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Escenarios de futuro para los partidos políticos

La desconexión con la sociedad obliga a los partidos a replantear su funcionamiento y su estructura organizativa

Nuevos partidos políticos

Se extiende una percepción negativa hacia los partidos por el supuesto debilitamiento de su papel en las dos principales funciones que desempeñan en las democracias parlamentarias: motor de participación política y provisión de cargos públicos representativos y de calidad.

Esta última función está siendo muy cuestionada en España por todos aquellos que sostienen que España tiene un problema de elites de mala calidad, excesivamente politizados y poco preparados técnicamente. No obstante, como sostenía nuestro editor Juan Rodríguez, este juicio tiene mucho que ver, de entrada, con un problema de falsas expectativas. Sin que ello omita los potenciales problemas de incentivos perversos que pueden provocar, en ocasiones, una verdadera mala selección de políticos por parte de los partidos, a tenor de lo que señalaba Pablo Simón.

La resolución de esta cuestión pasa, según Tony Wright, por afrontar el otro problema: la debilidad de los partidos como mecanismos de participación política, que permita la reconexión entre ciudadanos y políticos.

Para recuperar la preeminencia como mecanismo para la expresión de la opinión política y la representación, Andrés Ortega apunta en su libro Recomponer la democracia que los partidos deben adaptarse en sus estructuras internas y en su actuación externa e interna. Ampliar las medidas de participación interna, potenciar primarias, hacer más porosa la formación de sus propuestas…

Pero, ¿hasta qué punto los problemas de conexión social son la consecuencia de disfunciones internas de los partidos? ¿Realmente la ciudadanía no participa más en los partidos porque conoce sus limitaciones internas? En definitiva, ¿más democracia interna favorecerá una reconexión entre partidos y ciudadanos?

¿Y si no fuera así, como apunta inquietantemente Richard Katz en su reciente libro colectivo? Si lo que en realidad estuviera sucediendo es que el declive de la conexión de los partidos con la sociedad, y su posible impacto sobre la selección de los políticos, se debiera a cambios sociales y culturales de fondo (nuevas formas de socialización y participación, ciudadanos con implicación más esporádica y más calculada, menos aptos para el compromiso estable que exige un partido, con medios de comunicación que permiten la relación directa entre líderes y votantes, relegando el papel de los abnegados militantes, etc.), quizá las reformas internas en los partidos hacia mayor democracia e inclusividad tendrían un efecto muy limitado.

Esto nos lleva a plantearnos algunos escenarios de futuro para los partidos a medio plazo.

Existe siempre la posibilidad de pensar que quizá el potencial de adaptación de los partidos es mucho mayor de lo que muchos individuos creen. Que todo cambie para que todo siga igual es siempre el primer escenario racional, especialmente el de aquellos que están al frente de los aparatos de partidos.

En el otro extremo, se encuentran aquellos que propugnan una democracia sin partidos, o al menos una democracia donde los partidos deberían compartir sus funciones de representación, expresión y selección de cargos con otros actores (movimientos sociales, grupos de presión) y otros métodos (elección directa, quizá incluso selección por lotería, como apunta Jorge San Miguel rememorando el método de sorteo ateniense). Quizá el olfato realista haga desconfiar a muchos de este escenario.

Si hacemos casos del entusiasmo de aquellos que propugnan reformas institucionales internas para abrir los partidos, como hacen + Democracia o Por una nueva ley de partidos, la mayor regulación externa de los partidos y las medidas de mayor democracia interna nos conducirían a un escenario de partidos participativos, mucho más atractivos para aquellos ciudadanos que hoy prefieren otros foros u otras formas de participación, más directas y reactivas. No obstante, no deberíamos olvidar el escepticismo antes mencionado de Richard Katz, así como el hecho de que España se encuentra hoy entre los países con mayor regulación de los partidos, en la línea del modelo alemán.

Queda un último escenario: los partidos sin miembros, que mantienen sus funciones de movilización y de selección de elites, auspiciadas en una democracia donde la competición electoral se bifurca de otros ámbitos de expresión. De hecho, ese parece ser el escenario que señala la continua pérdida de militantes en Europa, sin que ello detenga el funcionamiento de la democracia ni siquiera el de los propios partidos.

A favor de este último escenario, existen dos tendencias irrefrenable: muchísimos ciudadanos insatisfechos con los partidos actuales siguen creando nuevos partidos (más 1.000 nuevos partidos registrados en España en los últimos 10 años en España) como estrategia para cambiar la política, pero muchos de ellos partidos pequeños, de ámbito local o regional, que funcionan sin apenas estructuras, incluso cuando consiguen acceder a instituciones de gobierno.

Quizá lo único que haga falta para normalizar este último escenario, posiblemente el más realista, es que los partidos actuales pierdan el complejo de inferioridad que arrastran: es cierto que han cometido errores, que son imperfectos, que hay vías para mejorarlos, pero siguen siendo imprescindibles para el funcionamiento de la democracia representativa.


[Nota de Análisis de los Editores de Agenda Pública]


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