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Begoña Huertas

Begoña Huertas (Gijón) es autora de varias novelas y doctorada en literatura hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Obtuvo el Premio Casa de las Américas de Ensayo y trabajó como becaria investigadora en la Universidad de Barcelona. Desde entonces ha trabajado para varias editoriales y colaborado como redactora de opinión en prensa. Forma parte del staff de Hotel Kafka. Sus últimas obras son Una noche en Amalfi (El Aleph) y El desconcierto (Rata).

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¿Optimismo?, ¿qué optimismo?

Leo en una noticia que las familias españolas se sienten optimistas y vuelven a endeudarse para consumir más. La idea de unir optimismo y endeudamiento me resulta inquietante, por no decir perversa. La noticia destaca que es el clima de optimismo provocado por el supuesto fin de la crisis lo que hace que el sueldo a fin de mes no dé para pagar las compras por primera vez en diez años. Y se supone que esto es una buena noticia. Desde luego es una buena noticia para la maquinaria puesta en marcha por las políticas neoliberales, buena noticia para el plan prediseñado por la dictadura del mercado. Junto a este dato, otro: Bruselas prevé que la inversión pública en España siga en mínimos, un 40% por debajo de la media de los últimos 23 años. ¿Pues qué pasa? Este gobierno, que no deja de congratularse por el fin de la crisis, ¿no es tan optimista como las familias?

En su novela El mar, el mar Iris Murdoch explora, entre otros, el tema de la fatalidad. En un momento dado el protagonista afirma: "Mi plan había tenido un éxito tal que también yo estaba atrapado en él". Igual que ese personaje, nuestras sociedades de consumo se ven atrapadas en su propio éxito. La lógica del mercado sólo atiende a razones monetarias, a beneficios económicos; el concepto de servicio público, de bienestar ciudadano le es ajeno. 

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"Quiero un empleo, trabajo me sobra"

En la pasada manifestación del 1 de mayo había mujeres que llevaban pancartas con el lema “Quiero un empleo, trabajo me sobra”. Yo acababa de leer El diario de Edith, una novela de Patricia Highsmith en la que la protagonista se hace cargo de su extraño hijo inadaptado y cuida al tío de su marido, enfermo y dependiente, mientras participa activamente en la comunidad, escribe artículos políticos para la prensa, modela esculturas, va a la compra, cocina, pone lavadoras, hace camas, limpia habitaciones y atiende el jardín. Cuando su esposo la deja para irse con otra mujer la oímos decir “tendré que buscar un empleo”.

Edith, a pesar de todas las actividades que realiza, no entraría en la categoría de población activa, como no entran las personas que trabajan “dentro de casa” sosteniendo familias y haciendo una labor sin la cual no sería posible ninguna otra. Por qué se limita la noción de trabajo a la actividad remunerada con un salario sería una buena pregunta. Sin embargo, una pregunta aún mejor es por qué esa actividad no se paga. Hay una clara incongruencia -y no inocente- en el sistema: criar niños parece ser no hacer nada pero no hacer nada (por ejemplo poner tu dinero en un sitio y esperar a que dé más dinero) sí constituye un trabajo. El trabajo doméstico y de crianza no es ni siquiera precario, simplemente no es. Está invisibilizado como tantos otros asuntos que el patriarcado ha decidido que son estrictamente femeninos. Pero según el Consejo Superior de Investigaciones Científicas ese trabajo se podría cuantificar por un valor monetario de unos 424.140 millones de euros, el 50% del PIB de España.

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Cuando dos más dos no hacen cuatro

Últimamente parece que la política española se moviera a golpe de “hits”, asuntos que cobran todo el protagonismo y se repiten como un estribillo pegadizo durante un breve período de tiempo ocasionando rotundas opiniones a favor o en contra. Después se olvidan y son sustituidos por otros. La sensación de concentrar toda la atención en un segmento aislado que pierde profundidad y sentido al carecer de contexto sería equiparable a mirar a través de un largo tubo una cadena montañosa: La visión panorámica sustituida por las pequeñas porciones de espacio que se obtienen al dirigir la mirada hacia un punto u otro. Cuando algo así pasa en el discurso político, en el debate social, es problemático porque impide ver el conjunto, y sólo viendo éste quizás fuera posible trazar el perfil de la cordillera, levantar el mapa del territorio y decidir cómo moverse en él.

