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Luisa Posada Kubissa

Doctora en Filosofía y profesora titular del Departamento de Filosofía de Historia de la Filosofía, Estética y Teoría del Conocimiento de la Universidad Complutense de Madrid. Pertenece al Consejo del Instituto de Investigaciones Feministas de esa universidad desde 1992, y ha sido directora del "Magister en Estudios de las Mujeres" de la misma entre 2005 y 2008. Entre sus publicaciones destacan los libros Sexo y Esencia. De esencialismos encubiertos y esencialismos heredados (Madrid, Horas y horas, 1998); Sexo, vindicación y pensamiento. Apuntes de teoría feminista (Madrid, Huerga y Fierro, 2012); Filosofía, crítica y (re)flexiones feministas (Madrid, Fundamentos, 2015).

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El sujeto político feminista en la 4ª ola

Si hablamos de una 4ª ola feminista, habrá que establecer que hablamos de algo reactivo, ya que toda ola es reactiva, es decir, es algo que supone un avance frente a un repliegue. Hablamos entonces de una 4ª ola como reacción, como impulso hacia delante, frente a la actual contrarreacción patriarcal. Preguntarnos si se está realmente produciendo esta ola será preguntarnos qué la impulsa, cómo se expresa y quiénes la protagonizan. Me voy a referir sólo brevemente al qué y al cómo, para centrarme en lo que me parece urgente que nos volvamos a plantear hoy: el quiénes, es decir, el sujeto político del feminismo.

Tras las grandes conquistas feministas, lo que hoy está sacando al feminismo a las calles y haciéndolo un movimiento de masas yo diría que es -no sólo pero sí centralmente- una auténtica insurrección, una rebelión contra la violencia patriarcal. Una violencia en sentido amplio, que se expresa de muchas maneras: como violación, como acoso, como maltrato, como asesinato, como desigualdad económica y laboral, como pornografía, como prostitución, como trata… Hoy habría que añadir otros fenómenos de este poder sexualmente expresado, como la práctica de los vientres de alquiler. Por tanto, en cuanto al qué de esta cuarta ola, el qué la impulsa, yo diría que fundamentalmente es una rebelión contra lo que creo que se está configurando como el nuevo paradigma del patriarcado: el patriarcado violento.

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La ley y la palabra femenina

Una cosa es escenificar un pacto de Estado contra la violencia de género, para figurar en la foto mediática y en la oportunidad política, y otra muy distinta es contraer el compromiso real de llevarlo a efecto de manera urgente y hasta sus últimas consecuencias. Es fácil hablar de pactos para negar la custodia de los hijos/as a condenados por malos tratos y, con la otra mano, dejar en la indefensión a una madre maltratada y a sus hijos. Estamos hablando de una mujer aterrorizada y desprotegida, maltratada no sólo por su ex pareja, sino por la ley que la convierte a esta última de verdugo en víctima y le hace susceptible de amparo.

Ya se ha escrito mucho sobre el caso de Juana Rivas, que pone sobre el tapete que efectivamente hay un pacto, sí. Pero es el pacto patriarcal dirigido a silenciar y hasta a negar la violencia estructural contra las mujeres. Cómplice directo en ese pacto, la justicia no tiene una venda de neutralidad, ni equilibra el fiel de la balanza. La justicia es justicia con apellido: es justicia patriarcal y, por tanto, interesada.

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Queridos medios: basta ya de contradicciones en violencia machista

Condenar la violencia contra las mujeres, sobre todo en sus manifestaciones más luctuosas, es algo común hoy en nuestra sociedad. Algo que se hace individualmente, pero también a través de diversos vehículos de opinión. Cuando esos vehículos expresan el rechazo más generalizado a la violencia machista es de suyo esperar que no caigan tampoco en actitudes y publicaciones que perpetúen las causas de esa violencia. Es de esperar, en fin, que contribuyan a crear conciencia crítica.

