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España, S.A.

El domingo se dieron las cifras de fallecidos más bajas desde hace dos meses, 87. No son cifras para relajarse, siguen siendo graves, pero sí debería haber una correspondiente satisfacción por la justa recompensa por el esfuerzo llevado a cabo por ciudadanos, empresas e instituciones.

La OMS no se acaba de pronunciar con la contundencia necesaria para dar más esperanzas en el futuro de la que tenemos. De hecho, aunque las cifras en España mejoran, tras la ventana se observa el difícil devenir de países poderosos o menos, pero soñados por la insurgencia liberal, me refiero a EEUU, Reino Unido o Brasil.

En nuestro imaginario soñamos con un comunicado final del coronavirus, que abandone sus armas y se entregue, pero me temo que ni eso. A mejores datos, más aumenta la manifestación de la revolución de los poderosos, con sus mejores armas y servicios, el propio, incluido el chófer, y sus medios, donde expresan su poder. Como techo, la oposición por oponerse, sin alternativas, en un filibusterismo institucional que no atiende razones de Estado, ni siquiera la razón del sentido común o la solidaridad.

La insurgencia con chófer y chacha huele a lo que huele, a lo de siempre, a la resistencia del poder, del poder propio o del vicario, representado por los que, ocultos, constituyen el poder de verdad pero no dan la cara. No dan la cara aunque jalean que otros den la lata, que en eso siempre se coordinaron bien y encontraron sus títeres.

No es un asunto genuinamente español o madrileño, pero sí es cierto que la viñeta de Madrid y sus calles pudientes es una de las expresiones más gráficas en Europa de lo que pasa, solo parangonable en las capitales suramericanas del criollismo gusanero.

Noam Chomsky cita, en una de sus obras, el Memorándum Powell. Este ciudadano de nombre Lewis –luego sería juez del Tribunal Supremo de los EEUU–, afirmaba que la clase perseguida en Estados Unidos era la clase capitalista. Los propietarios, los muy ricos, sufren una persecución radical. Tenemos que reaccionar, decía, hay un “exceso de democracia”. “Nosotros tenemos el dinero, somos los que administramos, e impondremos disciplina”.

Lo que está ocurriendo con la revolución de los ricos no tiene que ver, sin embargo, absolutamente nada con los estragos de la pandemia, con la devastación de la economía, con la falta de libertad; lo que ocurre es lisamente una manifestación, por muy friki que sea, de la lucha por el poder. En esta lucha, los que se manifiestan son más de sopicaldo que de muchos millones, pero sirven a los ricos de verdad, personas y corporaciones que mueven sus hilos.

Los mismos hilos que mueven en el Gobierno de Madrid, o de otras comunidades autónomas, lanzadas en su desenfreno irresponsable defendiendo los intereses, no de la ciudadanía sino de los grandes intereses económicos. No, no les preocupa la pandemia ni sus efectos temporales, lo que temen los “ricos” es que la sociedad civil, la política expresada libremente por los ciudadanos en un Gobierno, se acerque y perturbe demasiado al poder. Como decía Powell, que haya un “exceso de democracia”, es decir, de pueblo.

Son demasiado grandes para perder, para ir a la cárcel, perdamos las esperanzas. Siento vergüenza con el desdén y menosprecio que tratan a las fuerzas policiales, siento bochorno de cómo se dejan tratar por esta turba de señoritos y niñatos. Siento vértigo al ver las diferencias de comportamientos con otras “gestas históricas” policiales.

España para estos insurrectos es una sociedad anónima de la que solo esperan suculentos beneficios, privilegios y dividendos. Por eso, patrocinan todo lo que debilite el poder democrático. Levantamientos patrocinados, elecciones patrocinadas, justicia patrocinada, medios propios, todo menos perder el poder a manos de los “excesos de la democracia”.

El domingo se dieron las cifras de fallecidos más bajas desde hace dos meses, 87. No son cifras para relajarse, siguen siendo graves, pero sí debería haber una correspondiente satisfacción por la justa recompensa por el esfuerzo llevado a cabo por ciudadanos, empresas e instituciones.

La OMS no se acaba de pronunciar con la contundencia necesaria para dar más esperanzas en el futuro de la que tenemos. De hecho, aunque las cifras en España mejoran, tras la ventana se observa el difícil devenir de países poderosos o menos, pero soñados por la insurgencia liberal, me refiero a EEUU, Reino Unido o Brasil.