ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/
Sevilla expoliada: ausencias y olvido de nuestro patrimonio artístico
Melina Mercouri, actriz griega de rotunda presencia escénica, fue una de las primeras voces que, desde su puesto como ministra de cultura en los ochenta, se alzó contra el expolio de los mal llamados Mármoles Elgin, relieves extraídos a principios del siglo XIX de la Acrópolis ateniense y que se “custodian” en el Museo Británico, uno de los máximos ejemplos del imperialismo cultural europeo. Hoy el Museo de la Acrópolis señala con el vacío las piezas que aún quedan por incorporarse a la colección. El vacío como grito, la ausencia como reclamo. La identidad arrebatada, el paternalismo de la metrópoli.
Sevilla, pudiéndose considerar hermana de Atenas en el dolor del patrimonio arrebatado, pocas veces se siente algo más que una prima lejana. Oye campanas sobre los franceses – una especie de coco, entre la parodia y la rivalidad ancestral-, pero todo se difumina en una bruma de desidia, desconocimiento o encogimiento de hombros. Y la indignación se nos atraganta cuando la gente se conmueve con películas sobre la recuperación del patrimonio expoliado por los nazis como The Monuments Men (George Clooney, 2014) o La dama de oro (Simon Curtis, 2015), pero parecen no entender la importancia de reclamaciones y esfuerzos que algunos expertos, como el tristemente desaparecido Enrique Valdivieso, han elevado en muchas ocasiones, más que a las autoridades competentes, al viento. Todo parece quedar siempre en actuaciones puntuales, un conformismo del mal menor al encargar copias de las obras de arte robadas, casi como otro acto de caridad más. A día de hoy, la historia de la escuela sevillana de pintura es un relato a medias, con páginas arrancadas, difícil de leer de manera completa en la ciudad que la hizo posible.
No es este el espacio para hacer un relato pormenorizado de los hechos históricos que ocasionaron una de las mayores sangrías artísticas de nuestra historia, pero sí para marcar la diferencia entre la etiqueta genérica de “actos de guerra”, con las destrucciones obvias, y el expolio planificado y sistemático que se sufrió. Sevilla se convirtió, de la noche a la mañana, en barra libre de arte a coste cero para invasores de lo más refinados.
Imaginemos, no ya el ruido de armas y tumultos en nuestras calles, sino el más sutil de páginas pasando, ya que fueron los libros la mejor arma para esquilmar obras de Murillo, Zurbarán, Alonso Cano, Pacheco, Valdés y muchos más. Viaje en España (1772- 1794) de Antonio Ponz y el Diccionario histórico (1800) de Ceán Bermúdez se convirtieron en las publicaciones de cabecera para consumar el plan diseñado por Vivant Denon y así dotar con las mejores obras el Museo Napoleónico de París – el actual Louvre, con un ala dedicada al cerebro del saqueo-. En Sevilla nada quedaba fuera de la vista del mariscal general Soult, gobernador militar de Andalucía y ávido coleccionista que dispuso de todos los medios a su alcance para saciar sus instintos artísticos. Establecido en el Palacio Arzobispal, dedicó el Alcázar a almacén del expolio, reuniéndose en sus salas, según el inventario de Gómez Imaz, 999 pinturas. ¿El pretexto? Preservar las obras del vandalismo y la destrucción, exhibirlas en el Real Alcázar a modo de primer museo público de la ciudad, así como preparar los envíos a París y Madrid, donde José I quería replicar la idea de su hermano– no existía aún el Prado-. ¿La realidad? Soult se hizo, bajo coacciones, amenazas y falsificación de documentos de cesión, con una de las mejores colecciones de arte en toda Europa, llevándose a su residencia de París unas 170 pinturas, 15 de ellas murillos de primerísimo nivel; aparte, claro, las obras para Napoleón y José I. Libro en mano, visitaron espacios como Santa María la Blanca, los hospitales de la Caridad y los Venerables, conventos como San Leandro, Santa Paula o San Clemente, además de ya desaparecidos como el de San Francisco o San Agustín e, incluso, la Catedral, donde se consiguió salvar in extremis la muy apreciada Visión de Antonio, que fue canjeada cual rehén por El nacimiento de la Virgen, hoy en el Louvre. Nada había que se pudiera hacer para evitarlo, más que esconder las obras o mandarlas a otro lugar para ponerlas a salvo, como hicieron los frailes capuchinos con sus murillos.
Es difícil reconocer que ver obras de Santa María la Blanca en el Prado es otra clase de expolio, aunque sea interno; sería como admitir que somos colonias en nuestro propio país
Pero lo peor, si es que se puede empeorar, llegó luego. Con la derrota final de Napoleón, los vencedores se reunieron en el Congreso de Viena (1815), donde España, en vano, trató de recuperar lo que se había expoliado. Que se reclamen los papeles, pinturas y objetos de Bellas Artes e Historia Natural que haya trasladado a Francia el Gobierno intruso…, fue una orden que el embajador Gómez Labrador no supo llevar a buen puerto. Curiosa petición que provenía de Fernando VII, que acabó regalando – pura desidia realmente- al Duque de Wellington todas las obras que éste le incautó a José Bonaparte en su huida y que hoy se pueden admirar en Apsley House, conocidas como the Spanish gift. El general Álava, posteriormente, consiguió que volviera algo de Francia, pero por supuesto, nada de las colecciones privadas de los grandes militares napoleónicos, que fueron desmanteladas y subastadas paulatinamente por sus herederos, alcanzando precios astronómicos y ocupando hoy salas de museos de medio mundo.
Posteriormente vinieron más ventas en un país que necesitaba dinero para recuperarse de los desastres de la guerra, de lo que supo aprovecharse el marchante Barón Taylor para configurar la Galería Española del rey Luis Felipe de Orleans en 1838. Incluso un último regreso de obras -estudiado en detalle por Arturo Colorado- aprovechando la ocupación nazi de Francia, pero esta vez bajo el prisma del nacionalcatolicismo de Franco, que celebró la “vuelta a casa” de la Inmaculada de los Venerables – joya de la colección de Soult, en el Louvre desde 1852-. El cuadro cuelga en el Prado desde 1941, mientras que su marco original lo espera en el Hospital de los Venerables, donde se unieron fugazmente para una exposición en 2012.
Sólo Adelante Andalucía, con una PNL en 2025 en el Parlamento andaluz, hizo un intento de reabrir un debate que siempre se da con el gran muro de la indiferencia o la resignación, ya que, al menos, algunas de estas obras sevillanas están en Madrid. Esto contrasta con la tendencia mundial de restitución de obras de arte expoliadas, ya fuera por metrópolis imperiales del XIX o tropas nazis. Pero, claro, es difícil reconocer que ver obras de Santa María la Blanca en el Prado es otra clase de expolio, aunque sea interno; sería como admitir que somos colonias en nuestro propio país. Como siempre, habrá que contentarse con migajas y nostalgia en una ciudad que se ha acostumbrado a ser más personaje que ente activo de su propia historia. Sin embargo, desde 2022 se ha dado un nuevo impulso al proyecto de El Prado extendido para reforzar la presencia y relevancia del Museo del Prado en todo el territorio nacional, siguiendo la ya clásica política de depósitos unen otras instituciones. En Sevilla seguimos esperando algo de lo que se fue, un gesto significativo que recuerde que nuestro Museo de Bellas Artes es también de titularidad estatal, que las compras de arte que fue expoliado pueden cruzar Despeñaperros. Porque pueden, ¿verdad?