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Una cena

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María y yo llegamos los primeros. Paula y Kike nos reciben. Los mejores anfitriones. La mesa en la terraza. El verano que empieza. Nos han invitado para celebrar eso. Para celebrar un verano que empieza. Otro verano. Medimos la vida en veranos. Cada verano es un triunfo. Luego llegará Luis. El vino que se enfría. Laura y Rafa. Unas pizzas. Mar e Íñigo. Al final una copa.

Hablamos de los sueños de la noche anterior, de antiguos compañeros de carrera. Se nos pasó ya la edad de protagonizar un anuncio de cerveza en una playa de la Costa Brava, veinteañeros que danzan con botellines en la mano. Pero todavía no somos –tampoco nos pasemos– carne de artículo de Manuel Vicent. No veremos aún ponerse el sol desde una barca de pescadores tras el Cabo de la Nao, como dioses antiguos. Somos tierra de nadie. Pero hablamos de las vacaciones y, por eso, sí, hablamos del Mediterráneo. Somos una playa con dos orillas. Somos arena y tierra. Pero somos, en realidad, agua de mar.

Hablamos de los hijos. Alguien pregunta si saben ya lo que quieren ser de mayores. Alguien responde (y quizás nos represente a todos): “Yo todavía no lo sé…”.

Nos hemos juntado para saltar las brasas aún calientes de un solsticio. Hace calor esta noche. Cada verano sigue siendo una aventura.

Si algo quisimos ser fue habitantes eternos del verano. Si algo tuvimos siempre claro fue la verdad sin trampas de una playa. Las olas que empujaban a vivir una vida.

Al llegar el verano comprendemos que de mayores fuimos lo que siempre quisimos.