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Quien más quería a España

Refugiados españoles en el campo de Argelès-sur-Mer en febrero de 1939.
17 de octubre de 2026 00:28 h

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En febrero de 2019 me encontraba en Collioure rodando el documental “Antonio Machado. Los días azules”. Solo un par de días antes, ya en carretera, habíamos sabido que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acudiría en visita oficial a rendir homenaje a la tumba de Machado cuando se cumplía el 80º aniversario de su muerte y del exilio republicano, ya que el poeta murió pocos días después de cruzar la frontera española, como él mismo había presagiado.

En aquella visita, la primera de un presidente del Gobierno español en ejercicio tras más de 40 años de democracia, una comitiva formada por representantes de la cultura, la memoria, la justicia, y el exilio español lo acompañaba para ser testigo de un reconocimiento que llegaba demasiado tarde, pero que al fin llegaba.

El mismo día, visitó la tumba de Azaña, en Montauban, y la playa de Argelès-sur-Mer, donde miles de españoles fueron hacinados en condiciones miserables tras huir de las tropas franquistas. (Mirar las fotografías de los españoles muertos de hambre tras las alambradas y recordar cómo fueron tratados como una amenaza por parte del Gobierno francés, debería hacernos reflexionar sobre ciertas cosas, pero qué mal tratamos la memoria).

Allí, en ese lugar que sigue helando la sangre y que conserva el desgarro del desamparo y la pérdida, se concentraron numerosos hijos, nietos y descendientes de aquellos hombres y mujeres. Algunos de ellos, ya viejecitos y con ojos vidriosos, eran niños cuando cruzaron la frontera entre bombardeos y miseria.

Había que estar allí. No puedo decir otra cosa a quienes, incluso ante un acto de justicia, dijeron que debía haberse hecho así o asá. Había que estar allí, junto a los que, por primera vez, escucharon un perdón oficial por parte del Estado español y sintieron que se reconocía la memoria de sus padres. Había que ver sus lágrimas, sus abrazos emocionados, sus manos temblorosas.

Entonces, se escuchó un “Viva España”. Un grito que para mí fue completamente nuevo, como si lo hubiera oído por primera vez. En boca de la viejecita que lo había entonado adquiría un significado completamente distinto al que estaba acostumbrada. Ese tono agresivo, casi militar que parece arrojarse siempre contra alguien, no existía en su voz. Por el contrario, todo en aquella expresión era un profundo amor.

He recordado hace un rato unas palabras de mi amigo Antonio Maestre: “Lo mejor de España, quienes más querían a España, eran quienes estaban fuera de España”.

Han pasado más de siete años desde aquel reconocimiento a quienes tuvieron que salir por la fuerza de su país y dejar atrás toda una vida, y el recuerdo de esos días me sobrecoge al conocer la decisión del Tribunal Supremo de suspender el derecho al voto en las elecciones generales del próximo 29 de noviembre de miles de personas que obtuvieron la nacionalidad española en cumplimiento de la Ley de Memoria Democrática.

La llamada “ley de nietos” reconoció la nacionalidad española a aquellos hijos o nietos de quienes tuvieron que abandonar España a causa de la Guerra Civil o la dictadura franquista. Una medida de reparación histórica que no solo restituye derechos a quienes fueron expulsados violentamente de su país, sino que reconoce su lugar en nuestra historia y contribuye a reparar su dignidad.

Me parece una forma de violencia, otra más, a la que por desgracia, ya están acostumbrados los descendientes del exilio.

Ahora los jueces del Tribunal Supremo, a raíz de los recursos presentados por la ultraderecha, les piden que demuestren con papeles y documentación los motivos de su exilio. Pruebas de las amenazas, de las persecuciones, de las represalias, del miedo. Lo hacen a sabiendas de que es imposible revisar los cerca de 163.000 expedientes afectados antes de las elecciones.

Qué vergüenza.

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