Miguel Ángel del Arco, Premio Nacional de Historia: “El franquismo controlaba el alimento y repartía el hambre”
“Lo peor no fue la guerra, lo peor vino después”. La frase se le quedó grabada a Miguel Ángel del Arco Blanco (Granada, 1978) durante su infancia, cuando una mujer humilde que lo cuidaba le hablaba de la posguerra. Aquella mujer, madre soltera y marcada por la Guerra Civil, le transmitió una memoria que acabaría convirtiéndose en el origen de su investigación histórica. Décadas después, el historiador granadino ha recibido el Premio Nacional de Historia de España 2026 por La hambruna española: victoria y muerte en la posguerra, un libro que reconstruye la catástrofe alimentaria de los primeros años del franquismo y cuestiona los argumentos con los que la dictadura justificó la miseria.
“Yo no iba buscando una hambruna, pero empezaba a levantar papeles en los archivos y es que estaba el hambre por todos los lados”, explica Del Arco, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Granada. En aquellos documentos encontró un fenómeno que, a su juicio, había recibido menos atención de la que merecía. “Se había prestado atención al falangismo, los camisas azules, quiénes estaban en los ayuntamientos, los gobernadores civiles, todo lo que tú quieras, Falange, pero es que el hambre se lo comía todo”.
La investigación, por la que también ha sido galardonado con el Premio Almudena Grandes del Ayuntamiento de La Rinconada, le llevó a identificar años especialmente duros, en los que aumentaba la mortalidad, se multiplicaban las preocupaciones por el racionamiento y las autoridades locales dejaban constancia de las consecuencias de la falta de alimentos. La hambruna, sostiene, no fue una simple prolongación de las penurias provocadas por la guerra, sino una catástrofe vinculada al modelo económico y a las decisiones políticas de la dictadura.
Del Arco estima en más de 200.000 las muertes en exceso durante los años estudiados, a partir de la comparación de los registros de mortalidad con los niveles habituales. La cifra incluye fallecimientos asociados a las consecuencias de la desnutrición y a enfermedades que afectaron especialmente a una población debilitada. “Una hambruna es una crisis de mortalidad, un aumento espectacular de la mortalidad, motivado por la falta de alimentos o porque la población no puede acceder al alimento”.
Una hambruna invisibilizada
El historiador insiste en que la cuestión no consiste únicamente en determinar si había comida disponible. “A veces puede haber alimento, pero o no lo puedes comprar o alguien lo acapara”. Esa distinción resulta fundamental para entender el funcionamiento de la economía de posguerra, marcada por el racionamiento, los salarios congelados y un mercado negro en el que los precios podían quedar fuera del alcance de buena parte de la población. Para reconstruir aquella realidad, Del Arco recurrió a distintas fuentes. Los registros de mortalidad permitieron identificar los años en los que murió más gente de la habitual. A ellos sumó documentación interna de las autoridades franquistas, con alcaldes y falangistas preocupados por las consecuencias del hambre, e informes diplomáticos extranjeros que describían la situación económica española.
Los documentos mostraban, además, que las penurias no podían explicarse exclusivamente por las consecuencias materiales de la Guerra Civil. El investigador recuerda los informes de diplomáticos británicos y franceses que advertían de la gravedad de la situación y cuestionaban las decisiones económicas del régimen. La autarquía, el modelo de autosuficiencia económica impuesto por Franco, aparece así como una pieza central de su explicación histórica.
El hambre no dependía únicamente de la cantidad de alimentos disponibles, sino también de cómo se distribuían y de quién tenía capacidad para conseguirlos. “El régimen controla el alimento y reparte el hambre”, resume el historiador. De ahí que haya bautizado el fenómeno como la “hambruna de la victoria”: una crisis que afectó a toda la sociedad, pero cuyas consecuencias fueron especialmente graves para quienes habían perdido la guerra. Los vencidos, las familias represaliadas y las personas encarceladas sufrieron de manera particular las consecuencias de aquel sistema. En las prisiones y los campos de concentración, recuerda Del Arco, el hambre también causó víctimas. Fuera de ellos, la pobreza alcanzaba igualmente a personas sin recursos que no podían comprar alimentos, incluso cuando no estaban vinculadas al republicanismo.
La diferencia estaba en las posibilidades de supervivencia. Quienes tenían acceso a las redes del régimen o podían beneficiarse de sus mecanismos de distribución estaban en mejor posición que quienes habían quedado al margen. “Los que colaboran con el régimen o están en sus instituciones, pues les va mucho mejor”, explica. Aun así, advierte de que la desigualdad económica también castigaba a sectores de las clases populares que no podían permitirse los precios del mercado negro.
