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Perplejidades

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Cuentan de Eugeni d’Ors aquello que dijo de que “a las siete de la tarde en Madrid, o das una conferencia, o te la dan”. Eso ahora lo podemos aplicar a Madrid y casi a cualquier sitio. Sobre todo, porque las conferencias no suceden ya en ningún lugar. El escenario de una conferencia es hoy como una dark kitchen. Te la llevan a tu casa o a donde quieras. Yo –os confieso– soy adicto a las charlas en YouTube. Mis hijos se ríen de esos vídeos de gente hablando que suelo ver. Es una maravilla YouTube. Si la fotocopiadora y el karaoke fueron los grandes inventos del siglo XX, sin duda YouTube lo es del XXI. Donde esté YouTube que se quiten las IA’s generativas y todo lo que esté por llegar. YouTube es imbatible. Es un gran supermercado para boomers.

Bueno, pues el caso es que toda esta introducción era solo para contaros que el otro día estaba yo viendo una conferencia en YouTube y el tipo que hablaba dijo que, en las conferencias, en atención a la gente que ha salido de su casa para escucharte (¿aún queda?), tienes que decir frases rotundas. Eso me causó cierta perplejidad porque, efectivamente, cumplió su palabra y comenzó a pronunciar una sucesión de estupideces. Por otra parte, esa voluntad de espectacularidad habría estado muy bien si el conferenciante no se hubiera dedicado a leer su intervención de principio a fin. Eso me provocó mayor perplejidad. El escritor Juan Luis Saldaña llamaba a los profesores de la universidad que hacían eso ‘dictadores’.

Otra cosa que he hecho esta semana ha sido precisamente leer un trabajo reciente de un profesor al que conozco desde esos años. No era un profesor dictador. Era de aquellos que gustaba de enmarañar lo claro. Leer su texto, sin embargo, no me ha causado perplejidad. He comprobado que sigue en plena forma. De él se decía –y puede seguir afirmándose– una de esas frases rotundas. Otra que también se inventó d’Ors: “Puesto que no podemos ser profundos, seamos oscuros”.