Charli XCX gestiona la resaca 'brat' lanzándose como actriz y con un homenaje a los señores que le apasionan
Ahora que ha pasado un tiempo prudencial podríamos proponer que ser una persona “brat” es lo mismo que ser una persona bastante nihilista. Aun así, el término estuvo tan de moda en el verano de 2024 —el Brat Summer, para más señas— como para que la propia Charli XCX tuviera que correr a definirlo una vez el disco homónimo amasaba un éxito sin precedentes en su carrera, aseverando que aquello de “mocosa” o “mocoso” remitía a una persona desastrosa, a la que le gusta salir de fiesta y hacer idioteces de vez en cuando. “Que se siente ella misma aunque pueda venirse abajo. Muy honesta, un poco volátil y como que hace cosas estúpidas. Y es brat. Tú eres brat. Eso es brat”.
¿Kamala Harris era brat entonces? Cuando la candidata del Partido Demócrata se apropió de la palabrita de cara a las elecciones presidenciales muchos se sintieron ultrajados, todo perdió gracia abruptamente y el Brat Summer concluyó como una intensa exhalación. Aun así, ¿con qué autoridad podíamos establecer qué es o no es brat, si la etiqueta es así de voluble (“volátil”) y solo refiere a una vaga actitud de estar frente al mundo altamente contagiosa, ferozmente contemporánea? Es una actitud en la que cualquiera puede reconocerse, pues no solo apela esa autenticidad que, sea aspiracional o autocomplacientemente, tan bien cotiza en nuestro tiempo, sino también al presentismo y la búsqueda del placer de forma irresponsable, sin rendirle cuentas a nada ni a nadie.
Declararse brat es lo mismo que aceptar que no existe un futuro o una trascendencia. Que podemos fiestear sin pensar en el mañana, 365, en un verano eterno de gozo y desenfreno. Así que tiene mucha lógica que el final del Brat Summer haya sido tan traumático para su creadora. Una vez se agotó el frenesí y tocaba preguntarse “y ahora qué”, la reacción de Charlotte Emma Aitchison no ha podido menos que ser errática, fundirse en el familiar shock que sobreviene cuando prenden las luces de la discoteca y nos vemos rodeados de rostros demacrados. Music, Fashion, Film es el disco que ha venido a continuación. Charli XCX lo publicó el pasado 24 de julio, dos veranos después del Brat Summer, y no es que haya estado desaparecida entre tanto ni mucho menos.
De hecho, y ya que este 28 de agosto se estrena en cines en España —tras su paso por el Atlàntida Mallorca Film Fest— Erupcja (Filmin), una minúscula película independiente con Charli XCX de protagonista, es posible reconstruir una cronología muy reveladora. Descubriendo así que lo primero que hizo la artista británica cuando lo brat no daba más de sí fue marcharse a Polonia en compañía de un cineasta estadounidense llamado Pete Ohs.
Después del verano
El rodaje de Erupcja tuvo que ser, por fuerza, revelador para Aitchison. En los casi dos años transcurridos desde entonces hemos asistido a un viraje interesantísimo en su figura pública, pasando del descaro arrogante de Brat a las humildes palabras con las que comienza el making of de Music, Fashion, Film: “Adoro la música, la moda y el cine, pero no es que sea una experta en ninguna de esas cosas. Simplemente son parte intrínseca de lo que es mi vida”, admite la cantante poco antes de que irrumpa Rock Music, primer tema del álbum, y se la escuche cantar “I think the dance floor is dead”, “creo que la pista de baile ha muerto”.
La portada de Music, Fashion, Film reúne a tres representantes de estas tres pasiones de la artista: el músico John Cale, el diseñador Marc Jacobs y el cineasta Martin Scorsese. La lectura es sencilla y apuntaría a que, como forma de superar el final del Brat Summer —y sobreponerse a la que indudablemente va a ser la cumbre de su carrera, el fenómeno cultural por el que se la recordará—, Charli XCX se ha refugiado en sus pasiones. Se ha apartado asimismo del hyperpop y el espectro ravero que intensificaban la euforia de Brat en favor de guitarras eléctricas y algo, concedamos, similar al rock, pero lo verdaderamente significativo del disco pasa por este diálogo que Charli XCX entabla con la música, la moda y el cine. Con especial importancia de este último.
Al fin y al cabo es sobre todo lo que ha hecho en estos dos años: probar suerte en la industria cinematográfica. No es que haya sido una sorpresa. Los coqueteos de Charli XCX con el cine se remontan a su primerísimo disco, en 2013, con el título True Romance, citando directamente la película de Tony Scott (conocida en nuestro país como Amor a quemarropa), y han llegado a venirle muy bien para consolidar su título de abanderada de la generación milenial —como muestra su tema 1999, consagrado a la nostalgia de esa época con citas a Titanic y Matrix— mientras, por supuesto, iban llegando colaboraciones sustanciosas. Películas como Bajo la misma estrella, El club de las luchadoras o Barbie pudieron entonces beneficiarse de sus composiciones.
Pero indudablemente hay un cambio después del Brat Summer. La aportación a las bandas sonoras da forma a discos enteros —caso del estupendo álbum que acompañó a Cumbres borrascosas de Emerald Fennell, precediendo otra contribución al repertorio de Anne Hathaway en Mother Mary— y, sobre todo, empiezan a llegar los pinitos como actriz. A una velocidad ciertamente sorprendente, elucubrando Music, Fashion, Film tras una parálisis creativa —ella misma lo ha confesado— que se traduce en festivales de cine independiente con varias películas de Charli XCX en la programación. Erupcja se proyectó originalmente en el festival de Toronto de septiembre de 2025, acompañando una sátira de Romain Gavras titulada Sacrifice donde Aitchison contaba con un pequeño papel.
