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La metamorfosis de un cuerpo matrioska

Soledad Castillero Quesada

Doctora en Antropología Social —

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Las matrioskas son figuras de madera generalmente que tienen dentro a otras más y más pequeñas. Se comenzaron a fabricar en Rusia en el siglo XIX aunque se dice que son de inspiración china. Siempre me gusta hacer la metáfora del linaje matrioska. Considero que las mujeres somos muchas mujeres dentro de otra mujer. Y así es como vivo mi embarazo, como una matrioska que aunque se vea de una pieza, está dividida por la mitad. Mitad hacia dentro, mitad hacia abajo.

Es mi primer embarazo, tengo 39 años y estoy de 33 semanas y cinco días. Estoy en el sofá de casa, con tres horas dormidas la noche anterior y con una almohada que me rodea el cuerpo. Ya no aguanto en el escritorio más de 15 minutos seguidos sin levantarme y aunque estoy de baja laboral, tengo que cerrar varias publicaciones antes del 20 de marzo, que es mi fecha prevista para el parto, porque no sé qué vendrá después.

Soy doctora en Antropología Social y Cultural. Un dato que podría pasar desapercibido en la naturaleza de este artículo si no fuese porque hay gente que confía en que mi poder de análisis y de abstracción sobre mi propio embarazo es mayor debido a mi profesión. En mayo tuve un aborto y alguien de mi entorno más cercano me animó del siguiente modo “tranquila, eres antropóloga”. Una relatividad y una racionalidad que se espera, desde el otro lado. Ahora mismo soy una mamífera. Amante de la vida, también lo era antes, pero ahora me siento guardiana y codependiente al máximo nivel de una vida que me corresponde y a la que le correspondo. Lo que como, lo que me muevo, lo que duermo, lo que no duermo, lo que descanso, ya no solo son una decisión mía. Son decisiones que ya tomo pensando en mi hija. Al igual que el calcio que ella me absorbe y la rebeldía de mi cuerpo a través de la hormonas y su alteración mientras crea unos piececitos, unos riñones y unas pestañas, son el resultado de esta metamorfosis común. Ella y yo y ella.

Podría decir que he tenido un buen embarazo, en el sentido de que sigo estando ágil, el estómago no ha sufrido, no he perdido el apetito, todas las analíticas han ido bien, no tengo diabetes gestacional y en cada ecografía los resultados han sido positivos. No he perdido las ganas de arreglarme, de vestirme, de socializar, de viajar, de trabajar, de hacer deporte, hasta que mi cuerpo ha dicho que ya estaría. Y ya está. Estoy viviendo un problema en la piel que no tiene nombre, porque nadie me da un nombre, que ha provocado que deje mis clases de natación, que no de caminatas para no sudar y que solo use mallas de algodón o directamente una camiseta 24 horas sobre 24 horas para estar en casa. Cuando me encuentro mejor y me visto, como es el caso de las salidas para ecografías, estoy reinante y reluciente, eso sí.

Cada vez que voy a la farmacia a renovar algún producto salgo flipando y triste no por pagarlo, porque pagaría lo que fuese porque este picor se aburra y me abandone, sino porque no paro de darle vueltas a cómo la salud es una pura cuestión de clase

Es normal, es del embarazo.

Esta es una frase que he escuchado en los momentos más crudos, donde necesitaba soluciones eficaces. Hace meses que empecé a sentir un picor muy intenso en el cuero cabelludo. Me rascaba de forma desesperada, porque me picaba de forma desesperada. Transmití esto a todas las profesionales que me atienden casi semanalmente: matrona, médico de cabecera, ginecóloga. Es normal, es del embarazo. No te rasques. Ponte algo frío. El PH se altera, son las hormonas. Es normal, es del embarazo. El picor no solo no cesó sino que fue bajando. Primero al pecho, a la barriga, a los brazos, a las piernas y a los tobillos hasta tener todo el cuero poseído por un picor que se activaba de noche de forma considerable. Una cuestión que trasladé a todos los profesionales que me ven casi semanalmente: matrona, médico de cabecera, ginecóloga. Es normal, es del embarazo. Las hormonas, el PH se altera. Intenta no rascarte, date con algo frío, esto es así. Nadie nunca me hizo una exploración ni me vio la piel. No me dijo a ver, qué pinta tiene, no me tocaron, nada de nada. Me recetaron en un momento una crema, talquistina y polaramide, un medicamento apto para embarazadas. No solo no se me calmó, sino que fue a más. Fue a tanto que ya no me vestía y pasaba las noches en el sofá desnuda, poniendo crema cada cinco minutos. Y sí, lo siento, rascándome a la altura del picor que sentía. Una sensación terrible, tremenda, bruta, basta. Me fui a urgencias, me obligó mi matrioska, mi madre. Allí fue la primera vez que me vieron la piel, me hicieron una exploración. Y aunque el diagnóstico era “del embarazo”, al menos me pincharon y volví a la vida durante tres horas, que fue lo que me duró el efecto. A las tres horas, caí en picado. La visita a urgencias me derivó a una dermatóloga también con carácter de urgencias. Una bendita dermatóloga a la que tenía que haber visitado en el momento cero. Una dermatóloga que me dedicó el tiempo necesario para preguntar por los productos que me había ido aplicando, quería saber las zonas en las que más intensidad notaba, preguntó por el orden en el que fueron apareciendo, por supuesto una exploración minuciosa y completa y un tratamiento correcto, o al menos, eso parece. Crema con corticoides, polaramide y toda una gama de champú, gel y crema hidratante para pieles atópicas. Sin ser yo nada de eso hasta ahora. Cada producto ronda los 30€, menos la crema con corticoides que está recetada. Pienso en quienes no puedan gastar en un gel 30€, en un champú 30€, en una crema hidratante 30€ y no soporten el peso de su piel, como es mi caso.

