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Cotorra de Kramer: una invasión con solución científica

Cotorra

Las especies invasoras –es decir, aquellas que se han transportado y proliferan fuera de sus rangos de distribución naturales gracias a la acción humana- constituyen una de las amenazas más importantes para la biodiversidad y el funcionamiento de los ecosistemas, causando además, en muchos casos, problemas de salud pública y graves impactos económicos. Frente a estas amenazas, los gobiernos destinan grandes esfuerzos a prevenir la entrada de especies exóticas dentro de sus fronteras o, cuando éstas ya se encuentran presentes, en erradicar (eliminar) o controlar sus poblaciones, manteniéndolas en el último caso en tamaños que minimicen sus impactos. De estas dos últimas medidas, la erradicación siempre es la más deseable, ya que supone eliminar a la especie invasora y a sus impactos, restableciendo o permitiendo la restauración (en la mayor parte de los casos) de las condiciones de los ecosistemas previas a la invasión.

Las acciones de manejo que conducen a la erradicación o al control de una especie invasora implican, en la mayoría de los casos, matar individuos. Cientos de miles de invertebrados, roedores, reptiles o peces son eliminados todos los años en distintos lugares del mundo por sus efectos negativos sobre la biodiversidad, la salud pública o la economía, y estas campañas cuentan normalmente con un apoyo popular importante. Sin embargo, ese apoyo se desvanece e incluso puede tornarse contrario cuando lo que se debe gestionar mediante estos métodos son especies carismáticas que despiertan la simpatía (o la empatía) de la gente, como es el caso de algunos mamíferos o las aves. Dentro de este grupo se encuentra la cotorra de Kramer, considerada como una de las 100 peores especies invasoras de Europa.

La cotorra de Kramer, presente como invasora en buena parte del territorio español además de en otros 35 países, debe su éxito a la combinación de dos factores fundamentales, como son el elevadísimo número de individuos importados para su tenencia como animales de jaula (muchos de los cuales se han escapado o liberado) y la similitud del nicho climático entre sus áreas de distribución nativa (India) y de introducción (Europa). En algunas zonas de Europa, estas cotorras alcanzan poblaciones de miles de individuos y tienen impactos sobre la biodiversidad (especies nativas), la agricultura (incluyen cultivos en su dieta) y la salud pública (son potenciales transmisores de psitacosis al hombre). En Sevilla, las primeras cotorras de Kramer aparecieron a comienzos de los años 90, muy probablemente como fruto de una liberación, en el Parque de María Luisa, de aves incautadas por las autoridades en el mercado de La Alfalfa. De este pequeño grupo fundador, hemos pasado a tener este año (2017) casi 3000 cotorras, congregadas mayormente en dos grandes núcleos reproductores, uno en el mismo parque y otro en el Monasterio de la Cartuja. Estas cotorras tienen un impacto significativo sobre dos especies nativas de gran interés de conservación, como son el nóctulo mayor (un murciélago forestal) y el cernícalo primilla. Ambas especies, al igual que las cotorras, crían en oquedades, un recurso escaso en los medios urbanos donde las tres especies conviven. El resultado es desastroso: las cotorras de Kramer, muy agresivas, desplazan a los cernícalos y murciélagos de los agujeros, llegando incluso a causarles la muerte. La mayor colonia europea de nóctulo mayor localizada en el Parque María Luisa está hoy día confinada a un puñado de árboles a consecuencia del aumento en la ocupación de agujeros por las cotorras (han pasado de 75 árboles ocupados en 2003 a 14 en 2017), y la colonia de cernícalos primilla situada en la Iglesia del Salvador muestra una marcada tendencia negativa desde 2013, paralela al aumento de nidales ocupados por cotorras. Además, ya se empiezan a detectar los primeros impactos sobre los cultivos (principalmente girasol y frutales), aunque la elevada disponibilidad de alimento presente en las ciudades funciona como un colchón que todavía amortigua estos efectos. Finalmente, la presencia potencial de enfermedades que pueden transmitirse al hombre es otro aspecto que preocupa, y mucho, a las autoridades.

