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A una contra las llamas

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En el momento en que escribo estas líneas, parece que los incendios forestales nos dan un respiro a los aragoneses, aunque con la tercera ola de calor en ciernes más vale que vayamos preparándonos para un nuevo empentón en forma de llamas. Por desgracia, comunidades autónomas vecinas como Castilla-La Mancha y Castilla y León siguen teniendo que luchar para frenar su propagación.

Como periodista, he cubierto unos cuantos incendios; no sé si muchos o pocos, pero sí los suficientes como para tener claro que es en estos complejos episodios cuando se manifiesta una inusual unidad en la sociedad aragonesa. A todos los niveles: las instituciones, el tejido asociativo, los agricultores, los voluntarios o los vecinos sin más adscripción que su vínculo con el pueblo –y con los de su entorno–. Esta vez le ha tocado –tristemente, una vez más; habrá que analizarlo cuando reposemos lo vivido– a las Cinco Villas, uno de los territorios aragoneses con la identidad más marcada, una comarca donde el arraigo va de suyo, no resulta impostado.

Este pasado fin de semana pude comprobarlo por mí mismo en los municipios desalojados, donde –pese a que siempre surgen momentos de tensión, como es lógico– se respiraba un ambiente de todos a una que es muy raro de observar en otros fenómenos similares. Cada uno, con su cometido.

Es así como llegamos hasta un grupo de vecinos que se organizaban desde Uncastillo –qué duro el contraste de ver este monumental núcleo urbano rodeado de una capa gris de ceniza y ramas carbonizadas– para avituallar a los equipos de extinción distribuidos por el entorno. O hasta la denominada 'Tropa de Pancho Villa', el simpático nombre que han adoptado un grupo de voluntarios de Sos del Rey Católico, una villa histórica que sí que se ha podido salvar del incendio. Como vimos a agentes forestales, bomberos y militares de distintos orígenes, como si de un ejército civil se tratase, coordinarse frente al fuego.

Hemos comprobado la dedicación de los equipos de extinción, comenzando por sus responsables operativos: dirigentes políticos al pie del cañón, que se han volcado para aplacar en lo posible las llamas. Hemos visto a dos administraciones habitualmente enfrentadas –al menos, en lo que trasciende, o más bien en lo que los líderes quieren que trascienda– actuar unidas por el fin del incendio; al propio Jorge Azcón reconocer ante los micrófonos la buena labor que ha desarrollado el Gobierno central en esta lucha.

Por supuesto, también hemos sido testigos de la angustia con que los vecinos desalojados en Orés, Luesia o el propio Uncastillo han vivido su situación, sin saber si su propia casa seguía intacta o si lo habían perdido todo.

Ahora llega el día siguiente, tan duro o más que el propio incendio. Hay ya anuncios de millonarias ayudas públicas para recuperar lo perdido; esperemos que se cumplan y que se ejecuten con celeridad. Y esperemos que los de que 'el calor es algo que ocurre todos los veranos', ahora con responsabilidades de gobierno, abandonen el callejón cerril en el que se encuentran instalados, admitan que aquí algo pasa y se arremanguen para ponerle remedio.

Más sobre patrimonio... ahora en Huesca

La iglesia románica de Morcat, la de San Pedro de Lavelilla, la ermita de San Martín de Aguilar, el castillo de Berroy, la iglesia de San Pedro en Castarlenas, la ermita de la Virgen del Tozal, la Casa Ruba de Fanlo o el palacio de los Gurrea en Argavieso. Como te contamos días atrás, el patrimonio protegido se despliega en la provincia de Huesca con la misma intensidad con que se viene abajo, debido a la fatal unión del deterioro y la desidia institucional.

Es cierto que los recursos son finitos, que se trata de un problema generalizado a nivel nacional y que hay un factor diferencial a la hora de predecir la ruina, como es la despoblación: ahí donde deja de haber vecinos es fácil aventurar que no se va a actuar.

Ya en la capital altoaragonesa, la pasada semana fuimos testigos de un suceso que afecta más al patrimonio sentimental que al material: el robo de la escultura dedicada a George Orwell. El autor de '1984' prometió en su 'Homenaje a Cataluña' que, de volver a España, se tomaría un café en Huesca. Esa imagen quedó inmortalizada en el parque Miguel Servet con una obra fruto del micromecenazgo –un bajorrelieve obra de Javier Sauras– que ahora ha desaparecido, no se sabe si fruto de un acto vandálico o de qué.

Y, de regreso a Zaragoza, más de lo mismo. Esta vez le ha tocado a un edificio del barrio de la Magdalena, en la calle de las Arcadas, representativo de la arquitectura tradicional zaragozana de principios del siglo XX y ahora declarado en ruina: de nuevo, ni fachada ni nada. La capital aragonesa se ha convertido en gran medida en una ciudad que, como dice Daniel Aquillué, “pierde su esencia y su tradición”.

Un último apunte que se escapa un poco a la cuestión: apostemos por recuperar el antiguo Casino de Montesblancos, símbolo del oropel en los años ochenta del siglo pasado, situado en una enorme finca de 300 hectáreas en Alfajarín y propiedad desde hace años del Gobierno de Aragón debido a los impagos de sus propietarios.