobrado ya casi 5.000 vidas y el número de casos de ébola detectados supera los 13.000.

Las poblaciones de estos países viven con miedo permanente a que este brote sin precedentes les afecte y se lleve a su gente. Los testimonios que nos llegan desde terreno son aterradores. David Watako, responsable de Agua y Saneamiento de Oxfam en Liberia, explica que “vivir en Liberia hoy es vivir con una ansiedad constante. Todo el mundo tiene miedo a cualquier apretón de manos, al contacto con cualquier fluido o superficie que pueda estar infectada. Incluso algunos trabajadores sanitarios ya no son bienvenidos en las comunidades donde viven, porque la gente teme que puedan infectarles por el trabajo que están haciendo.”

La falta de información en algunas zonas, sobre todo en las rurales, ha generado desconfianza y ha provocado que corran rumores que afectan directamente al comportamiento de la gente. Por ejemplo, el Gobierno de Sierra Leona ha anunciado que todas las personas que detecten un caso de ébola y no lo reporten se enfrentan a dos años de cárcel. Holly Taylors, responsable de proyectos de Oxfam, cuenta cuenta que: “Cuando alguien muere, por miedo a ir a la cárcel, abandonan el cuerpo en la calle. Si avisaran al equipo de enterramiento, suu comunidad quedaría en cuarentena y como nadie quiere responsabilizarse de ello el cuerpo yace en la calle durante días”.

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Sin paz no hay desarrollo

Los  hechos ocurridos el 26 de septiembre en Ayotzinapa, Guerrero, son el episodio más reciente de la violación a los derechos humanos que padece México. Es por eso que, el asesinato de seis personas -tres de ellas estudiantes-, los 20 lesionados –uno de ellos con muerte cerebral- y el detenimiento y desaparición de manera forzosa de 43 jóvenes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, deben ser comprendidos al día de hoy como inaceptables vulneraciones de los derechos humanos por parte de la comunidad internacional.

Los ataques posteriores de la policía y de un grupo armado de civiles contra estudiantes, así como las ejecuciones extrajudiciales, la desaparición forzada -incluyendo la tortura, y muerte de uno de dichos estudiantes- y la ausencia de un protocolo efectivo de búsqueda de los desaparecidos, son actos recurrentes y no pueden considerarse un hecho aislado, sino como un acontecimiento que forma parte del día a día para las nuevas generaciones de este país.

Agentes del Estado no sólo privaron de la vida y torturaron a sus víctimas, sino que tras la desaparición forzosa de 43 de los estudiantes, las autoridades se han esforzado para evadir su responsabilidad de esclarecer los hechos y castigar a los responsables y ocultan el paradero de los desaparecidos buscando en fosas sus cuerpos, cuando lo que sus familiares y compañeros buscan es encontrarlos a todos con vida.

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Brotes verdes o raíces podridas

Saldremos de la crisis económica. De eso parece no haber dudas. Algunos llevan tiempo intentando convencernos de que lo peor ha pasado con clases de botánica básica: brotes verdes, raíces vigorosas, rebrotes… Sin embargo, lo importante no es saber si saldremos y cuándo, sino cómo saldremos.

Hay suficientes evidencias e instituciones internacionales (como el FMI, el Banco Mundial o la OCDE) que demuestran que el crecimiento económico por sí sólo no reduce los niveles de desigualdad y de pobreza de un países. De hecho en algunas ocasiones los incrementa, creando sociedades duales en las que unos pocos poseen mucho, mientras una gran mayoría se reparte las migajas. Sociedades en las que la movilidad social, es decir, la capacidad de los individuos para prosperar está truncada desde la base por un desigual acceso a oportunidades como una educación o una sanidad de calidad.

España no escapa a esta tendencia. Somos el segundo país más desigual de la UE después de Letonia y las medidas de austeridad, aplicadas incluso cuando desde arriba se pregona una mejoría en las cifras macroeconómicas, están destruyendo las redes de protección social necesarias para reequilibrar la balanza a favor de los más vulnerables.

