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Violencia de género: una violencia con apellido

Los asesinatos constituyen la punta del iceberg de una violencia omnipresente y soterrada que permea toda nuestra cotidianeidad. Una cotidianeidad en la que la opresión contra las mujeres se recubre de forma habitual como "amor"

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Realizan un paro en Argentina contra la violencia machista antes de la masiva marcha

Manifestación contra la violencia machista EFE

La violencia contra las mujeres, cuando se expresa en sus formas más luctuosas, provoca afortunadamente un rechazo generalizado y una creciente alarma social. Sin embargo, las causas de esa violencia parecen antojarse como invisibles o misteriosas, permanecen como un interrogante indescifrable en el imaginario colectivo o, como mucho, asimilado a la violencia sin más. El rechazo del hecho violento no va así de la mano de la conciencia crítica. Y tampoco hay una pedagogía orientada a hacer inteligible que esta violencia, antes que bastarda, tiene un apellido muy definido: es violencia de género.

La violencia de género no se puede entender como expresión de la violencia en general. Si se entiende así, se olvida que, como lo decía la norteamericana Carol Sheffield en 1992 al hablar de "Sexual Terrorism", estamos ante una forma de agresión que está tan enraizada en nuestra cultura que es percibida como el orden natural de las cosas o que, incluso, a veces ni siquiera es percibida. Esta forma de agresión se ejerce como maltrato, como incesto, como pornografía, como acoso, como violación, como ablación, como prostitución, como trata, como asesinato… Se ejerce, en fin, en las múltiples caras del terror.

Este ejercicio de atemorizar a las mujeres tiene un objetivo claro: controlarlas y dominarlas. En su manifestación más extrema del asesinato no se trata, como ya lo señalaba en 1995 Ana María Pérez del Campo en Una cuestión incomprendida: el maltrato a la mujer, de una violencia que pueda achacarse al perfil o a las características psicológicas del maltratador. Se trata de una violencia que se ampara en la estructura misma de la desigualdad entre los sexos que vertebra nuestras relaciones sociales. Esto es tanto como decir que la misma estructura social que, a través de diversos vehículos de expresión, condena las manifestaciones luctuosas de la violencia de género, perpetúa a la vez las condiciones de dominio de un sexo sobre otro como estructura central de relación y, con ello, sigue haciendo posible esa violencia.

Cuando escribo esto en nuestro estado ya son 59 mujeres y 2 niñas las víctimas mortales por violencia de género en el 2016, según contabiliza el movimiento feminista; 44 víctimas mortales y una menor según cifra de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género. En todo caso, se trata, sin duda, de cifras alarmantes, sobre todo porque constituyen sólo la punta del iceberg de una violencia omnipresente y soterrada que, con sus múltiples caras, permea toda nuestra cotidianeidad. Una cotidianeidad en la que la opresión contra las mujeres se recubre habitualmente como amor y que justifica así las conductas violentas de los hombres sobre las mujeres por motivos amorosos o pasionales. Es un espejismo pretender acabar con esta violencia mientras no se acabe con sus causas estructurales, unas causas que son bien precisas y que están enraizadas en la forma de opresión más paradigmática: la opresión de las mujeres que, incluso en sociedades formalmente libres e igualitarias, perpetúan sus condiciones materiales de desigualdad.

Leer la violencia de género fuera de este contexto es no comprender nada o no querer comprenderlo. Porque, como lo dice la jurista norteamericana Catherine MacKinnon, preguntar “Por qué una persona «permite» la fuerza en lo privado (la pregunta de por qué no se marcha que se hace a las mujeres maltratadas) es una pregunta que se convierte en un insulto por el significado social de lo privado como esfera de opción. Para las mujeres la medida de la intimidad ha sido la medida de la opresión”. Y MacKinnonn hace esta reflexión ya en 1995 en Hacia una teoría feminista del Estado. Sacar de lo privado esta violencia y dimensionarlo al ámbito político fue la voluntad de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Y sin duda, aun con las revisiones que fueran hoy pertinentes, esa ley tuvo una enorme función pedagógica y supuso un tremendo avance en la lucha contra la violencia que sufren las mujeres.

Esa ley pecaba, sin embargo, de cierto optimismo al declarar en su Exposición de Motivos que hablaba de algo que "Ya no es un 'delito invisible', sino que produce un rechazo colectivo y una evidente alarma social". Ese rechazo y esa alarma no parecen haber redundado ni en una aplicación estricta de esta ley, ni en la amplificación de los recursos destinados a aplicarla, ni en la concienciación colectiva de las causas estructurales de ese delito. Con todo, esta ley ha constituido un avance importante en la lucha contra la violencia de género que, afortunadamente, marca un punto de no retorno.

Pero la sociedad, que se lamenta y guarda minutos de silencio ante cada asesinato de una mujer, sigue presa de la estupefacción y del interrogante ante este fenómeno. No hay voluntad política de trasladar a esa sociedad la respuesta a su incertidumbre, una respuesta que implica socavar los fundamentos mismos de los modos de vida y de relación en los que estamos inscritos. La violencia de género es violencia patriarcal y sólo desaparecerá cuando desaparezca ese sistema de dominación que, no sólo la hace posible, sino que la requiere como condición de su subsistencia. Mientras tanto, cada mujer asesinada por violencia de género engrosa el obituario de nuestra hipócrita y farsante igualdad.

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