La hambruna tuvo, además, una dimensión territorial. Aunque afectó a toda España, Del Arco identifica Andalucía, Murcia y Extremadura entre las zonas más castigadas, junto a Ciudad Real y Albacete. En el sur, la desigualdad social, la presencia de grandes propiedades agrarias y las limitaciones de las zonas de secano agravaron las consecuencias de la falta de alimentos. El historiador destaca especialmente Almería, donde ha encontrado algunos de los testimonios más duros de su investigación, en particular en la comarca de Níjar y otros municipios de secano. “Si tuviese que haber un monumento a la hambruna, que no lo hay, en España, yo creo que tendría que estar en Almería”, afirma.
El papel de la mujer como salvadora social
La memoria de aquella experiencia sobrevivió pese a los intentos de la dictadura por justificar los llamados “años del hambre” mediante los efectos de la guerra, el aislamiento internacional y la sequía. La transmisión familiar conservó una parte de lo ocurrido a través de recuerdos y comportamientos cotidianos. “¿Cómo en Andalucía no se toleraba que dejásemos nada en el plato?”, se pregunta Del Arco al recordar cómo las consecuencias del hambre pasaron de una generación a otra. En esa memoria, las mujeres ocuparon un lugar fundamental. Fueron quienes, en muchos hogares, sostuvieron la supervivencia de las familias mediante trabajos precarios, intercambios, pequeños hurtos y redes de ayuda mutua. Algunas recurrieron incluso a la prostitución para conseguir alimentos o dinero con el que mantener a sus hijos. “Para mí, las más importantes fueron las mujeres”, subraya el historiador, que también las identifica como las principales transmisoras de la memoria del hambre.
La experiencia de la posguerra dejó una huella que, según Del Arco, también condicionó la forma en que una parte de la sociedad interpretó la posterior recuperación económica. Cuando las condiciones comenzaron a mejorar, el alivio se convirtió en un argumento favorable al régimen. “Es curioso cómo algo que provoca el franquismo acaba convirtiéndose como en un gran valor porque al final parece que el franquismo ha traído el desarrollo económico”, explica. Es ahí donde el historiador sitúa uno de los mitos que considera más persistentes en la memoria colectiva: la idea de que la dictadura fue responsable de la modernización económica de España y de que la ausencia de libertades políticas pudo compensarse con el crecimiento. “El mito del desarrollo económico es el que mejor pervive del franquismo”, sostiene.
Su crítica no se limita a la política económica. Del Arco apunta también a la corrupción como un elemento estructural del régimen, ligado al enriquecimiento de quienes podían aprovecharse de las instituciones y del mercado negro. “Si tuviese que destacar algo de Franco y de su régimen, es sin duda la corrupción”, afirma. Y añade: “Un país entero durante diez años viviendo al margen de la legalidad, eso tiene consecuencias”. El historiador considera que revisar esa historia resulta especialmente importante cuando todavía persiste una imagen de Franco como una figura paternalista que habría garantizado la estabilidad y el progreso. “Nos hemos quedado, sobre todo la extrema derecha, con la imagen de ese buen dictador, pero señor mayor, abuelo, que miraba por los destinos de España”, señala.
Del Arco no establece una equivalencia entre aquella hambruna y los problemas económicos actuales. Sí considera, sin embargo, que la historia permite formular preguntas sobre la desigualdad, el precio de los alimentos y la capacidad de las familias para acceder a una alimentación adecuada. “La inflación y los precios son claves para explicar la desigualdad”, afirma, al señalar también el peso de la vivienda en la economía doméstica. El historiador introduce así el concepto de pobreza alimentaria, una realidad de la que, a su juicio, se habla poco porque comer también está rodeado de vergüenza cuando no se dispone de recursos suficientes. “El hambre da vergüenza”, dice. Durante la entrevista, plantea la necesidad de investigar cómo se alimentan realmente las familias cuando los gastos básicos absorben una parte creciente de sus ingresos.
La cuestión de fondo, para Del Arco, es qué papel debe desempeñar el Estado frente a la pobreza y la desigualdad. La experiencia histórica de la posguerra muestra, a su juicio, las consecuencias de unas decisiones económicas que dejaron a amplios sectores de la población sin acceso suficiente a los alimentos. El Premio Nacional de Historia le ha devuelto, finalmente, a las personas que dieron origen a su investigación. Más allá del reconocimiento académico, el historiador asegura que se acordó de quienes murieron durante la hambruna y de quienes lograron sobrevivir en condiciones extremas. “Me salió un sentimiento de acordarme de toda esa gente que se quedó por el camino”, recuerda. “Este libro puede servir también para eso”.