Dicen que en las redes sociales se tiende a seguir únicamente a quien piensa igual que nosotros, y que esto ocasiona una burbuja ideológica ficticia que reforzaría esa visión parcial. Pero seguir a quienes piensan a la contra me parece igualmente improductivo. El tempo de las redes es inevitablemente el del “hit”. Por el contrario, la lectura de ciertos autores con quienes no compartimos época ni, por tanto, los estribillos del momento, a veces proporciona un estímulo imposible de encontrar en el día a día. Esto me ha pasado ahora leyendo por primera vez a la filósofa francesa Simone Weil. Nada más lejos de mí que su misticismo cristiano y sin embargo ha sido estupendo encontrar una voz original, imaginativa e inteligente cuando lo que se lleva es ser cínico o sentimental.

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El yo consumidor y consumido

Últimamente he leído dos libros muy interesantes en los que he encontrado algunos aspectos comunes significativos. Uno es la "novela-ensayo" de Belén Gopegui, Quédate este día y esta noche conmigo, y el otro el "ensayo-novela" de Remedios Zafra, El entusiasmo. Los dos libros hablan de Internet y de las políticas neoliberales, pero también tratan el tema de la identidad, preguntándose cada uno a su manera qué cosa es la conciencia y cómo se construye eso que llamamos "yo". En ambos casos se habla del individuo pero no desde el individualismo, y ambos textos encaran la complejidad de lo que somos y de lo que nos rodea, se hacen preguntas y nos llevan a los lectores a hacernos preguntas.

En primer lugar, eso que llamamos "yo" no es un lujo, todos tenemos uno. La introspección, la capacidad de reflexión, ese bucle de la conciencia que nos permite mirarnos a nosotros mismos ya es otra cosa, y necesita tiempo libre, por ejemplo, como insiste Zafra, algo que tampoco debería ser un lujo sino un derecho. Lo que está claro es que no existe un único “yo” esencial e inamovible. La identidad es una construcción cambiante y resultado de la suma de muchos factores. En último término somos una narración como recuerda Gopegui.

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Los dos cerebros

Asociamos el cerebro con el pensamiento razonado y no necesariamente es así. El cerebro humano también tiene un modo instintivo de funcionar, necesario para la supervivencia. En su libro Pensar rápido, pensar despacio, el psicólogo y Premio Nobel de economía Daniel Kahneman analiza esta dicotomía. Entre sus muchos ejemplos propone este sencillo problema para que el lector resuelva de modo intuitivo:

"Un bate y una pelota juntos cuestan 1,10 euros.

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A dos semanas de la huelga feminista me encontré esto

Estaba haciendo limpieza de papeles cuando me encontré la revista Five, su portada actuó como la magdalena proustiana en mi memoria y sin pensarlo la abrí por la página del índice (el sumario puede verse aquí). En efecto, el malestar volvió intacto: en cuatro de las publicaciones que reúne la revista todos los artículos están firmados por hombres. Todos. ¿Casualidad? Obviamente, no. Cinco años atrás este hecho no levantó ninguna polémica ni debate, creo que tampoco ninguna mención significativa. Algo, y algo bueno, ha pasado el último año para que en este momento no se abordara con la misma indiferencia.

Precisamente la obra de Marcel Proust arremete contra el adormecimiento de la costumbre, que nos impide ver lo que tenemos delante de los ojos o nos hace percibirlo de una manera tan superficial que, sin más miramientos, lo encajamos en una frase hecha o en un cliché que se acepta sin cuestionarlo. La escritura de Proust opera en sentido inverso: lo que se mira es el paisaje cotidiano de siempre, pero se ve diferente porque se observa con otros ojos. En este sentido, estos días, cuando muchos hombres preguntan qué pueden hacer ante la huelga feminista, yo les diría que sencillamente abran los ojos a la manera proustiana. Habitan un espacio público que discrimina a las mujeres, y como no sufren esta discriminación y no les supone perjuicio ninguno es fácil acostumbrarse a ello hasta el punto de no verla. Y es que si uno puede acostumbrarse a la oscuridad o a un mal olor, cómo no va a acostumbrarse a algo que encima le beneficia, o al menos no le perjudica.

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Ética y mercado

Veo en el periódico una charla patrocinada por un banco en la que se llama a educar a los niños en la idea de que pueden conseguir todo lo que quieran. Escucho en la radio el eslogan de un anuncio de seguros que afirma "No puedes no tenerlo todo".

En el ser humano, la etapa del narcisismo infantil consiste en creerse omnipotente, por eso después descubrir las propias limitaciones produce vergüenza y enfado. Pero precisamente ese reconocimiento de los límites es condición necesaria para alcanzar la madurez. La educación, en contra del contenido patrocinado por el banco, consiste en gran medida en enseñar lo que no se puede. El ensalzamiento de la prepotencia humana en la publicidad no es inocente, porque sumado a la sobreestimulación del deseo consumista refuerza y lleva al límite el sistema capitalista.

