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Crítica

‘Dulce sabor a muerte’, una flamante prueba de que la IA es patética (y de que a veces el gore no es tan divertido)

Ari Millen es el heladero de 'Dulce sabor a muerte'
3 de septiembre de 2026 22:08 h

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Su regulación ya estaba presente entre las reclamaciones de intérpretes y guionistas durante la huelga de 2023, y un par de años después la Academia decidió pasar a exigir que se informara de su utilización a la hora de seleccionar las películas oscarizables. Aun así, es fácil proponer que no ha sido hasta este año, 2026, que la Inteligencia Artificial generativa ha empezado a estar a la orden del día en Hollywood. Coincidiendo con lo que ya hay quien declara el pinchazo de la burbuja, e invadiendo la actualidad mediática a base de grandes anuncios y breves controversias.

Así que, al margen de cierta patente que un tipo tan emprendedor como Ben Affleck ha logrado endilgarle a Netflix —en paralelo a que la plataforma admita haber usado esta tecnología con profusión durante los últimos meses—, y pasando por encima de la decepción que Scorsese ha hecho cundir entre la cinefilia por su empeño en agilizar los storyboards, nos topamos con que la incorporación de la IA al tejido industrial se traduce en dos tipos de actitud. Por un lado, la arrogante o mesiánica, la que se empeña en vendernos su carácter revolucionario. Es la de Darren Aronofsky con cierta miniserie espantosa centrada en la independencia de EEUU, o Doug Liman con una película titulada Bitcoin (¡) que asegura haberse ahorrado millones en localizaciones.

Ambas han hecho un uso prominente de la tecnología y deben presumir de ello, pues en ello les va el dinero y la inversión. Es la actitud contraria a la que nos interesa ahora: la del disimulo. La que se ajusta al meme aquel de “profe no lo hicimos” y que en cuanto es descubierta se granjea críticas en redes tan hostiles como mordaces y despectivas. Porque cómo vamos a respetar que tanto Supergirl como Spider-Man: Brand New Day, con tal cantidad de material gráfico a sus espaldas, recurran a la IA para sus diseños. Cómo nos va a respetar nadie, deben ser conscientes algunos de estos espabilados cineastas, si la gente llega a descubrir lo cutres que somos.

Eli Roth durante la promoción de 'Dulce sabor a muerte'

Es un poco más grave cuando hablamos de blockbusters con tantos recursos como dispone el cine superheroico, pero el sentimiento de vergüenza es equivalente y es el que mueve a los realizadores a fingir hasta el final. Hasta que alguien les acorrala, y el director Adam Shankman confiesa que hubo un poco de IA en los efectos visuales de Stop! That! Train! (comedia de acción encabezada por RuPaul aún inédita en España) días antes de que Eli Roth haga lo propio con Dulce sabor a muerte.

El caso de Dulce sabor a muerte, que ha llegado finalmente a nuestro país tras su estreno estadounidense a principios de agosto, resulta sugerente en especial. Porque su argumento permite proclamar risueñamente que a Roth “le han pillado con el carrito del helado”, y sobre todo porque el perfil de este director, la forma en que ha empleado la dichosa tecnología para este film, ilustra a la perfección cuál es la ideología, así como secreta, que encubre tanta fruición por la IA.

El verdadero cerebro de la Inteligencia Artificial

Clement Tyler Obropta, vía Film Inquiry, se ha mostrado duro contra Dulce sabor a muerte al punto de llamar al boicot. “No paguéis por películas o series que usen IA generativa. No las critiquéis. Y, si sois editores, no solicitéis ni publiquéis críticas de estos proyectos”. Es un llamamiento plenamente legítimo y merecedor de nuestro apoyo, pero por ahora, en lo relativo a Dulce sabor a muerte, sería una pena privarse de analizar sus particularidades. Porque el director Eli Roth dijo inicialmente que no habían usado IA en absoluto. Incluso presumió de haber dibujado y animado él mismo la pieza en blanco y negro que enloquece a los críos de la película.

Dulce sabor a muerte cuenta básicamente cómo un siniestro heladero (Ari Millen, visto en Orphan Black) llega a un pueblo de lo más tranquilo donde, una vez los niños comen los productos que trae este visitante, se desata la masacre. Los niños se vuelven contra los adultos para asesinarlos a lo bestia, estilo Chicho Ibáñez Serrador, luego de que la citada pieza de dibujos animados (inspirados en los años 20, entre Disney y Fleischer Studios) termine de activar en sus cabezas la sed de sangre. Roth aseguró, entonces, que él se había encargado de la animación y de buena parte de los diseños, que en el film aparecen tanto en movimiento como adornando el carrito de los helados del villano.

Lo que pasó después es que la gente empezó a ver la película, se fijó en la presencia en los créditos de una conocida empresa de IA (DarkHalf) y la máscara cayó. Roth tuvo que confesar que sí, que habían recurrido a ella —“Me expresé mal. Tuve la oportunidad de unir tecnología y creatividad para llevar a cabo mi visión de la película”, dijo textualmente—, sin dar más detalles. Aunque no es que sea necesario. Los rastros de la IA generativa y sus inercias son bien visibles en Dulce sabor a muerte, en materia de duplicado automático de elementos y un movimiento robótico que nada tiene que ver con el modelo rubber hose (“manguera de goma”, como se la conocía por los brazos bamboleantes de los personajes) que tanto se estilaba en la animación primitiva estadounidense.

