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Sadabad guarda los vestigios de la opulencia de los últimos shas de Persia

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Sadabad guarda los vestigios de la opulencia de los últimos shas de Persia

Sadabad guarda los vestigios de la opulencia de los últimos shas de Persia

En la falda de los impresionantes montes Tochal, en el norte de Teherán, el complejo de Sadabad guarda los vestigios del ostentoso lujo que rodeó la vida de Mohamed Reza Pahlavi y Farah Diba, los últimos shas de Persia.

En uno de los pocos puntos de la ciudad donde el aire es fresco y respirable se levanta el impresionante conjunto de palacios de más de 300 hectáreas -de las que la mitad son bosques- en el que se conserva lo que fue el decorado de la vida diaria de la dinastía expulsada en la Revolución Islámica de 1979.

El principal es el palacio Mellat (Blanco), 5.000 metros cuadrados que fueron la residencia de verano de la pareja y, antes, del padre del rey, Reza Shan, fundador de la dinastía que la ordenó construir en 1932.

El palacete, con una mezcla de arquitectura tradicional iraní y bizantina, no tiene nada que envidiar a las residencias reales europeas y los luminosos y amplios espacios de sus 54 habitaciones desbordan lujo por los cuatro costados.

Buena parte de los adornos estructurales proceden de los mejores artistas locales, mientras que los muebles y telas fueron mayoritariamente encargados en Europa por Farah, protagonista de la prensa del corazón en los años sesenta y setenta.

"Toda la decoración está elegida siguiendo el gusto de Farah, que recorría anticuarios en París y otras capitales para elegir los mejores objetos", explica una de los 300 empleados del complejo.

Los techos fueron ornamentados por artistas de Isfahan, los suelos son de mármol traído de Yaazd y están cubiertos de algunas de las mejores alfombras persas del mundo, la mayoría procedentes de Mashad, Kerman y Kashan.

Hay trece estancias ceremoniales, adornadas con candelabros de metales preciosos, cuernos de marfil, muebles estilo Luis XV y tapices franceses.

El comedor para menos de veinte invitados se usó por última vez para una cena en honor al presidente francés Charles de Gaulle y se conserva prácticamente intacto, con la vajilla Rozental (de Alemania) con el escudo real grabado y los vasos de cristal de Bohemia dispuestos.

También está el Gran Comedor, 220 metros cuadrados cubiertos con la mayor alfombra del palacio, de 145 metros, y decorado con espejos, cortinas de terciopelo, porcelanas chinas, esculturas de coral y cuarzo rosa, una estatua de Minerva regalada por el alcalde de Roma y una espectacular lámpara de 108 brazos que iluminó por última vez una cena con el presidente estadounidense Jimmy Carter y el rey Husein de Jordania.

La impresionante oficina del shah, con tres enormes ventanales, sofás y una enorme escultura del rey a caballo, tiene una decoración tan exquisitamente cuidada que la alfombra tiene el mismo diseño que la ornamentación del techo y en sus paredes cuelgan originales del pintor barroco italiano del siglo XVII Aniello Falcone.

Desde esa mesa, Mohamed Reza dirigió con mano de hierro su reino durante 38 años.

Una de las estancias más curiosas es el dormitorio de la pareja, para el que Farah Diba encargó las cortinas y la cobertura de la cama a Christian Dior.

Aquí se conserva también una de las primeras televisiones que llegaron a Irán, una Grundig traída especialmente desde Alemania para los todopoderosos reyes de Persia.

Pinturas de miniaturistas iraníes, un elegante diván y un coqueto tocador francés de madera noble completan el espacio más íntimo de la pareja que fue depuesta del trono con la revolución que llevó al poder a los ayatolás.

El Salón Ceremonial tiene 143 metros cuadrados de alfombra tejida a mano, 93 piezas de plata, ornamentos de jade, amatista y coral y aplicaciones de oro en el techo y en los dibujos que enmarcan las puertas.

Algo menos ostentoso es el cuarto de estar de la familia, con sedas chinas y mesas lacadas, en el que el Shah y su esposa hablaban en francés mientras comían, para no ser entendidos por el personal de servicio.

El rey tenía además su "cuarto de día", con una piel de lobo completa a modo de alfombra y una cama para las siestas copia del lecho de Josefina, esposa de Napoleón.

Para los ratos libres los monarcas disponían de su propio cine y de una sala forrada totalmente de madera de nogal y con una de las mejores mesas de billar del mundo, fabricada por la británica Cox&Yeman, que solo aceptaba encargos de las realezas.

Un escritorio de la reina María Antonieta, un piano del zar de Rusia Nicolás II, muebles calados de la India, vasijas iraníes de hasta 8.000 años y la colección privada de Farah con antigüedades que incluyen estatuas mayas son otras piezas únicas que adornaban la vida real.

El Palacio Blanco, hoy convertido en museo, fue el espectacular escenario de los mejores tiempos de una familia, que poco después de la revolución quedaría marcada por la tragedia, con el exilio forzoso, la muerte por cáncer del sha en El Cairo en 1980 y los suicidios de dos de los cuatro hijos de la pareja, Leila y Ali Reza, en 2001 y 2011.

Farah vive hoy entre EEUU y Francia, muy lejos del palacio de cuento que decoró y utilizó durante dos décadas y al que no se le permite regresar. Ana Cárdenes

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