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Decrecimiento y estanflación: menos PIB sí, pero ¿de forma ordenada o caótica?

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En el debate público solemos hablar del crecimiento económico como si fuera sinónimo de bienestar. Sin embargo, la célebre frase del economista estadounidense Kenneth Boulding —pionero de la economía ecológica— sigue resonando con una vigencia incómoda: “Quien piensa que el crecimiento es infinito, es un loco… o un economista”. Los límites planetarios están ahí, aunque algunos prefieran tacharlos de exageración o pseudociencia.

No hace falta bucear en informes técnicos para constatarlo. El petróleo es finito. Y la reciente escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán nos ha recordado, de golpe, que el futuro energético que imaginábamos a medio plazo ya está aquí. Ante este escenario, la disyuntiva es clara: o transitamos hacia un decrecimiento ordenado o nos veremos arrastrados hacia una estanflación que representa la versión más caótica y dolorosa de ese mismo proceso.

Si el decrecimiento es una propuesta, la estanflación es un problema. El término combina estancamiento económico con inflación: la economía no crece, pero los precios sí. ¿Por qué ocurre? Porque cuando suben los costes —especialmente los energéticos— las empresas trasladan ese incremento a los precios. El consumo cae, la actividad se frena y el PIB retrocede. Es el peor de los mundos posibles para gobiernos y bancos centrales, porque las herramientas para combatir una parte del problema agravan la otra.

La estanflación es como intentar apagar un incendio con gasolina o con un ventilador: cualquier movimiento puede empeorar la situación

Subir los tipos de interés puede contener la inflación, pero hunde aún más la actividad económica. Estimular la economía para evitar el estancamiento alimenta la subida de precios. La estanflación es como intentar apagar un incendio con gasolina o con un ventilador: cualquier movimiento puede empeorar la situación.

La década de 1970 es el ejemplo clásico. Tras las crisis del petróleo, buena parte de Occidente sufrió precios disparados, salarios estancados y crecimiento nulo. Las familias veían evaporarse su poder adquisitivo mientras el desempleo aumentaba. Aquel shock redefinió la política económica durante décadas, también en España.

Hoy, voces como la de Christine Lagarde advierten que Europa podría volver a un escenario similar. Y conviene no engañarse: incluso si la guerra termina, no regresaremos a la era de la energía barata. Las reservas son limitadas y la competencia global por los recursos es cada vez más intensa. No es casual que muchos países asiáticos hayan adoptado medidas drásticas de ahorro energético: suspensión de vuelos, teletrabajo obligatorio, restricciones a exportaciones derivadas del petróleo.

No se trata de empobrecerse, sino de replantear qué producimos, cuánto consumimos y para qué

Frente a la política de “ojos vendados”, existe desde hace décadas una corriente que propone un giro de 180 grados: el decrecimiento. Su premisa es sencilla y radical a la vez: el crecimiento ilimitado es incompatible con los límites físicos del planeta. No se trata de empobrecerse, sino de replantear qué producimos, cuánto consumimos y para qué. Entre sus medidas está la reducción de actividades económicas que generan daños ambientales o sociales. En segundo lugar, la priorización del bienestar, basado en la minimización de la producción para maximizar el tiempo libre y los espacios de cuidados.

Todo ello implica reorganizar la economía para que sea más local y menos dependiente de combustibles fósiles. En este sentido, la equidad, entendida como reparto de los recursos, juega un papel fundamental. El decrecimiento no es un programa cerrado, sino un paraguas bajo el que conviven propuestas diversas: desde limitar la publicidad hasta reducir la jornada laboral, pasando por replantear la movilidad urbana o frenar la obsolescencia programada.

Imaginemos una ciudad que restringe drásticamente el tráfico privado, impulsa el transporte público y frena la construcción de nuevos centros comerciales. Desde la óptica del PIB, sería una mala noticia: menos coches vendidos, menos consumo, menos cemento. Desde la óptica del decrecimiento, sería un avance: menos contaminación, más espacio público, más salud.

Algunos críticos sostienen que el decrecimiento podría conducir a escenarios similares a la estanflación: menos producción, precios más altos, menor bienestar. Pero confundir ambas cosas es un error conceptual. La estanflación es un fracaso del sistema; el decrecimiento, una alternativa al sistema. Podemos optar por un decrecimiento desordenado —la estanflación— donde siempre pierden quienes tienen menos recursos. O podemos apostar por un decrecimiento ordenado, donde los cambios estructurales abran camino a una sociedad más próspera y resiliente.

La nueva crisis del petróleo no es solo una amenaza: es también una oportunidad para asumir un cambio de rumbo inevitable. Si no discutimos estas ideas ahora, lo haremos más tarde, pero sin margen de maniobra.