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La guerra privada de Trump

8 de marzo de 2026 22:36 h

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“Michele Sparacino se encontraba en una trinchera repleta de muertos y barro, mientras los austriacos le disparaban a diestro y siniestro. ¿Qué cojones le he hecho yo a esta gente?, se preguntaba atónito. Y no se refería solo a los austriacos”. Una guerra más, de su horror, estupidez y de uno de sus protagonistas, en este caso con nombre y apellidos, da cuenta Andrea Camilleri, en La guerra privada de Samuele.

La guerra que siempre vivimos, y ahora también, es la guerra privada de alguien, hoy más que nunca. Privada y tiránica, esta es una guerra de plutócratas que se saltan todas las reglas de una convivencia en común. Las reglas internacionales, el derecho, las instituciones multilaterales y, para ser más de autor, la propia Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica. Es la negación de la democracia.

Sin embargo, la guerra no es de financiación privada, como hacían los generales romanos cuando fallaba el erario público (o por las societates publicorum, que ya entonces existía la colaboración público-privada), sino con el dinero de todos. A pesar de ello, con algo muy en común con aquellas guerras, para el beneficio de las minorías plutocráticas, ahora, las grandes multinacionales de armamento, energía, petróleo, gas, construcción… El ejemplo de Gaza es más que suficiente.

La guerra que siempre vivimos, y ahora también, es la guerra privada de alguien, hoy más que nunca

Como en toda función, no faltan los papeles más lamentables, el de los lacayos y peor, los cipayos, los que se ponen de parte del enemigo del pueblo y de su propia patria. Al igual que se atestiguan tontos de pueblo, también la guerra tiene los suyos. Sin ellos, siempre dóciles, sometidos y serviles —palabra acuñada para los patriotas españoles al servicio de José Bonaparte— las guerras serían más difíciles.

El caso de José María Aznar y, por contagio, de su ahijado Núñez Feijóo, es paradigmático. Saltándose todo y metabolizando toda clase de mentiras, metió a su país en una guerra que no sirvió para nada, excepto para traer dolor, muerte y el abuso de matones con botas. Aún no ha pedido perdón por aquella mentira primigenia, el único de aquella inmoral foto de las Azores.

Ir a la guerra siempre es un fracaso para la democracia, aunque no para los que se benefician económicamente de ella

Se creyó importante por una foto con las botas encima de la mesa de su cortijero cuando era como mucho manijero o gañán y luego, sin intimidad, se mostró asimilado con un no catalogado acento tejano que ni siquiera tenía su jefe después de tantas décadas viviendo en aquel Estado de los EEUU. Es el destino de los mediocres pero muy peligroso, ya lo dice el chascarrillo: no hay nada peor que un mono con una escopeta.

Ir a la guerra siempre es un fracaso para la democracia, aunque no para los que se benefician económicamente de ella. Las guerras esquivan las reglas aunque los partidarios del 'Sí a la guerra' pretendan vestirse de demócratas mientras las eluden y nunca estén dispuestos a rendir cuentas. Y no es ningún secreto, en la propia propaganda de las partes se difunden sus logros o cantan victoria en una estrategia comercial televisada, por supuesto en la oscuridad cuando se trata de mostrar a los muertos; otro deje antidemocrático.

En la guerra de ahora, los privados se alían con los serviles. En inglés, que pronto llegará a los corrillos, dicen proxies, sin pudor. Uno se pregunta si la Unión Europea no puede servir para algo más. Los que un día fuimos fervientes europeístas creímos que aquel proyecto ilusionante de integración política serviría para dar dividendos a la paz y no dividendos para el gran negocio de la muerte.

En una postal desde el frente, Michele contaba a sus padres: “Queridos padres: esto es un disparar continuo y se matan todos como perros”.