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Lobby is in the air

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145 personas muertas no parecen importarle a nadie. ¿Qué son entre dos mares que se han tragado ya la vida de más de 2.000 este año?. Las cifras que da la Organización Internacional para las Migraciones, que depende de Naciones Unidas, son escalofriantes. Al menos si eres capaz de ver algo más que números, claro, que a estas alturas no parece común. El intento de alcanzar las costas europeas por parte de quienes tienen tan poco que perder que están dispuestos a jugarse la vida en alta mar es una tragedia humanitaria. Pero eso –que es el tema central de todo y de una gravedad extrema– ha quedado relegado en el debate público porque el interés de algunos es otro.

En suelo patrio sobran las sobreactuaciones de unos y las dilaciones inexplicables de otros. La oposición usa Ceuta como lo hizo con Venezuela, escenificando en la calle unos apoyos que tienen menos consistencia que un terrón de azúcar en el café. A los ceutíes hay que mostrarles apoyo, desde luego, porque la situación es insostenible. Y buena parte de esa culpa es de la lentitud dolorosa del Gobierno que, más allá de saber o no lo que podía pasar, ha sido extremadamente lento reaccionando a lo que ya ha pasado. El Gobierno debe cumplir la legalidad internacional, pero también debe atender con urgencia y en condiciones a los inmigrantes que todavía quedan en la ciudad autónoma, por ellos y por los ceutíes. En la cadena de despropósitos que ha desatado la actual crisis quedan retratados también los que, de nuevo, vuelven a usar a los niños desamparados para hacer oposición, rechazando su reparto como si se tratara de paquetes. Mucha patria y poca vergüenza.

Que la soberanía y la seguridad de nuestras fronteras debe estar garantizada es algo que está fuera de toda discusión. Debe ser y es una prioridad para cualquier gobierno. Pero no solo debemos protegernos de entradas trágicas de personas como la que se ha vivido en Ceuta estos días, también de quienes las organizan, las alientan o sacan tajada de ellas. El área de inteligencia del Servicio Europeo de Acción Exterior relata en un informe la injerencia rusa sobre la ciudad autónoma. Ha registrado hasta 2.000 mensajes emitidos cuya idea principal era que Europa es vulnerable por una política fallida de inmigración. El mismo mensaje, esta vez en público y sin pudor, lo amplificaba Donal Trump: “Eso seremos nosotros en tres años si el bando equivocado llega al poder.” Y desde Italia, en una violación de la legalidad europea, Meloni decidía poner en suspenso el espacio Schengen para todos los ciudadanos españoles. Una teatralización exagerada para una superprotección ficticia.

Hay un interés manifiesto de la ultraderecha a nivel internacional en subrayar que el principal problema de las sociedades desarrolladas son los inmigrantes. No es cierto. Y es ridículo. De hecho son sus economías las que más dependen de la mano de obra extranjera debido al envejecimiento de su población y la bajada de la natalidad. Son habas contadas. Pero el mensaje ha calado. La presión de lobbies, bots y líderes fascistas han conseguido esparcir el odio y el racismo. Cuestionar los Derechos Humanos, dividir a la sociedad y erosionar a la instituciones es el abecé para destruir democracias. Todo está en marcha.