Sin embargo, lamentablemente hay que decir que la mayoría de los medios más instalados en la opinión pública hacen, por el contrario, alarde de un cúmulo de contradicciones cuando, alineados contra la violencia machista, no dudan en reproducir los estereotipos de género en la que esta descansa. Es el caso de periódicos que siguen albergando en sus páginas anuncios de prostitución sin ningún pudor. O que publican reclamos con razón del Día de la Madre sobre un ranking de las madres "más cañón". O, en casi todos los casos, que no hablan de asesinatos de mujeres ni de feminicidios, sino de mujeres "muertas". Es el caso, en fin, de la manera de dar las noticias de tal modo que no socave el orden de género dominante.

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La prostitución no es una elección "natural"

La prostitución se enmarca y se juzga tradicionalmente en relación con la moral sexual. El argumento más relevante contra esta institución consiste en señalar que generalmente no es algo libremente elegido, sino que su ejercicio se debe a la precariedad y la necesidad, así como a la falta de recursos económicos y sociales. Y esto es un argumento contra toda explotación sexual, dejando ahora de lado las cifras contundentes de la trata con tales fines. Sin embargo, la equiparación de la prostitución a cualquier otro trabajo, como por ejemplo se hizo en Alemania en 2001, alimenta la idea de la prostitución como elección libre que debe ser reconocida por un Estado de derecho. Esta situación amplía las fronteras del negocio económico y traslada el mensaje a niños y adolescentes varones de que están legitimados para comprar mujeres si necesitan cubrir sus necesidades sexuales.

Pero más allá de los puros intereses comerciales del mercado neoliberal, hay criterios morales, éticos y políticos que se han de poner en juego al hablar de la prostitución. Porque no estamos hablando de que los varones se limiten a satisfacer sus necesidades, sino de que lo hacen a costa del bienestar de las mujeres y de la compra de su  sexualidad. Este hecho mismo convierte la relación prostitucional en un ejercicio de poder y de dominación, por la que una persona tiene que ponerse al servicio de otra pasando por encima de sus propios deseos o necesidades. Con ello la persona prostituida pierde el sentido de su propia sexualidad y de la decisión autónoma sobre la misma.

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En medio(s) de "los malos tratos" y "las muertas"

Quizá, después de todo, algo está cambiando en los medios y en la sociedad misma frente a la percepción de la violencia de género. La publicación en eldiario.es de la noticia de ' Los trabajadores del Diari de Terrassa se rebelan contra la publicación de una viñeta machista' alienta esta esperanza. Porque los medios de comunicación son esenciales para generar rechazo o, por el contrario, tolerancia ante esta violencia. Esto es tanto como decir que el problema de la violencia contra las mujeres resulta ser también el problema del discurso en el que está inserta.

Para muestra, un botón: a estas alturas ya no es de recibo que, cuando una mujer es asesinada por la violencia de género, se publique una noticia en la que "una mujer muere", obviando así el término "asesinato". Tampoco es muy de recibo seguir hablando de "malos tratos", que parecen remitir a otros que fueran "buenos". Y estamos más que hartas de "presuntos" agresores a víctimas que, más que presuntas, son una realidad letal y palpable.

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Cuando el Estado se alía con la violencia de género: el caso de Rusia

Lo que está sucediendo en estos momentos en Rusia testimonia cómo las conquistas sociales y, en particular, las de las mujeres se cimentan sobre terrenos arenosos que pueden ser socavados de la noche a la mañana. A iniciativa de dos diputadas y de dos senadoras del partido de Vladimir Putin, Rusia Unida, se está tramitando en el Parlamento un cambio legislativo terrorífico: se trata de que la agresión en el ámbito familiar y, en particular a la mujer, sale de la vía penal y sólo será objeto de una multa administrativa de 500 euros y 15 días de trabajos comunitarios. Solo si, en el plazo de un año, el agresor vuelve a maltratar a la mujer podrá procesársele por vía penal y, en este caso, la justicia no actuará de oficio, sino que la propia víctima debe acudir ella misma a los tribunales y reunir todas las pruebas del maltrato recibido.

