Infome PISA, inteligencia artificial y democracia
Los resultados del último Informe PISA son un aviso educativo, pero también son un reflejo de cómo se está transformando la sociedad y de cómo esas transformaciones afectan a nuestra capacidad colectiva para sostener una democracia sólida. La caída en lectura, matemáticas y ciencias coincide con un entorno donde la tecnología —especialmente la inteligencia artificial— está inundando tanto a la sociedad como al propio proceso educativo, sustituyendo el esfuerzo y la capacidad de análisis por la inmediatez de la automatización. Cuando una sociedad deja de ejercitar el pensamiento crítico, pierde una de sus principales defensas frente a la desigualdad, la manipulación y el autoritarismo. Pocas alarmas están sonando teniendo en cuenta que nos enfrentamos a un gravísimo problema para la salud democrática.
España firma su peor resultado histórico en lectura. La OCDE señala que los estudiantes ya no sostienen textos largos ni razonamientos complejos. Y esto, además de en las escuelas, también se observa en la vida cotidiana. Cada vez cuesta más que una explicación pausada, que requiere conectar ideas y entender causas, sea escuchada con atención. La complejidad incomoda, el matiz se percibe como innecesario y la frase rápida parece ser más que suficiente. Este clima cultural encaja con lo que PISA detecta: menos comprensión profunda y menos tolerancia a la complejidad. No tenemos que olvidar que una sociedad que deja de escuchar argumentos es una sociedad más vulnerable a quienes quieren imponer su relato sin diálogo.
El uso de la inteligencia artificial en la escuela agrava este deterioro. Los estudiantes que delegan en la IA tareas de análisis o resolución de problemas obtienen peores resultados académicos. La IA por tanto está generando un problema de autonomía cognitiva, un problema en la capacidad de pensar por uno mismo. Si la tecnología hace el trabajo, la ciudadanía pierde capacidad de análisis y contraste. En términos sociales, esto significa una población más expuesta a discursos simplificadores, a bulos y a narrativas que buscan dividir y polarizar.
Y a todo esto se añade que la desigualdad educativa actúa como un vector de riesgo. Allí donde las condiciones materiales y culturales son más frágiles, el impacto es mayor y sus consecuencias más profundas. La frustración derivada de esa desigualdad crónica alimenta la desconfianza institucional y la sensación de abandono. Es el terreno donde prosperan discursos que prometen orden, identidad y soluciones fáciles a problemas complejos.
Mientras tanto ocurre un hecho revelador. Resulta significativo que muchas élites tecnológicas envían a sus hijos a escuelas sin pantallas, donde se prioriza la lectura profunda, la creatividad y el trabajo manual. La sociedad en general se expone masivamente a dispositivos que erosionan la atención, mientras quienes diseñan esa tecnología protegen a sus hijos de ella. Muy ilustrativo.
Si consideramos el informe PISA como un termómetro social, la fiebre es más que evidente. Y una sociedad con fiebre es más permeable a quienes ofrecen certezas absolutas en tiempos de incertidumbre. La cuestión no es si la tecnología nos está llevando al autoritarismo —aunque posiblemente esté ayudando a ello— sino si seremos capaces de rehumanizar la educación, la cultura y sobre todo la convivencia, antes de que la deshumanización tecnológica abra la puerta a quienes siempre esperan al acecho.