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Marlaska se ha enfadado

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El pasado mes de diciembre un vecino de Málaga, Haitam Mejri, murió después de recibir alrededor de una decena de descargas de las pistolas táser de varios policías. En su cuerpo se encontraron 86 lesiones. Nada de esto obstó para que los policías hicieran varios chistes al respecto delante del cadáver, como recogieron las cámaras del locutorio donde tuvo lugar el suceso. Marlaska no vio nada raro en ello.

Es excepcional, de hecho, la semana en la que no nos enteramos de un nuevo episodio de brutalidad policial sin justificación alguna. El Ministerio de Interior, invariablemente, mira hacia otro lado mediante la irrisoria fórmula de “apertura de expediente”, ya sea por la agresión a una profesora valenciana en huelga o, como hemos comprobado estos días, por la paliza a un aficionado del Barça.

En realidad, esto de que Marlaska ni se inmute ya viene de lejos, cuando en sus años de juez hacía la vista gorda ante la evidencia de torturas. No es de extrañar que, ya de ministro, se mostrara indiferente ante la acumulación de cadáveres en la valla fronteriza de Melilla, o el trato como apestados que dio a los 800 menores que también entraron en Ceuta en el año 2021. Es obvio, y basta leer cada semana la prensa, que en la policía hay un problema de corrupción gravísimo y generalizado, pero al bueno de Marlaska no le ha dado en dos legislaturas para hacer una limpieza. Estaba más entretenido en justificar el mantenimiento de la Ley Mordaza. Y es que no es fácil hacer que Grande-Marlaska se enfade, qué va. Pero ahora sí, ahora se ha enfadado mucho. Menudo inicio de curso. Está irreconocible.

Lo que la incapacidad de Marlaska ha puesto de relieve es sencillamente lo que todos intuimos desde hace tiempo: el gobierno no controla, ni de lejos, a buena parte de las instituciones que definen el Estado

No se ha enfadado por las 141 personas que murieron este verano intentando entrar en Ceuta, ni por los nuevos casos de abusos y crímenes policiales, ni por la corrupción de su propio partido. No, se ha enfadado porque los mismos cuerpos de seguridad a los que les permite todo contra nosotros ahora le han tomado un poquillo el pelo a él con la crisis de Ceuta. De hecho, parece que fue el último en enterarse, y anda echando chispas cada vez que un periodista le pregunta si piensa dimitir y si el CNI se la ha jugado.

Se merece este bochorno, como ningún otro ministro, excepto Isabel Rodríguez, la ministra ornamental de Segunda Vivienda. Lo que la incapacidad de Marlaska ha puesto de relieve es sencillamente lo que todos intuimos desde hace tiempo: el gobierno no controla, ni de lejos, a buena parte de las instituciones que definen el Estado.

Es más, a estas alturas parece evidente que esas instituciones maniobran, precisamente, contra el gobierno actual: a los familiares del presidente les montan juicios prospectivos y delirantes, cuando no encierran a tuiteros o raperos; el Tribunal Supremo quita el derecho a voto a 400.000 españoles por si deciden votar progresista y, por volver a Ceuta, son los propios jueces quienes, con una sentencia disparatada, provocaron el llamado “efecto llamada”, como explica en detalle Ignacio Escolar. Eso sí, luego la investigación la lleva una jueza que fue teniente de alcalde con el PP y que de entrada le prohibió a la Policía elevar al ministro los informes. Casualmente, esos informes sobre Ceuta sí se filtraron antes a la prensa afín, de modo que Marlaska, que los desconocía, quedó en ridículo. Como para no enfadarse.

¿Qué pensaba el Ministerio de Interior, y con él el resto del gobierno en manos del PSOE? ¿De verdad creían que después de décadas sin hacer nada contra la corrupción, la prevaricación, el nepotismo nunca les iba a tocar a ellos? ¿No querían estar con el “pueblo”? Pues ahora ya saben lo que se siente.