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A dos semanas de la huelga feminista me encontré esto

The invisible woman, 1940.

Estaba haciendo limpieza de papeles cuando me encontré la revista Five, su portada actuó como la magdalena proustiana en mi memoria y sin pensarlo la abrí por la página del índice (el sumario puede verse aquí). En efecto, el malestar volvió intacto: en cuatro de las publicaciones que reúne la revista todos los artículos están firmados por hombres. Todos. ¿Casualidad? Obviamente, no. Cinco años atrás este hecho no levantó ninguna polémica ni debate, creo que tampoco ninguna mención significativa. Algo, y algo bueno, ha pasado el último año para que en este momento no se abordara con la misma indiferencia.

Precisamente la obra de Marcel Proust arremete contra el adormecimiento de la costumbre, que nos impide ver lo que tenemos delante de los ojos o nos hace percibirlo de una manera tan superficial que, sin más miramientos, lo encajamos en una frase hecha o en un cliché que se acepta sin cuestionarlo. La escritura de Proust opera en sentido inverso: lo que se mira es el paisaje cotidiano de siempre, pero se ve diferente porque se observa con otros ojos. En este sentido, estos días, cuando muchos hombres preguntan qué pueden hacer ante la huelga feminista, yo les diría que sencillamente abran los ojos a la manera proustiana. Habitan un espacio público que discrimina a las mujeres, y como no sufren esta discriminación y no les supone perjuicio ninguno es fácil acostumbrarse a ello hasta el punto de no verla. Y es que si uno puede acostumbrarse a la oscuridad o a un mal olor, cómo no va a acostumbrarse a algo que encima le beneficia, o al menos no le perjudica.

Cada cierto tiempo circulan en los medios estadísticas de distintos ámbitos donde el porcentaje de mujeres se asemeja o supera al de hombres (en las facultades, en los escalafones más bajos de una empresa) mientras que, en los niveles superiores de esos mismos ámbitos los porcentajes dan un vuelco. Es el llamado techo de cristal, nada nuevo. Pero tan de cristal y transparente es el techo que se olvida que está ahí, sobre todo a aquellos que no chocan con él y lo atraviesan limpiamente. En el terreno de la literatura es obvio: las cátedras, los puestos de honor, la autoridad del cánon, los premios, los conferenciantes, los críticos y las firmas en los medios son mayoritariamente hombres (mientras que las estudiantes de filología, las lectoras y asistentes a actos son mayoritariamente mujeres). Cuando señalas esta anomalía te llaman pesada, o te dan la razón y te piden que cambies de tema, esto cuando no te acusan de tener un pensamiento retorcido o una actitud victimista.

La inercia propicia que la discriminación continúe. Cuando los hombres dicen que son feministas no sé si se dan cuenta de que serlo requiere un esfuerzo. Un esfuerzo mental para contrarrestar la costumbre de valorar más el trabajo masculino y automáticamente investirle de mayor autoridad. Sobre el papel somos todos iguales y en eso es fácil que estemos de acuerdo, pero sin esfuerzo la tendencia juega a favor del pensamiento dominante y así seguimos igual ahora que hace un siglo. No hace falta dar un empujoncito a una pelota que cae rodando por una cuesta. Si no la paras no se detiene.

En definitiva no se trata solo de sexo, se trata de abuso de poder, por eso en todos los ámbitos donde hay dinero o prestigio se ven esos porcentajes absurdos, como si la mujer fuera un tercio de la sociedad o una décima parte. Claro que había muchas mujeres que hubieran podido escribir en esa revista, yo misma colaboraba junto a otras compañeras en una de las publicaciones. A veces a las mujeres no es que se nos juzgue y se nos juzgue mal, es que ni siquiera nos ven. La invisibilidad y el ninguneo es también una forma de violencia, aunque sea involuntaria.

#MeToo #HaciaLaHuelgaFeminista

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Publicado el
22 de febrero de 2018 - 22:07 h

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