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Marchando sin freno hacia las terceras elecciones

Lo que de verdad falla es el sistema, la base de la que emanan las reglas que limitan la acción de los políticos. El nuestro fue concebido y desarrollado durante la Transición, en una situación muy distinta de la actual

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Urna electoral

A la luz de los datos disponibles en este momento lo más lógico es pensar que los españoles que quieran hacerlo tendrán que hacerlo por tercera vez. La situación está totalmente bloqueada y las iniciativas que podrían desbloquearla no pueden surgir sin que previamente se hayan producido cambios que hoy por hoy se antojan imposibles. Eso quiere decir, en sustancia, que la ya larga crisis política española está llegando al fondo. Un sistema político que no es capaz de parir un gobierno es un sistema acabado. Y aunque aparentemente hoy no pase nada, eso es muy grave y puede ser terrible en un futuro no muy lejano.

Aunque no deja de ser útil para que los ciudadanos reafirmen su posición política, o la modifiquen, buscar culpables de ese bloqueo no ayuda mucho a superarlo. Porque lo que de verdad falla es el sistema, la base de la que emanan las reglas que limitan la acción de los políticos. El nuestro fue concebido y desarrollado durante la Transición, hace ya casi tres décadas, en una situación muy distinta de la actual. Su expresión fue el bipartidismo, que se creyó que era la mejor solución para que España transitara de la dictadura a la democracia sin impedimentos que paralizaran ese proceso. Todas las piezas del entramado político están pensadas en esa clave, incluida la colocación de los nacionalismos.

El problema es que el bipartidismo se ha acabado. Sin embargo, los dos partidos que antes lo protagonizaban siguen imbuidos de la lógica anterior. No saben salir de ella, además de que no quieren. El objetivo fundamental del PP es ganar al PSOE, el de este batir al PP. Llevan más de 30 años trabajando únicamente con ese objetivo. Por mucho que se empeñen los bienpensantes de uno y otro campo, por mucho que la anhelen los poderes económicos y las cancillerías extranjeras, una fórmula del tipo de la “gran coalición” alemana es imposible en España. El PSOE no puede entrar en un gobierno del PP, ni viceversa. Sería como negarse a sí mismos. Ninguna concesión, por importante que fuera, puede salvar ese obstáculo.

Cualquier matiz que rebajara la intensidad de ese empeño, hasta la abstención de unos cuantos diputados del PSOE para que Rajoy resultara investido, padece las mismas limitaciones. Es impensable que Pedro Sánchez se avenga a una solución de ese tipo. Los mismos socialistas que hoy, bajo manga o abiertamente, le están pidiendo que de ese paso, lo usarían en su contra, cuando un sector, seguramente conspicuo, del partido se indignara porque el PSOE hubiera dado el poder a Rajoy y pidiera su cabeza.

¿Allanaría algo el camino que Rajoy renunciara a su liderazgo y que el PP propusiera otro candidato a la presidencia del gobierno? Puede que sí, porque en ese caso, Ciudadanos podría dar su brazo a torcer y votar “sí”. Pero no tiene mucho sentido pensar en esa posibilidad. Rajoy no va a dimitir en ningún caso y probablemente hasta piense que unas terceras elecciones le proporcionarían aún más escaños, le harían aún más fuerte.

Y si no consigue la cabeza del líder del PP, Ciudadanos no va a renunciar a su postura actual, la de la abstención en la segunda vuelta. Porque en ello le va la supervivencia política. El partido de Albert Rivera ha entrado en la escena política para ser una opción con perfiles propios, entre otros el de rivalizar con el PP. Rajoy, que no puede aceptar que el bipartidismo está muerto, o que trata por todos los medios de revivirlo, ve a Ciudadanos como un peón que ahora se puede usar para más tarde hacerlo desaparecer en las urnas. Se equivoca.

Podemos, discretamente retirado de la primera fila de la trifulca en las últimas semanas, es la expresión más nítida de que hoy el juego político español es a cuatro. Su consigna electoral de batir al PP, que en sí misma conllevaba algo de la vieja cultura bipartidista, no ha triunfado. Tocado o muy tocado, el PSOE sigue ahí, soñando además con recuperar en unas nuevas elecciones muchos de los votos que se le han ido al partido de Pablo Iglesias. Pero, mirando al presente, ¿puede hacer algo Podemos que ayude a superar el actual bloqueo político?

Sólo una cosa: firmar un acuerdo con el PSOE y con Ciudadanos para investir presidente a Pedro Sánchez. Dado que la opción de un gobierno de izquierdas con apoyo de los nacionalistas catalanes y vascos es rechazada de plano por el PSOE, sobre el papel quedaría únicamente la posibilidad de ese acuerdo. ¿Están dispuestos los socialistas y Ciudadanos a ofrecer a Podemos algo más, o bastante más, de la nada que le ofrecieron en la anterior legislatura? ¿Le compensaría a Podemos ceder esta vez? No hay dato alguno que permita aventurarse a contestar a esas preguntas. Quién sabe si dentro de algunas semanas llegará algo nuevo al respecto. Pero hoy por hoy ese camino no existe.

El sentido común hace pensar que hasta que se desvele el misterio de si habrá o no terceras elecciones no habrá cataclismos internos en ningún partido, y concretamente en el PSOE, que cambien significativamente el panorama actual. Lo contrario podría ser un suicidio electoral. Pedro Sánchez puede aguantar aún algunos meses.

En definitiva que sólo un milagro, que no una triquiñuela imposible, puede evitar la vuelta a las urnas. Todos los líderes se comportan como si lo hubieran asumido. En el aire queda otra pregunta: ¿valdrá para algo esa tercera convocatoria o las osas volverá a estar igual, o parecidas, tras de haberse celebrado? Y también una comparación inquietante: más de uno ha recordado que hace poco Bélgica estuvo quinientos y pico días sin poder formar gobierno. Como para decir que no hay que asustarse. Pues bien, después de aquello vinieron los atentados de París y de Bruselas y el fracaso absoluto de la policía belga, por no hablar del desastre que el país vive en otros capítulos. Y más de un analista respetable concluyó que Bélgica es un “estado fallido”.

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