Más tarde, en el festival de Sundance a principios de este año —dejando por ahora de lado un controvertido filme de terror, Faces of Death—, nos topamos con I Want Your Sex de Gregg Araki y The Gallerist de Cathy Yan. Y, naturalmente, con The Moment. La respuesta más directa posible al Brat Summer: una sátira sobre el mundo de la música donde Aitchison se interpreta a sí misma —algo que ya había hecho brevemente en una serie previa de Amazon, Impostura— en medio de una delirante campaña por alargar el verano todo lo posible. Este filme de Aidan Zamiri —director de algunos de los videoclips de Charli XCX— buscaba ahondar en ese temible “y ahora qué”.
No es que fuera gran cosa, por lo demás. La película mostraba a Aitchison atrapada en una maquinaria agónica, cansada de la fiesta y buscando algo nuevo a lo que aferrarse sin que esta desigual comedia llena de vacuos estilismos a lo Succession —compartiendo incluso a Alexander Skarsgård en un rol secundario— llegara a encontrarlo. Solo atinaba a enunciar esa necesidad, a representarla en un momento previo a lo que parece haber conseguido en Music, Fashion, Film: no hablar de ella misma, sino de lo que le gusta. Algo que se parece mucho a la humildad, y justo de humildad habla Erupcja. La obra que realmente lo empezó todo.
La protagonista que ya no quiere serlo más
Resulta apropiado, entonces, que el estreno español de Erupcja le quede tan cerca a Music, Fashion, Film. Pete Ohs es un director independiente adscrito tardíamente al mumblecore —ese cine estadounidense minúsculo que durante los primeros 2000 se ceñía a treintañeros balbuceando sus diálogos (mumble)— y planteó Erupcja no solo como un divertimento ligero, sino como un escenario de trabajo colaborativo, algo así como horizontal: el guion de esta dramedia fue escrito por él junto al resto de intérpretes, incluida Charli XCX. Ella encarna a Bethany, que durante un viaje a Varsovia en compañía de un novio (Will Madden) a punto de pedirle matrimonio se reencuentra con una presencia del pasado (Lena Gora) con quien acostumbra a tirar su vida por la borda.
La relación episódica de Bethany y Nel es de lo más intensa, porque cada vez que cruzan sus caminos un volcán entra en erupción en algún rincón del mundo. Es lo que sucede, se reencuentran y la tierra tiembla, son el centro del universo y, por así decirlo, las únicas personas que existen. Erupcja, durante 70 concentradísimos minutos, ahondará en esta relación y en las consecuencias desagradables que tiene para la gente de alrededor, así como para las propias amigas/amantes cuya filiación volcánica ha sumido en un estado continuo de inmadurez. Su egoísmo hedonista, su incapacidad para comprometerse, vertebra una idea clarísima por mucho que la interpretación de Aitchison sea tirando a taciturna: es una brat. Sigue siendo una brat.
Nos reencontramos con ese nihilismo veraniego en las calles de Varsovia, en torno a una huida constante que la propuesta de Ohs, sin tampoco cargar demasiado las tintas —sus inquietudes, en la línea de Lost in Translation, apuntan más a la capacidad de una ciudad ajena para intensificar el extrañamiento social—, describe atendiendo al muro con el que siempre habrá de chocarse. Una cosa es que lo aprendan o no, pero lo que Bethany y Nel necesitan esencialmente es salir de su ensimismamiento, del modo que sea. La estrategia que Charli XCX parece haber encontrado en el mundo real no radica tanto en afrontar otros desafíos artísticos o diversificar su firma —algo a lo que ya nos tiene más que acostumbrados la escena pop— como en encomendarse a sus pasiones.
Un viraje que, sí, pasa porque ahora quiera demostrar que puede hacer cine, pero es algo distinto a lo de Rosalía con aquel pintoresco personaje de Euphoria. Mientras que esta se apunta a la serie más popular de HBO, Charli XCX transita por el cine indie y, discretamente, sigue interrogándose a sí misma. Comprende que lo único que queda de Brat es el recuerdo de su elaboración, fuera de las recompensas instantáneas de un mundo finalmente engañoso de tan emborronado que está por su propio ego. Queda el vértigo de haber creado, y la pasión con la que sea capaz de afrontar un futuro fuera de ese disco (ese Momento), conformada a su vez por otras muchas pasiones.
Son pasiones que desbordan la individualidad de Aitchison y la conducen, por ejemplo, a dedicarle una bella canción de amor a su productor A.G. Cook en este último disco, Magic Metal Montana. O a un estremecedor corte final donde David Cronenberg se pregunta por cuál es la verdadera trascendencia. Y confluyen, sobre todo, a este homenaje a la música, la moda y el cine que desde luego tiene mucho de infantil, pero solo porque sentirse niña y no mocosa —ser proclive al asombro, a que siempre pueda haber algo más— es condición de posibilidad para esquivar la tentación nihilista. “Nothing’s gonna save us, not music, fashion or film”, canta Charli en otro tema. Y mientras canta sonríe melancólicamente, pues ya se ha acabado el verano y tampoco pasa nada.
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