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¿Un mundo rural para un mundo de ciudades? Por un campo vivo

Sin una transición verde en el mundo rural, sólo habrá macroindustrias de la alimentación (sucia, cruel, explotadora de personas, animales y entorno), pero se habrá perdido todo un mundo milenario, valioso y necesario

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Granja de producción ecológica de huevos.

Granja de producción ecológica de huevos.

En 2008, por primera vez desde que se crearon las primeras urbes, más de la mitad de la población reside en ciudades. En 2016 ya era el 55% de la humanidad. En Andalucía el porcentaje es ya del 66%, lo que supone un nivel intermedio dentro de la Unión Europea, pero un porcentaje muy elevado en total. ¿Y el resto? ¿Qué sucede con ese enorme territorio donde sólo vive (y trabaja, o lo intenta) el restante 33% de la población andaluza?

Sucede que se suceden los retos, los problemas y la incertidumbre. Que muchas de nuestras localidades rurales se van vaciando de jóvenes, y cuanto más pequeños son los pueblos, más rápido y en mayor número se van. La falta de empleo, de servicios, de futuro…. Es un horizonte que va secando el mundo rural que, sin embargo, es fundamental para la vida en las ciudades a donde se dirigen esos emigrantes; porque eso es lo que son, como los que vienen de otros países o continentes buscando lo mismo: un futuro mejor.

Y sin embargo, nuestro mundo rural, nuestro campo, sigue siendo imprescindible, incluso más que antes, ya que nos alimenta, nos limpia el aire y nos protege de lo peor del cambio climático. En un mundo de ciudades es fundamental cuidar el mundo rural y a las personas que en él viven y trabajan. Porque sin ellas no es posible la vida en entornos urbanos. Punto. Pero esto no significa que el mundo rural pueda permitirse el lujo de no cambiar, de no abordar las transiciones que toda la humanidad ha de afrontar. Al igual que la ciudad pensada y construida en el siglo XX en torno al coche privado debe transitar hacia un nuevo paradigma más saludable y verde, el mundo rural se encuentra frente a unos retos de los que no puede escapar, y según la respuesta que dé a esos retos seguirá siendo un territorio positivo en lo económico, social, ambiental y cultural, o acabará pareciéndose a esas zonas de Estados Unidos donde hay agricultura y ganadería pero sin campesinado, sin cultura de la tierra.

Sin una transición verde en el mundo rural, (sólo) habrá macroindustrias de la alimentación (sucia, cruel, explotadora de personas, animales y entorno), pero se habrá perdido todo un mundo milenario, valioso y necesario. Y lo pagaremos de múltiples maneras, aunque vivamos en ciudades, grandes o pequeñas. Perderemos riqueza biológica, ya que se cultivarán sólo las variedades y semillas que hagan en laboratorios lejanos empresas que no saben de sembrar y cultivar, sólo de recaudar. Pero también perderemos porque se acabará declarando que “la naturaleza” es incompatible con la presencia humana y “la actividad económica”, como si sólo fuera posible una forma de relacionarse y vivir en (y con) el entorno, como han dicho el PP y otros del lobo en las sierras andaluzas. Qué paradoja, hay quien piensa que cuantas menos personas en el mundo rural, más hay que depredar.

Afortunadamente, la transición, las transiciones, no son ideas guardadas en un cajón aunque así lo quisieran los que sólo miran el beneficio inmediato. Son realidades, iniciativas, proyectos, complicidades y alianzas que se están tejiendo, se llevan tejiendo años, construyendo un campo vivo. Voces y manos que dicen y prueban que otro mundo rural es posible, es necesario y está en construcción, como se verá en la jornada sobre Políticas Verdes y Mundo Rural que se hará en Córdoba el próximo 16 de junio. Sociedades rurales más preocupadas por la calidad que la cantidad, que recuerden que la aceituna de este valle, la leche de aquellas cabras, o los tomates de esa vega no son reemplazables, son únicos. Únicos por su sabor, su color y el paisaje que crean. Sociedades rurales transversales, donde las mujeres son protagonistas en la lucha por la justicia y la igualdad, pero también por liderar la transición verde. Sociedades rurales que alzan la voz frente a las agresiones y la impunidad y se convierten en protagonistas, en ciudadanía consciente y democrática que protesta frente a la implantación de macrogranjas, cementerios nucleares, vertederos que contaminan aire y agua, o el reparto abusivo de ayudas europeas a latifundistas ausentes.

La gente del campo siempre ha sabido escuchar mejor que nadie la tormenta que se acerca. Y está llegando una tormenta como no hemos conocido otra, llamada cambio climático, que hará que todas las problemáticas se hagan más complejas, más difíciles de afrontar, más urgentes de abordar. No hacer nada, como dicen los apóstoles del  bussiness as usual (negocios como siempre), no es una opción. Ya sabemos cómo acaba eso: ellos recogen beneficios, y las pérdidas las paga toda la sociedad.

Ya existen las ideas, las manos, la voluntad de actuar por parte de cada vez más personas. Pongámonos a ello, construyamos un futuro verde para un campo vivo.

 

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