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¿Serás mejor que un robot?

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Se ha completado la instalación del software. Se han copiado los archivos necesarios y configurado el sistema para que esté listo. Solo había que ejecutar el programa ¡Et voilà! La era de la estulticia está operativa. Para mí todo empezó —o al menos comencé a percatarme— cuando caló como revolucionaria la idea de que “gracias” a una app podías pedir que te trajeran cualquier cosa a casa. La compra, la cena, cualquier cosa menos derechos laborales para el que te la trae. 

El envío a domicilio ya estaba inventado. Hacerlo sencillo desde el móvil con una interfaz atractiva les pareció a muchos el sumun de la modernidad. A mí, el de la precariedad cuando al pasar por los establecimientos de comida rápida de moda solo veía a grupos de jóvenes sudamericanos con patinetes o bicicletas sentados en el banco más cercano o en el poyo de la ventana esperando a rascar una miseria porque tú no muevas un dedo desde casa. Su oficina, la calle. ¡Wow!

El otro hito fueron los taxis sin licencia. Coches que vienen a recogerte haciendo la competencia desleal a un sector que en España está regulado. Pero ¿qué más da? Es muy fácil, mira. Le das aquí, te dice a qué hora viene y lo que te va a costar. ¡Ah!, y te dan una botella de agua. ¡C'est magnifique! El clic es tan sencillo, tan apetecible, que lo que hay detrás se olvida rápido. Y además, aunque yo no lo haga si lo hacen los demás… ¿Adónde vas, Vicente?

La capacidad de una pantalla para cambiar conciencias es todopoderosa. Y todo aquel que tiene un interés por lucrarse o por manipular masas sabe que es El Anillo Único. A estas alturas ya es difícil saber qué tiene más peligro, un bot que no es real o un tonto de carne y hueso. Los primeros influyen pero no votan, los segundos ejecutan sin saber muy bien de dónde les han venido las ideas. Los mensajes políticos se simplifican hasta elevar la necedad a la categoría de dogma y el cerebro humano se va convirtiendo en una especie de blandiblú que dentro de poco solo nos permitirá balbucear. 

Últimamente se habla mucho de que no hay conciencia de clase. No es eso, es que la conciencia a secas se ha desinstalado. Fue a la papelera con el pensamiento crítico. Esas apps que colonizan nuestro tiempo y que adoptamos sin pensar porque las podía manejar un tonto han demostrado que era exactamente así. Las maneja un tonto, nosotros. Las dirige un avispado millonario que disfraza de burbuja de libertad un espacio de censura y manipulación. Empezamos con las fake news, ya estamos en los deepfakes y vaticino que nos quedan muchas profundidades de la mentira por explorar. 

Con el desarrollo cognitivo comprometido por la temprana exposición a las pantallas, el libre albedrío gobernado por el algoritmo y la reflexión entregada a los tips que nos resuma la IA va a ser muy difícil discernir la verdad de la mentira, lo moral de lo inmoral. Llegados a un punto quizá si nos sustituyen por robots serán mejor que nosotros.