Cada vez que voy a la farmacia a renovar algún producto salgo flipando y triste no por pagarlo, porque pagaría lo que fuese porque este picor se aburra y me abandone, sino porque no paro de darle vueltas a cómo la salud es una pura cuestión de clase. El acceso a ella, a tratamientos concretos, sin receta, pero que son esenciales. Un ser humano no puede vivir rascándose, haciéndose heridas y sin soportar ni los tejidos de la ropa. Entonces ¿qué pasa? Se pregunta la antropóloga inocente, mientras paga con tarjeta con toda la tranquilidad del mundo. Me interesa por tanto aquí resaltar dos cuestiones. La primera es la absoluta normalización de las distintas anomalías que aparecen en el embarazo como que son cuestiones normales porque son del embarazo y fin. Como si una embarazada tuviese que resignarse a cualquier cosa que pase en su cuerpo sin el derecho a recibir un tratamiento, por más natural o delicado que sea, siendo conscientes de las limitaciones que un cuerpo gestante tiene de tomar medicamentos. Sin embargo, hay una obsesión por otras cuestiones que sí que son absolutamente naturales durante el embarazo y que se toman como atípicas o problemáticas.

Me refiero al peso corporal, al peso de las embarazadas por parte de la biomedicina o al menos así ha sido mi experiencia. Y hablo desde un cuerpo normativo que ha intentado hacer una dieta saludable, deporte y mantenerse como lo que hegemónicamente se conoce activa, dentro de las posibilidades, el sueño incapacitante del primer trimestre y el hambre voraz de los primeros meses. Pues pese a todo, si soy sincera, de lo que más pavor ha llegado a darme ha sido del momento de pesarme en la consulta de cada ecografía. No por mí, por haber engordado, porque eso sí que es una consecuencia absolutamente normal, natural y beneficiosa en el embarazo, sino por la reacción de las propias profesionales. Desde el primer día ya me limitaron a siete los kilos que debía hacer en el embarazo. He de reconocer que me pareció un disparate, me parecieron poquísimos, aunque al final en el mes 8 en el que me encuentro y en la última revisión he engordado 8 kilos. Algo que roza la locura primigénea que me parecía la cifra.

De las anécdotas más complejas que tengo en las revisiones están las que ocurren a la hora de pesarme. Esto sobre todo al principio, donde hice de repente como cuatro kilos en muy poco tiempo, porque mi hambre era permanente y mi sueño constante. Una de las consultas, de las primeras consultas, fui a pesarme y como acostumbro a hacer en mi casa, me quité los zapatos. La ginecóloga le dijo al verme a su ayudante “Mírala, se quita los zapatos para pesar menos”. Frase que cerró con un “uffff” cuando la ayudante le comunicó mi peso. Por suerte, nunca volví a coincidir con esta ginecóloga. Aclarar que todo el proceso de mi embarazo se está llevando en la pública. La frase que más oí al principio fue “no cojas peso” mientras veía cómo se transformaba mi cuerpo sin que yo pudiera hacer nada, porque la transformación es inevitable. Algo que en un primer momento me acomplejó y captó toda mi atención. El pecho se desborda, las caderas se ensanchan y el cuerpo se prepara para ser un hogar y lo primero que necesita un hogar es espacio. Así que ya me acostumbré a justificar que estaba haciendo dieta saludable, que hacía deporte pero no podía evitar subir de peso, que yo no podía hacer nada. Hasta que por lo que sea logré estabilizarlo y durante varias consultas no había subido ni un gramo. Recuerdo que en alguna incluso perdí un poco de peso y lo recuerdo como un triunfo.

Estaba totalmente absorbida por la idea de que una embarazada no puede coger peso, como si eso fuese posible. En navidad disfruté de todos los bombones que se me antojaron, comidas y celebraciones. Pero confieso que a la vuelta sentía que había abandonado el camino triunfal del peso estable. Era evidente no solo por navidad, que también, sino por el avance de mi embarazo, que había cogido dos kilos y medio. No sé por qué todo el mundo lo entendió y no me regañaron, al contrario, me dijeron que era por el aumento de la barriguita, que no me preocupase. Esto me ayudó a salir del corsé del peso, pero también a alucinar con que se hubiesen olvidado de la disciplina que habían generado respecto a mi cuerpo. Un cuerpo, el cuerpo de una embarazada, que se ha convertido en una auténtica industria de lo fit, del get and ready with me y del qué como en un día embarazada.

