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Economía social: ¿al fin en primera división?

La economía social tiene desde hace muchos años un impacto considerable en la actividad económica de España, que según datos del sector llega a alcanzar el 10% del PIB y el 12,5% del empleo. Y sin embargo, en los clichés oficiales del debate público la economía social sigue asociándose en general a actividades en los márgenes: gente cargada de buenas intenciones, voluntariosa y bienintencionada pero a menudo utópica o relacionada más bien con la beneficiencia o el voluntariado. Con poco peso real, pues, en la economía que cuenta de verdad.

Este era el cliché dominante, que condenaba la economía social a la Segunda División en el mejor de los casos, incluso a pesar de las cifras nada desdeñables que puede exhibir. Pero algo está cambiando a gran velocidad: de un lado, el sector mismo ha dado un salto de ambición, espoleado por la crisis, que le he ha permitido irrumpir en áreas estratégicas de la economía tan importantes como la banca (con Fiare Banca Etica y Coop57 ensanchando el espacio de las cooperativas de crédito), la energía (Som Energia) o las telecomunicaciones (Eticom Somos Conexión), un fenómeno que hemos analizado en un Dossier reciente de Alternativas Económicas. Y del otro, algunas Administraciones han empezado a situar la economía social en el centro mismo de las políticas económicas como eje central de una apuesta por un cambio de modelo.

La presentación del programa Aracoop, ayer en Barcelona, es un buen ejemplo de esta tendencia, que empieza a situar a la economía social al fin en la Primera División. Aracoop es un programa de apoyo y fomento de la economía social –y muy en especial del cooperativismo– impulsado por la Generalitat de Catalunya y la participación del sector, que cuenta ya con tres años de vida. Sin embargo, la edición que arranca ahora trata de dar precisamente ese salto de ambición de colocar la economía social en el centro de la política económica y no sólo alabándola, pero en los confortables márgenes.

El programa lo presentaron con el máximo rango institucional la consejera de Trabajo de la Generalitat, Dolors Bassa, y el director general de Economía Social, Josep Vidal, y cuenta con un aumento importante del presupuesto, que pasa de 6 millones a 14, según los datos que aportaron en un acto en la emblemática fábrica Fabra i Coats, donde cada año se celebra la Feria de Economía Solidaria. Pero la ambición va más allá de los números y tiene que ver no sólo con el cuánto sino también con el qué, adentrándose en terrenos que no siempre se dan por sentados al tratarse de economía social: apoyo expreso a la internacionalización de las empresas; creación de una red de Ateneos Cooperativos por todo el territorio que ayude a crear redes, amplifique impactos y dé impulso al nacimiento de nuevas empresas de economía social; financiación específica para “proyectos singulares” con ambición –1,9 millones se destinarán sólo a 15 empresas–, etcétera.

Según Bassa, hasta el 20% de los planes de ocupación de la consejería de Trabajo están enfocados ya a la economía social. “Con la crisis hemos visto que la economía social tiene herramientas para resistir mejor, aporta soluciones alternativas a los trabajadores para afrontarla y además fomenta una economía más equitativa y justa”, concluyó la consejera.

El salto de ambición es particularmente visible en el Ayuntamiento de Barcelona, que ha situado como eje de su política económica la construcción de una “economía plural” alrededor de lo que llama “empresa ciudadana”. El concepto no abarca sólo la economía social, sino al conjunto de iniciativas empresariales con impacto social positivo para la comunidad, pero evidentemente la economía social y solidaria es un actor muy relevante de este ambicioso planteamiento económico que trata de sacudir el paradigma dominante.

En ningún lugar está escrito que este salto de ambición de la economía social, que nace de las propias dinámicas internas pero que coincide con una insólita apuesta de algunas Administraciones, sea irreversible. De la Primera División siempre se puede bajar, claro. Pero también ganarle al Barça y al Madrid.

La economía social tiene desde hace muchos años un impacto considerable en la actividad económica de España, que según datos del sector llega a alcanzar el 10% del PIB y el 12,5% del empleo. Y sin embargo, en los clichés oficiales del debate público la economía social sigue asociándose en general a actividades en los márgenes: gente cargada de buenas intenciones, voluntariosa y bienintencionada pero a menudo utópica o relacionada más bien con la beneficiencia o el voluntariado. Con poco peso real, pues, en la economía que cuenta de verdad.

Este era el cliché dominante, que condenaba la economía social a la Segunda División en el mejor de los casos, incluso a pesar de las cifras nada desdeñables que puede exhibir. Pero algo está cambiando a gran velocidad: de un lado, el sector mismo ha dado un salto de ambición, espoleado por la crisis, que le he ha permitido irrumpir en áreas estratégicas de la economía tan importantes como la banca (con Fiare Banca Etica y Coop57 ensanchando el espacio de las cooperativas de crédito), la energía (Som Energia) o las telecomunicaciones (Eticom Somos Conexión), un fenómeno que hemos analizado en un Dossier reciente de Alternativas Económicas. Y del otro, algunas Administraciones han empezado a situar la economía social en el centro mismo de las políticas económicas como eje central de una apuesta por un cambio de modelo.