Fotograma de 'Dulce sabor a muerte'

También se percibe en los diseños como tal, genéricos por fuerza y apegados rutinariamente a esta escuela. Es la iconografía que acompaña al heladero y Roth podría justificarlo si se le hubiera ocurrido: ¿no encaja esta estética moribunda con un psicópata así, no podría ser esta reinterpretación de motivos adorables algo remitente a los animatrónics de Five Nights at Freddy’s? Pues podría ser, claro. Podría tratarse de un uso intencionado, estilo lo que un director tan intelectual como Radu Jude hizo para reírse de la tecnología (sin demasiada gracia, todo hay que decirlo) en su reciente versión de Drácula. Pero hablamos de Roth. Además de una película baratísima, auspiciada por un sello que él mismo montó el año pasado (The Horror Section) y, por tanto, beneficiada de una opacidad en su desarrollo muy útil para no llamar la atención antes de tiempo.

Unir esta coyuntura al clima general que la IA ha implantado en Hollywood —llamando la atención de cualquier ignorante avaricioso o cuñado prototípico con algo de poder—, bastaría para aclarar el enclave de Dulce sabor a muerte. Y, sin embargo, merece la pena ahondar un poco más en su director. ¿Quién es Eli Roth? Antes de nada, es un sionista entusiasta que desde los atentados del 7 de octubre ha defendido cada decisión del Estado de Israel y deseado que Greta Thunberg sea “devorada por caníbales”. También es uno de los máximos promotores del torture porn en EEUU, ese terror fundamentado en el gore y el sadismo que representaría Hostel en su máximo esplendor.

Roth se hizo un nombre durante el estallido de este movimiento a poca distancia del Nuevo Extremismo Francés, a mediados de los 2000. Ha pasado su tiempo desde entonces y se nota en el escasísimo impacto con el que Dulce sabor a muerte encadena atrocidades y mutilaciones de los niños contra sus padres. El tono, desde luego, apunta a una comedia negra que elude una auténtica empatía, y no obstante también desde este ángulo todo parece trasnochado: por comparar con un fenómeno similar las películas de Terrifier son mucho más ingeniosas y, sobre todo y en lo que sería la clave, traslucen una dignidad artesanal que en Dulce sabor a muerte ni está ni se la espera. Una falta de talento que, por otra parte, es extrapolable a la totalidad de la filmografía de Roth.

Por decirlo sin tapujos, Roth siempre ha sido un realizador de lo más incompetente. En el sentido más riguroso de la expresión, el que impele a una puesta en escena con unas mínimas nociones formales. Lo sufríamos cuando debutaba con Cabin Fever en 2002 y podíamos achacarlo a la inexperiencia o el bajo presupuesto, pero una vez se suceden los años y las películas espantosas… ha de tratarse de una militante ineptitud. Que también estaba cuando la explosión del torture porn, solo que aquí más que la negligencia a la hora de narrar en imágenes molestaba la mezquindad.

Una película sin mensaje

La cinta muestra la capacidad de despojar al gore de todo lo que pueda tener de gracioso, en función a un alarde de misantropía y gruesas notas reaccionarias —sobre todo entre Hostel y Green Inferno, miserable crítica a la supuesta doble moral de los discursos ecologistas sazonada con un rampante racismo—, que con el tiempo se han ido moderando para constituir simplemente entretenimientos pobres e inofensivos. Caso de Black Friday, con su facilona crítica al consumismo, o del que puede ser uno de los peores blockbusters de los últimos años, Borderlands.

Tal es el individuo que firma Dulce sabor a muerte. Tal es su falta de talento, que va desde una chocante incapacidad a la hora de describir el espacio de acción —la lamentable secuencia inicial—, hasta una planificación pesadillesca de los diálogos a costa de una falta de ritmo y escritura que agrava las carencias descritas. Si bien cabe celebrar de Dulce sabor a muerte que por una vez no pretenda subrayar ningún mensaje —decantándose por un desenlace sombrío que podría haber encajado mejor si no culminara semejante chapuza—, volvemos a lidiar con una ortopédica banalidad donde da igual que se quiera jugar malévolamente con los imaginarios infantiles: la ejecución es tan penosa que no hay forma de que el juego prospere. La complicidad tiende a cero.

Y finalmente, una vez nos recuperamos y apartamos los restos de carroña de nuestros ojos, se abre paso una idea feliz. Esta apunta a que, si quienes sacan más provecho de la IA —quienes más necesitan recurrir a esta tecnología contaminante diseñada para estimular la pereza y amodorrar la creatividad— son tipos tan mediocres como Eli Roth, la dignidad y el orgullo siguen de nuestro lado. Lo único que merece este percal es todo nuestro desprecio.

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