Me espanta la idea de que un embarazo tenga que ser restrictivo o culpable por dejar que el cuerpo haga su trabajo que es, además de crear a un ser humano, crear órganos como una placenta o desarrollar unos pechos para albergar leche. No se puede vallar el mar. Se pueden hacer espigones y puertos, pero no se puede vallar un mar

Tik tok está lleno de vídeos de este tipo, donde hay un culto al cuerpo que a veces poco o nada se parece a la rutina y a los biorritmos de las diferentes etapas de un embarazo. Soy firme defensora del deporte y de la comida nutritiva y saludable y de comer lo que a una le apetezca soy igualmente firme defensora y así lo hago, como diría Lola Flores, con método. Un método que es el mío y que no tiene por qué ser el de nadie más. Pero me espanta la idea de que un embarazo tenga que ser restrictivo o culpable por dejar que el cuerpo haga su trabajo que es, además de crear a un ser humano, crear órganos como una placenta o desarrollar unos pechos para albergar leche. No se puede vallar el mar. Se pueden hacer espigones y puertos, pero no se puede vallar un mar. Se pueden dar consejos, recomendaciones, ideas, incluso recetas, pero no ridiculizar ni enjuiciar procesos que ponen en el centro la reproducción de la vida de un modo tan reduccionista como es el peso, más aún en cuerpo normativo, más aún en un cuerpo que está dando unos resultados estupendos en cada analítica.

Una segunda cuestión en la que me gustaría detenerme después de sufrir un problema en la piel, es en el desamparo económico en que se deja a una embarazada. No sé cuánto dinero habré invertido en el último mes en productos especializados para intentar calmar el picor y las heridas. Pero sí sé que hay mucha gente que tendría que soportar esto sin los productos hipoalergénicos simplemente por no poder pagarlos. Y cómo se da por hecho en un informe que la persona tiene recursos para adquirirlos. En ningún momento me preguntaron si podía o no podía pagarlos, ni cual era mi trabajo, ni mi situación económica. No me explicaron qué hacer en caso de necesitar ayuda. Una situación, insisto, que no me interpela de forma directa, pero que me entristece como ciudadana y mujer que decide gestar, pensando en otras gestantes.

Naturalizar un embarazo es precarizar un embarazo. Mi piel ha mejorado en parte, pero en parte sigue mal. Muy mal. La pierna derecha está irreconocible, por ejemplo. Mañana visito de nuevo a la dermatóloga, teniendo la esperanza de que va a pasar y el aprendizaje de que nada es normal, nada es solo del embarazo y si así lo fuera o lo fuese, tenemos absolutamente todo el derecho de recibir un tratamiento, un análisis, consejos, rutinas. La idea de que tantas mujeres se embarazan y que si todas pueden una también debe, es errónea, es peligrosa y es antifeminista. No todas pueden, aunque paran. Parir no es poder parir de forma natural y superar un embarazo como ejemplo de que se puede hacer. Parir es el resultado de una metamorfosis absoluta de tu cuerpo, tu mente, tu tiempo, tu vida, tu salud en general, tu sociabilidad, tu rutina, tus preferencias, tus gustos, por la cual todas las gestantes pasan de manera diversa, compleja, afrontando todos los procesos médicos y sociales a los que se somete a una embarazada.

Y eso no quiere decir que sea natural, ni sencillo ni soportable porque el parto llegue a su fin. Porque el nacimiento es el resultado, pero el proceso es la verdadera base. Una criatura no comienza a vivir el día en el que se da a luz. No es así. La maternidad comienza nueve meses antes y hay muy poca o ninguna conciencia de esto muchas veces por parte de la comunidad. Un embarazo nunca es de una única persona. Es una responsabilidad social en el que los distintos agentes familia, amistades, profesionales de la salud pero también instituciones y políticas públicas están implicados. El diseño y las oportunidades, el tiempo y las herramientas que se brinden durante el proceso hablan de nosotras como sociedad. Por tanto, un embarazo no es una responsabilidad única, al igual que no termina cuando se da a luz. Se habla del posparto, como si el embarazo nunca hubiese existido. La centralidad que recae en el bebé obliga a las madres a procesar en soledad cuestiones que deberían igualmente ser de responsabilidad común. Una vez más bajo el reduccionismo de que si todas pueden, hay que poder. Y no es que se pueda o no se pueda. Es que se tiene que hacer, se tiene que atravesar y se tiene que enfrentar con las herramientas que se tengan, sean más o sean menos. Y vuelvo a señalar que el éxito y la salud física y mental de una gestante en posparto habla de nosotras como sociedad y no de ella como individuo.

Normalizar un embarazo es precarizar un embarazo. Nadie tiene la fuerza infinita para enfrentar aquello que puede suceder durante el proceso, a lo que está expuesta, por más que otras lo hayan hecho. La idea del aguantar porque es así, ya fue, por favor.

Ánimo a todas las que estéis en transición de este hermoso y complejo rito de paso.