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La primera piedra

Creíamos que eran los cimientos del futuro, pero en realidad guardaban un tesoro que otros desenterrarían.

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Ignacio Diego ayuda a colocar la primera piedra del nuevo consultorio médico de Noja al alcalde, Jesús Díaz. | RAÚL LUCIO

El presidente cántabro, Ignacio Diego, coloca una primera piedra. Foto: RAÚL LUCIO

Ah, aquellas primeras piedras con que los gobernantes empedraban los meses previos a las elecciones. ¿Las recuerdan? Pocas cosas le gustan más a un alcalde que ponerse el casco de obra y empuñar la paleta para echar unos grumos de cemento sobre la primera piedra. Con solemnidad, como quien levanta una pirámide, con ese aire rancio de No-Do, a menudo con presencia de las “fuerzas vivas” y hasta el obispo asperjando el pedrusco con agua bendita.

Los años de la burbuja dejaron un gran álbum de primeras piedras. Hospitales, escuelas, autovías, pero también museos sin contenido, aeropuertos fantasma, kilómetros de AVE, estadios olímpicos, calatravadas, ciudades de la justicia, de las artes, de las ciencias, de la cultura y de la leche. Los ponepiedras no se perdían una, incluso privadas: fábricas, rascacielos de oficinas, centros comerciales, cualquier cosa que levantase un palmo del suelo exigía una primera piedra preciosa.

Por aquel entonces a los ciudadanos nos gustaban las primeras piedras, las celebrábamos, creíamos que serían los cimientos sólidos del futuro, del país que anunciaban todas aquellas maquetas y vídeos animados en los que siempre había figuritas de peatones, familias, gente paseando perros. Esos éramos nosotros, lo seríamos a la vuelta de unos años, cuando la primera piedra echase raíces y le creciese el tallo, el tronco, los frutos.

Ahora sabemos que en muchos casos poner la primera piedra era como enterrar un tesoro que acabarían encontrando otros, nunca nosotros: un tesoro de contratos públicos, plusvalías, sobrecostes y comisiones que estaban encapsuladas en aquel bloque de granito. Creíamos que contenía recuerdos para el futuro, el típico periódico del día, unas fotos, monedas; y en realidad llevaban fajos de billetes apretados que los contratistas desenterrarían al amanecer. En algunos casos, la propia primera piedra era ya un negocio, para qué esperar a levantar nada: la del fallido Campus de la Justicia de Madrid la puso Esperanza Aguirre, y nos costó 1,4 millones de euros.

Por eso hoy las primeras piedras son las grandes ausentes de este año electoral. Entre el recuerdo de la corrupción, y con las arcas vacías, no hay muchos que se atrevan a ponerse el casco. Nadie promete nada tan grande que merezca ceremonia, y por si acaso prefieren no mentar la bicha, que en cuanto vemos una piedra nos acordamos de tantas otras que dejaron ruina.

Yo diría que sí hay primeras piedras en esta campaña, pero son de otro tipo, mucho más sólidas: las que están poniendo cientos de mujeres y hombres que han dado el paso a la política institucional y se han propuesto cambiar sus pueblos y ciudades. Y en algunos casos están a punto de conseguirlo.

No me imagino a Manuela Carmena o Ada Colau vistiendo chaleco reflectante y casco para el paripé, pero si llegan a la alcaldía van a temblar muchas primeras piedras que siguen enterradas esperando que las rieguen. Aunque en muchos sitios han fracasado los intentos de candidatura unitaria, el 24M puede haber más de una sorpresa, no solo en Madrid o Barcelona. Sería un cambio inmediato, para sus ciudades, pero también una simbólica primera piedra que empezase a allanar el terreno para cambiar mucho más que los ayuntamientos.

A los votantes nos toca poner nuestra pequeña primera piedra el domingo que viene. En la urna.

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