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O nos vemos en las calles o nos veremos "en la calle"

Los beneficiados por el neoliberalismo y sus intrigas de camarilla no van a ser los que cambien las cosas motu proprio, de modo que es imprescindible salir a la calle tanto para denunciar la corrupción como para exigir una sociedad más igualitaria

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O nos vemos en las calles o nos veremos "en la calle"

Grafiti en Portugal 2015. Foto: Azahara Alonso

El otro día, viendo el muy interesante documental Requiem por el sueño americano: Noam Chomsky me llamó la atención una referencia a Franklin Roosevelt, quien al parecer se dirigió en un momento dado a los sindicatos y movimientos activistas con estas palabras: "Obligadme a hacerlo". Eran los últimos años de la década de los 30 y el presidente estadounidense, favorable a una legislación progresista, se refería a que necesitaba la presión en la calle para llevar esas políticas a cabo. Venía a decir a sus votantes: "Salid, manifestaos, organizaos, protestad".

Hay quien sigue pensando que la democracia es depositar un voto en una urna cada cuatro años. Pero a la vista está que es necesaria una presión –una expresión– en la calle para que el trabajo en el Parlamento sea de verdad efectivo. Esta semana un documento de  la Unión Europea volvía a plantear la necesidad de regular los mercados para atajar el descontento de la población. Otra vez pura retórica, porque esto ya se dijo hace años cuando se habló de "refundar el capitalismo".

Una cosa es segura: los beneficiados por la desregularización no van a ser los que la cambien motu proprio, de modo que es imprescindible salir a la calle para denunciar las desigualdades, exigir la protección social y denunciar el proceso de liberalización sin freno que concentra el poder económico, y político, cada vez en menos manos. 

En este sentido se encuadra la movilización del sábado 20 convocada para apoyar la moción de censura propuesta por Unidos Podemos. Es necesario salir a defender las instituciones públicas y denunciar que algunos –no es un caso aislado, es la plana mayor del Gobierno– se enriquezcan aprovechándose de ellas. Para ello hay que unirse y desde luego dan ganas de llorar cuando resulta que lo primero que dice un candidato socialista (Patxi López) es que no va a pactar con la izquierda, pero aún así confiemos en que haya otros que, como Roosevelt, necesiten un "obligadme a hacerlo".

Dado el momento que vivimos, en el extremo contrario a la movilización sólo puede instalarse la aceptación de la desigualdad, el individualismo, el atontamiento consumista y el sálvese quien pueda. En el sector de la literatura –el que conozco– ese individualismo y esa precariedad están a la orden del día: colaboraciones que no se pagan o se pagan en céntimos y porcentajes de autor que bajan del ridículo 10% al humillante 7%.

Por eso quiero señalar otra fecha importante para salir de casa: el 27 de mayo. Ese día no sólo hay convocadas varias "marchas de la dignidad" sino que se ha organizado un encuentro en Madrid de diversos sectores para hablar de la necesidad de un Estatuto del artista y del trabajador de la Cultura. Músicos, actores, escritores, ilustradores, cada vez hay más gente que bajo el engañoso título de autónomo está sencillamente viviendo en la precariedad. 

Si no salimos a la calle es porque ha calado la cultura del miedo, y ya se sabe que el miedo es una herramienta poderosísima para dividir a la gente: quien tiene trabajo no quiere perderlo, quien es precario al menos tiene algo que no quiere que le arrebaten. El miedo es el desmovilizador más efectivo. Con terrible sinceridad dijo el magnate estadounidense Warren Buffett: "Hay una guerra de clases, y la estamos ganando los ricos". En efecto, por eso es tan difícil la movilización conjunta. En la desesperación es más fácil verse abocado al sálvese quien pueda.

Quizás no se pueda señalar con exactitud en el mapa el punto ideal de llegada para una sociedad más justa, pero sí se vislumbra con claridad la dirección, sólo eso ya es importantísimo y debería servir como pegamento para unir diferentes idearios. Trabajar para que el bienestar no sea una leyenda ni la seguridad un sueño infantil (en palabras de Stefan Zweig). La cuestión es que o nos vemos en las calles, protestando y exigiendo un sistema más igualitario, o al final nos veremos "en la calle", recogiendo cartones para pasar la noche.

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