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El poder de seducción de Vox: entenderlo para combatirlo

Es clave entender que la gente siente inseguridad y que la inseguridad alimenta miedo. Y que con miedo e inseguridad resulta fácil dejarse llevar por la ensoñación de un todopoderoso salvador 

 Escaño de Vox con la Biblia, el crucifijo y la fórmula utilizada

Jorge Gil / Europa Press

En el debate electoral vimos a los candidatos ningunear los argumentos de Santiago Abascal, como si de un extremista, radical y casi demente se tratara, ante quien el mejor desprecio es no hacer aprecio y, sobre todo, como si el drástico aumento de fuerza en las previsiones de resultados electorales de las elecciones venideras no fuera un dato a tener en cuenta. Y es que la categoría de extrema derecha en la que se ubica Vox, lo coloca simbólicamente en un espectro improbable, simplifica en exceso, y no permite por ello entender plenamente el fenómeno y su poder de seducción para un creciente número de ciudadanos que, por cierto, no se perciben a sí mismos como particularmente radicales.

Lo cierto es que más allá del eje izquierda/derecha, cifrado en términos de políticas y programas de Gobierno, lo que Vox está logrando es plantear un panorama, un diagnóstico de la situación, que entronca con el sentir de un número creciente de ciudadanos, y que en esencia se reduce a la identificación de una crisis existencial de España. Ante las crisis existenciales se responde con la acción, contundente y violenta si hace falta, no con argumentos. Se entra en la lógica del enemigo, no del adversario. Y se responde desde las emociones y los instintos más básicos, no desde los razonamientos más sofisticados. Y como es cuestión de vida o muerte, los matices sobran y los procedimientos pasan a ser algo muy secundario. Legítima defensa.

La crisis territorial del Estado español, provocada por lo que parece ser el irresoluble problema del encaje de Cataluña en España, es la pieza central del imaginario que crea y a su vez da respuesta el partido de Abascal cuando, con una escenificación de reconquista (caballo incluido), promete "mano dura" para abatir el independentismo que amenaza la integridad territorial del Estado, haciendo alarde de una masculinidad protectora y salvadora de la nación en riesgo. La nación en riesgo, en el imaginario que construye Vox, parte del conflicto territorial catalán, pero no se limita a él. El territorio amenazado es también el que "invaden" inmigrantes ilegales que luego vacían las arcas del Estado social. Y la nación amenazada lo es, no sólo en sentido territorial, sino también en sentido identitario (¡vivan el castellano, los toros y el catolicismo!). De ahí el elemento de islamofobia y la resistencia a abordar de forma seria los retos que el plurilingüismo plantea en un Estado, como el español, en el que conviven varias lenguas autóctonas.

El nacionalismo de Vox, como propuesta de solución a lo que presenta y muchos perciben como una crisis de Estado, explica también su agenda de género; una agenda que promete recuperar la familia tradicional con roles de género bien definidos, como célula fundacional y articuladora de la sociedad española, y la maternidad como forma esencial de contribución ciudadana de la mujer española (madre biológica de la nación que no puede abdicar de su deber y honor abortando), más aún cuando la crisis demográfica apunta a la inmigración y sus "impurezas culturales" como única alternativa real viable. En ese imaginario es en el que se despliegan los rasgos de la masculinidad de la que alardea el partido: el macho alfa protector (mejor si es con barba y pelo en pecho) que sólo es violento para defender la justa patria. Digan lo que digan estadísticas y leyes, no es cierto que ese macho sea con frecuencia violento en sus relaciones con las mujeres. Se trata de casos excepcionales que merecen, eso sí, el más duro castigo (¿prisión perpetua?) o que provienen de los "culturalmente retrógrados inmigrantes" (¿femonacionalismo, Sr. Abascal?). Ese macho, llamado a proteger a la mujer, la familia y la nación no se reconoce en la ciudadanía gay ni transexual. ¡Faltaría más!

Nada nuevo bajo el sol. El nacionalismo identitario ha sido siempre instrumentalizado como elemento para aglutinar y construir comunidad. Y por eso constituye un verdadero canto de sirenas en sociedades que se sienten en crisis existencial y en las que cunde el miedo y la inseguridad. No todo es, sin embargo, construcción. Tenemos una verdadera crisis en la articulación territorial de nuestro sistema político y unos políticos incapaces de proponer soluciones. Y tenemos también retos demográficos importantes, así como los retos que plantean la precariedad laboral y la creciente desigualdad, ante una economía que además se desacelera, por no hablar del reto, este sí de naturaleza verdaderamente existencial, que compartimos con el resto de la humanidad: el del cambio climático.

Disculpar excesos

Por eso es clave entender que la gente siente inseguridad y que la inseguridad alimenta miedo. Y que con miedo e inseguridad resulta fácil dejarse llevar por la ensoñación de un todopoderoso salvador y de un imaginario que vuelve la mirada hacia el pasado para exagerar burdamente su bondades. Y es también fácil disculpar los excesos liberales (como la ilegalización de partidos políticos nacionalistas o el derecho a la información de los medios de comunicación no afines), de quien promete recuperarlo, por el medio que sea, en aras del buen fin: el restablecimiento del orden perdido, la salvación de la patria.

Desafortunadamente, sin embargo, todas las soluciones que plantea esta propuesta de nacionalismo heteropatriarcal están destinadas al fracaso. El macho protector en el modelo tradicional era también el hombre ganapán con capacidad de proporcionar un sustento familiar, algo impensable para la inmensa mayoría en las sociedades con economías avanzadas. Y las mujeres españolas, como han demostrado aún en los peores tiempos de nuestra crisis, no están dispuestas a recluirse en sus hogares. Mientras el reto del cuidado y de la conciliación no se resuelva para todos, la tasa de natalidad seguirá siendo baja y seguiremos necesitando mano de obra, a menudo extranjera, para ofrecer los cuidados (no es sólo cuestión de solidaridad). Generar una sociedad que haga de la reproducción algo natural y hasta deseable pasa por políticas de dependencia y por la desfamiliarización del cuidado. Pasa también, como sabe nuestra juventud, por vencer la precariedad laboral y tener acceso a la vivienda.

Desafortunadamente las políticas fiscales, de corte ultraliberal de Vox, no permiten pensar que ninguna de estas cuestiones puedan abordarse en serio. Pero mientras la crisis de Cataluña sea una realidad y la inseguridad que siente la ciudadanía por las razones apuntadas, otra, siempre podrá un partido como Vox ofrecer un canto de sirenas. Es la obligación del resto de los partidos explicarle a la ciudadanía tanto su poder real de seducción como su realidad de quimera. Ignorarlo no es el camino.

 

 

 

 

 

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