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El boomerang del ébola

El personal de Oxfam trabaja para evitar nuevos contagios de ébola en África Occidental (c) Oxfam

Estos días el ébola llena nuestros informativos y nuestras conversaciones, y nos genera más de una duda ética difícil de resolver. Pero si fijamos los fundamentos para hacer un buen análisis de los hechos, tal vez resulta un poco más sencillo. Sólo un poco.

El ébola ha matado 8.000 personas desde que conocemos su existencia en los años 70. De estas, 3.500, es decir, casi la mitad, se han producido en este último brote de la epidemia. Cada día siguen muriendo en el mundo 10.000 personas de hambre, 4.110 de sida y 1.726 de malaria. Estas cifras nos permiten relativizar y acotar la magnitud de las tragedias, y su relevancia, que no siempre están relacionadas.

La enfermedad ha ido saliendo tímidamente en los periódicos durante bastante tiempo, pero ha estallado repentinamente cuando hemos tenido dos españoles contagiados en África y una sanitaria infectada en Madrid. Las reglas de la proximidad del periodismo no ayudan a entender un mundo que avanza con lógicas globales. Nadie defenderá que la vida de una persona cercana tiene más valor que la de una persona lejana, que no tienen los mismos derechos. Pero seguimos aceptando que cuando las personas afectadas están cerca sean más noticia. Si seguramente no conocemos a ninguna de las personas españolas infectadas, ¿por qué hacemos tantas diferencias? Sencillamente, nos cuesta mucho pensar y sentir a escala global.

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Gaza. Una historia personal (2)

Pocas tiendas han logrado permanecer abiertas en Gaza tras el conflicto/Oxfam

Es noviembre de 2012. Un trabajador humanitario local, Jabr Qudeih, dijo a Oxfam: "Espero que el futuro sea diferente ". Pero no lo ha sido. No sólo el bloqueo no termino, sino que ahora cuatro de cada cinco personas en Gaza dependen de la ayuda humanitaria y más de 520.000 personas han huido de sus hogares. En 2013, Kamal (que ahora ya es un buen amigo) finalmente consiguió un visado del gobierno británico para ir a Londres a formarse. Un sábado le llevé  a visitar los parajes de Londres. Nunca antes había estado fuera de Gaza y en el mítico parador de Horseguard saltó de alegría, literalmente. Sabía lo afortunado que era en comparación con sus vecinos, a los que nunca permitieron salir de Gaza.

Unos meses más tarde, de vuelta en la Franja, vi a Kamal de nuevo en su casa tendiendo la ropa limpia sobre una cuerda. Hoy, su hogar está destruido, y se ha visto obligado a refugiarse con su familia en un puesto de Oxfam.

Supongo que volveré pronto a Gaza para ver cómo el mundo lo reconstruye una vez más, y para ver el increíble equipo de Oxfam tratando de ayudar a la gente a vivir una vida tan decente como estas insoportables circunstancias lo permiten. Supongo, que se producirá la habitual exhalación cuando la terrible crisis de este verano haya terminado. Las habituales palabras de conmoción de los líderes mundiales saldrán de los titulares de nuevo. Mientras, el bloqueo y el ciclo eterno de violencia continuará.

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Gaza. Una historia personal (1)

Una de las calles más transitadas de Gaza vacía/Oxfam

La primera vez que visité Gaza fue en la primavera de 2006. Acababa de convertirme en oficial de políticas de Oxfam cubriendo Israel y el territorio palestino ocupado. Llegué a Erez como el único pasajero que cruzaba entre Israel y Gaza. En el lado israelí había una cabaña de madera. Entrabas a través de una puerta y salías por otra hacia un largo pasillo que daba a un puesto de control palestino. Kamal, un conductor de Oxfam, me esperaba allí para hacer una pequeña expedición por Gaza. Entonces me dio un diario para agradecerme mi visita que he guardado durante todos estos años.

En ese momento, no me di cuenta que era una de las personas más amables del mundo.

Eso fue en 2006, un año antes de que el bloqueo completo comenzara. Israel acababa de firmar un Acuerdo sobre circulación y acceso con la Autoridad Palestina patrocinado por la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, en noviembre de 2005.  Entre otras cosas, el acuerdo permitió que varios accesos se abrieran a la vez, de modo que los incidentes de seguridad en un cruce no detendrían el flujo de bienes en conjunto. A diferencia de hoy.

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