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El retroceso social progresa adecuadamente

Estos días, siguiendo las nuevas declaraciones en el juicio a la trama Gürtel, resulta difícil entender cómo no estamos todos en la calle, en huelga indefinida, pidiendo el endurecimiento de las penas para  corruptos y corruptores y la dimisión de un presidente del gobierno de un partido que se ha financiado ilegalmente. Se habla de la desconexión entre las élites progresistas y su electorado, pero a mí me parece que la desconexión es la del electorado en general con lo político, con lo público, y además es algo que propicia el sistema, un enfoque neoliberal de la sociedad que prima los criterios de rentabilidad empresarial sobre el interés social.

Cuando hace unos días escuché hablar de Inverfest, lo primero que pensé es que se trataba de una feria de inversores, un congreso en torno a la inversión. Resulta que es un festival musical de invierno. Me parece significativo, un signo del espíritu de nuestro tiempo, relacionar el lexema “inver” con el campo semántico de las finanzas en lugar de con la naturaleza.

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El ecosistema financiero

Un amigo se quejaba el otro día en las redes sociales de haber ido a hacer un ingreso en efectivo en su propia cuenta y de que el banco le había querido cobrar por la operación. Los comentarios se llenaron enseguida de personas que contaban atropellos parecidos y se desató, como no podía ser de otro modo, la indignación contra el abuso de los bancos. ¿Qué pasa con los bancos? ¿Por qué parece que te estén haciendo un favor guardando tu dinero, cuando eres tú quien estás confiando en ellos por dejarlo ahí? Lo cierto es que tu dinero desaparece como objeto tuyo en cuanto lo sueltas. Entra a formar parte de una entelequia de productos dentro de la industria financiera. Así que más bien eres tú quien debías pedir toda garantía y sin embargo es el banco el que te interroga como si ya de entrada fueras un delincuente. Recuerdo la escena de Mary Poppins en la que los niños iban a visitar a su padre al banco donde trabajaba y una vez allí el director intentaba convencer al más pequeño de que depositara su penique en una cuenta. El niño se negaba y en un descuido el hombre le arrebataba la moneda, por lo que el pequeño se ponía a gritar "devuélvame mi dinero". Al oír ese grito cundía el pánico entre los clientes y todos corrían a sacar sus ahorros. El banco no contaba con suficiente liquidez y se hundía.

No nos están haciendo un favor. El servicio se paga con creces. Yo misma hace poco recibí un cargo por mantenimiento de cuenta que me pareció desproporcionado, y haciendo cola junto a otros damnificados en la sucursal del barrio me quedé pensando cómo sumaba cada pequeña tajada que nos sacan a los que menos tenemos y cómo todo junto suma un beneficio espectacular. De pronto la dirección en la que fluye el dinero se me apareció tan clara como el ciclo del agua que viaja del mar a las nubes. Solo que ésta regresa luego en forma de río y en nuestro caso no regresa nada. Los que dicen que la riqueza se redistribuye son como los que afirmaban que la tierra era plana.

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Sísifo y el ciclo del consumo

Cuando hace unos años la explosión de una plataforma de la compañía petrolífera BP en el golfo de México ocasionó una de las mayores catástrofes medioambientales del planeta, una marca de calzado puso a la venta una línea de zapatos que simulaban estar manchados de petróleo. Que parte de los beneficios de esa colección fueran a destinarse a la recuperación de la fauna del lugar era lo de menos, el vertido de toneladas de crudo fluía “con naturalidad” desde el desgraciado mar hasta los bolsillos del emprendimiento neoliberal. Hoy, con el desempleo ya asumido como catástrofe natural y continuada, veo que se ofertan camisetas con el slogan “Unemployed”. Otras, más chistosas aún, afirman bajo la imagen de un oso: “En paro hasta primavera”, y al margen añaden como claim de refuerzo: “un oso en paro que se queda hibernando hasta la primavera o hasta que acabe la crisis. Regalo ideal para invierno, primavera y verano y otoño también, porqué no”. El poder del capitalismo es venderte incluso la ruina que ocasiona.

Vender es el combustible que mantiene en marcha la maquinaria, y lo peor es cuando lo hace a ritmo de desfile militar, con invariable paso firme y prietas filas: Navidad, San Valentín, carnavales, ya es primavera, día del padre, día de la madre, ya está aquí el verano, vuelta al cole, Halloween, Navidad, San Valentín, carnavales, ya es primavera... ¿Es el ciclo de la naturaleza? No, es el ciclo del consumo en el que vamos consumiéndonos. Un ciclo que desgasta la creatividad del ser humano y que a la larga es insostenible para el planeta. Un ciclo un tanto obsceno, además, si se tiene en cuenta que casi 13 millones de españoles se encuentran al borde del umbral de la pobreza.

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