Hasta acá, todos estamos de acuerdo en que esta especie invasora supone un problema y que debe gestionarse de la manera más eficiente posible. Para el caso de Sevilla, donde conocemos bastante bien cómo funciona la especie, se ha propuesto llevar adelante un plan de erradicación debido fundamentalmente al tamaño de su población (todavía es relativamente pequeña comparada con el escenario que se observa en otras ciudades europeas) y al aislamiento respecto a otras poblaciones (es decir, no recibe individuos desde zonas periféricas). Este plan de erradicación, que para que sea efectivo y reduzca los efectos negativos sobre las especies nativas debe llevarse a cabo en un periodo de tiempo corto, plantea la eliminación de individuos mediante disparos, única medida de acción que ha mostrado ser eficiente en la erradicación de este tipo de animales. Experiencias previas en otros lugares han mostrado cómo el empleo de acciones menos impopulares como son los desnides, la esterilización o el trampeo de individuos no son efectivos a la hora de reducir las poblaciones de esta especie y obligan a optar por la única alternativa posible de gestión: matar individuos disparando. Todos los escenarios posibles contrastados conducen a esta única opción de manejo. No hay plan B.

La medida se ha hecho pública hace unos meses, probablemente sin las explicaciones que han motivado su elección y eso ha desencadenado un cierto malestar entre distintos colectivos. Sin embargo es, como se menciona anteriormente, una práctica utilizada en otros grupos de organismos sin que nadie se oponga a ello. Uno de los argumentos que se esgrimen en contra de esta medida tiene que ver con el bienestar animal y la alternativa que se propone es la captura y tenencia en cautividad de los ejemplares. Esta opción, además de impracticable, está claramente en contra de los principios éticos que rigen el bienestar animal, entre los que destacan la importancia de evitar el sufrimiento a largo plazo de los individuos. En este sentido, los disparos producen mucho menos sufrimiento a los animales que la captura y confinamiento en cautividad, que han demostrado ser una fuente importante de estrés crónico y mortalidad en aves salvajes mantenidas en jaulas.

Compadecerse del sufrimiento de los animales es una emoción loable y pelear por sus derechos es una causa noble. Sin embargo, eso no es conservación de la biodiversidad. Para conservar la biodiversidad a veces es necesario dejar de ver el árbol para ver el bosque, dejar de pensar en el individuo y centrarse en las especies. En este caso, conservar la biodiversidad y no actuar de manera contundente contra una especie invasora que la amenaza es simplemente imposible. O hacemos una cosa o hacemos la otra. O aplicamos una medida de gestión impopular como son los disparos y matamos a las cotorras o ellas seguirán matando a los individuos de especies nativas con las que compiten. O preservamos dos componentes únicos de la biodiversidad que en España, y en Sevilla en particular, tienen bastiones poblacionales importantes o preservamos una especie invasora ampliamente expandida por todo el mundo. Sólo caben dicotomías. No es posible hacer ambas cosas.

Los resultados científicos que sustentan el plan de erradicación no son opinables sino refutables, y no hay un solo argumento científico que se haya expuesto hasta ahora que los contradiga. La gestión, por tanto, está sólidamente sustentada. La ejecución, en cambio, no depende de los científicos sino de los políticos de turno, que sopesan sus obligaciones con la popularidad de sus actos. Es por tanto importante que la sociedad en su conjunto se haga responsable de la toma de este tipo de decisiones y, a la hora de opinar, ahondemos en los problemas sin recurrir a los sentimientos fáciles que, muchas veces, pueden conducirnos a tomar decisiones poco apropiadas. Es verdad que el tema de las especies invasoras debe tratarse de manera más general, controlando de una forma más seria la entrada de especies exóticas y educando a la sociedad sobre la responsabilidad que conlleva tener animales exóticos como mascotas. Pero cuando el problema ya ha superado esa etapa, también hay que tomar medidas para paliar los efectos negativos que estas especies están produciendo. Nosotros hemos creado el problema y debemos solucionarlo. Y a veces para eso, hay que remangarse los pantalones y meterse en el fango.

NOTA DE LOS AUTORES: Para más información sobre los detalles técnicos del Plan de erradicación, existe un documento disponible para su consulta en

https://documentanimal.wordpress.com/comunicado-csic-kramer/

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