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¿Perdió Rajoy?

Que un desprecio a la democracia como el que protagonizó Rajoy al huir del debate del lunes sea al mismo tiempo un probable acierto estratégico y de campaña dice bastante del camino que todavía tiene que recorrer la sociedad española en términos políticos. Esta ausencia sería inadmisible en la mayoría de países de nuestro entorno, y es verdad que también aquí en España daña de forma evidente la imagen del presidente, escondido en Doñana. Pero los gurús del PP han hecho sus cálculos y creen que hubiera sido peor ir al debate: Rajoy es demasiado viejuno y anticuado para el modernismo de Albert, Pedro y Pablo. También está demasiado tocado por el escándalo Bárcenas. No. Los cerebros de Génova están convencidos de que la estrategia del avestruz era la menos mala. Y lo más frustrante y desalentador, a la luz de unas encuestas que no dejan de situar al PP como primera fuerza el 20D, es que puede que tengan razón.

Sí, los apoyos del PP se han desmoronado en estos cuatro años y su imagen está por los suelos, pero en su equipo confían en que ya no va a caer mucho más. El partido está arrinconado por el empuje de Ciudadanos, PSOE y Podemos, pero de alguna manera están consiguiendo tener su rincón para ellos solos. Mientras, Sánchez, Rivera e Iglesias se dan codazos para monopolizar la imagen del cambio y tratan de entrar todos a la vez por la misma puerta, la del centro, el disputado espacio político en el que hasta ahora se han jugado siempre las victorias electorales en España. El fantasma de un tripartito, tan inconvenientemente resucitado por Sánchez estos días, es una involuntaria ayuda para Rajoy en esa posición de ambivalente soledad.

Los tres aspirantes son jóvenes, modernos, directos, ejemplos perfectos de aquellos JASP de los 90. Sus propuestas de fondo son bastante diferentes, pero su discurso público, en ese afán por no ceder la centralidad y la bandera de la alternativa, encuentra a veces resbaladizos parecidos. Si esto obliga a los electores a ser más finos en su análisis, más concienzudos en el examen de las distintas opciones, pues algo habremos ganado.

El líder de Podemos sonríe más, ya no habla de casta, se llama socialista auténtico y presume de la Transición del 78 que antes despreciaba (gracias Monedero, hola Errejón). Rivera, aliado de la ultraderecha en las europeas, se presenta como un yerno aseado y elocuente, a veces atolondrado y redicho, pero con aire solvente e inofensivo. Pedro Sánchez es seguramente, de los tres, el que ha dado menos vaivenes y se parece más a sí mismo a estas alturas de la campaña, pero paradójicamente es el que tiene más problemas de credibilidad entre los electores -la pesada herencia- y a quien más le está costando transmitir su mensaje, a menudo demasiado frío y cerebral.

Dos #debatesDecisivos después y a 12 días para el 20 de diciembre, aún no parece haber vencedores claros. El lunes hay un cara a cara Rajoy-Sánchez y puede ayudar a despejar un poco más el panorama. Es la gran oportunidad -la última- del candidato socialista. Sí parece seguro que vamos a tener emoción hasta el final y eso debe ser una buena noticia para la democracia. Pero no deja de ser chocante que a estas alturas de juego, y con todo lo que ha pasado estos últimos años, siga aguantando en cabeza precisamente quien está demostrando menos hambre de ganar, menos energía y menos ambición. Quien elige esconderse y confía solo en salvar los muebles. Seguramente los gurús del PSOE, Ciudadanos y Podemos también se estén preguntando esto.

Que un desprecio a la democracia como el que protagonizó Rajoy al huir del debate del lunes sea al mismo tiempo un probable acierto estratégico y de campaña dice bastante del camino que todavía tiene que recorrer la sociedad española en términos políticos. Esta ausencia sería inadmisible en la mayoría de países de nuestro entorno, y es verdad que también aquí en España daña de forma evidente la imagen del presidente, escondido en Doñana. Pero los gurús del PP han hecho sus cálculos y creen que hubiera sido peor ir al debate: Rajoy es demasiado viejuno y anticuado para el modernismo de Albert, Pedro y Pablo. También está demasiado tocado por el escándalo Bárcenas. No. Los cerebros de Génova están convencidos de que la estrategia del avestruz era la menos mala. Y lo más frustrante y desalentador, a la luz de unas encuestas que no dejan de situar al PP como primera fuerza el 20D, es que puede que tengan razón.

Sí, los apoyos del PP se han desmoronado en estos cuatro años y su imagen está por los suelos, pero en su equipo confían en que ya no va a caer mucho más. El partido está arrinconado por el empuje de Ciudadanos, PSOE y Podemos, pero de alguna manera están consiguiendo tener su rincón para ellos solos. Mientras, Sánchez, Rivera e Iglesias se dan codazos para monopolizar la imagen del cambio y tratan de entrar todos a la vez por la misma puerta, la del centro, el disputado espacio político en el que hasta ahora se han jugado siempre las victorias electorales en España. El fantasma de un tripartito, tan inconvenientemente resucitado por Sánchez estos días, es una involuntaria ayuda para Rajoy en esa posición de ambivalente soledad.