Con esta reforma se pretende que la justicia no "invada" el ámbito doméstico, según declaraciones de Putin. De manera que, ya de entrada, la óptica que preside la propuesta es la de que la violencia de género es un acto privado, un asunto de la vida personal, que no compete regular y perseguir desde el ámbito político. También, como asunto individual se comprende la vía judicial que pueda emprender la propia víctima una vez haya sido objeto de agresión por segunda vez en el plazo de un año. Todo ello deja inermes a las víctimas frente al agresor y frente a la institución. La desprotección es así absoluta y, sobre todo, la medida es disuasoria para que las mujeres denuncien a sus maltratadores.

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Una tragedia de género: réplica al periodista Molares do Val

En la sección de "Crónicas Bárbaras" –con un adjetivo muy acertado– de El Correo Gallego el periodista Manuel Molares do Val ha escrito una breve columna que titula "Víctimas de su sexismo". En este artículo –que fue retirado de la edición en la página web tras un comunicado de repulsa del Colegio de Periodistas de Galicia, pero que apareció en la edición impresa– la tesis es contundente: son las víctimas de la violencia de género las culpables de sufrirla. Y, para argumentar su desatinada tesis, el periodista vierte opiniones como que "el miedo al feminismo radical consigue que pocos medios informativos se atrevan a recordar que hay mujeres que se entregan voluntariamente a hombres violentos sabiendo que pueden matarlas". Y, ¿por qué?, sigue razonando Molares do Val: porque esas mujeres "se convierten voluntariamente en esclavas sexuales de posibles asesinos. Los siguen suicidamente por el placer físico que les proporcionan".

Desdeñando "los consejos de los psicólogos que las atienden tras denunciar a su pareja", prosigue el autor, las mujeres "establecen una relación morbosa" porque "esos hombres son buenos amantes" y, de ese modo, "reinciden buscando el éxtasis que demasiadas veces les trae la muerte". Y, remata el periodista, "al culpar sólo al asesino, el feminismo más activo facilita la continuidad de esa cadena mortal", en lugar de ocuparse de "advertir también que la mujer tiene que ser autorresponsable evitando machos violentos".

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Violencia de género: una violencia con apellido

La violencia contra las mujeres, cuando se expresa en sus formas más luctuosas, provoca afortunadamente un rechazo generalizado y una creciente alarma social. Sin embargo, las causas de esa violencia parecen antojarse como invisibles o misteriosas, permanecen como un interrogante indescifrable en el imaginario colectivo o, como mucho, asimilado a la violencia sin más. El rechazo del hecho violento no va así de la mano de la conciencia crítica. Y tampoco hay una pedagogía orientada a hacer inteligible que esta violencia, antes que bastarda, tiene un apellido muy definido: es violencia de género.

La violencia de género no se puede entender como expresión de la violencia en general. Si se entiende así, se olvida que, como lo decía la norteamericana Carol Sheffield en 1992 al hablar de "Sexual Terrorism", estamos ante una forma de agresión que está tan enraizada en nuestra cultura que es percibida como el orden natural de las cosas o que, incluso, a veces ni siquiera es percibida. Esta forma de agresión se ejerce como maltrato, como incesto, como pornografía, como acoso, como violación, como ablación, como prostitución, como trata, como asesinato… Se ejerce, en fin, en las múltiples caras del terror.

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¿Quién "feminiza la política"?

Cuando oigo hablar de "feminizar la política" se me viene a la cabeza la reflexión que la filósofa Celia Amorós hacía ya en el 2005, cuando escribía: "¿Nos echan de la polis por ser masculina? ¿o más bien nos hacen creer que es masculina porque nos echan?". En cualquier caso, lo que parece claro es que el ámbito de la política se ha constituido como el ámbito de los pactos patriarcales y ha hecho elisión de las mujeres.

Sin duda es un objetivo deseable humanizar la política, con valores que, más allá de la agresividad o la competitividad, radiquen en la solidaridad y la inter-dependencia, y pongan en primer plano la necesidad del cuidado. Pero, que estos valores se hayan asignado a las mujeres no significa que sean "femeninos" por sí mismos y que llevarlos al ámbito de la política sea "feminizarla". Porque entonces estamos aceptando de entrada que la política es masculina, nos estamos creyendo el relato más androcéntrico para justificar que las mujeres no tengan acceso a la plaza pública.

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