El pequeño pueblo de Pontevedra para darse un refrescante chapuzón de agua dulce rodedado de robles y alisos
En la provincia de Pontevedra, a tan solo 22 kilómetros de la capital, la pequeña Cerdedo-Cotobade es una localidad ideal para los amantes del agua dulce. Este municipio, nacido de la fusión de dos tierras históricas, se extiende sobre más de 200 kilómetros cuadrados de pura naturaleza y un vasto patrimonio arquitectónico. Se ha consolidado como uno de los lugares con mayor oferta de playas fluviales de toda Galicia, convirtiéndose en el refugio estival ideal para quienes buscan calma. Su ubicación estratégica lo sitúa como un nexo fundamental entre las ciudades monumentales de Santiago u Ourense y las costas de las Rías Baixas. Aquí, el rumor constante del agua invita a los visitantes a sumergirse en un paraíso de tranquilidad absoluta rodeado de bosques centenarios.
Cada una de sus parroquias guarda un secreto natural esperando ser descubierto por el viajero que huye de las grandes aglomeraciones costeras. Es, sin duda, un escenario donde la frescura de los cauces fluviales se entrelaza con una historia milenaria de tradición popular y trabajo. El ecosistema de la zona está dominado por la imponente presencia del río Lérez, un cauce incluido en la Red Natura 2000 que garantiza la conservación de su biodiversidad. Sus orillas están protegidas por un frondoso bosque de ribera donde los alisos, sauces y el helecho real despliegan sus ramas sobre aguas oxigenadas. En las laderas y zonas de relieve más accidentado, los bosques de roble común persisten como los grandes guardianes del paisaje interior tradicional.
Este entorno silvestre es el hogar de especies fascinantes como el martín pescador, el mirlo acuático y la trucha, que habitan en tramos de gran valor. También es posible encontrar endemismos locales como la salamandra rabilarga o el lagarto de agua, que dependen de la extrema pureza de estas corrientes. La vegetación autóctona, que incluye laureles e hiedras, crea una atmósfera mágica de sombra y frescor incluso en los días más calurosos del verano. El aire que se respira en estos senderos ribereños está impregnado del aroma de la tierra húmeda, el musgo y la madera de árboles centenarios. La simbiosis perfecta entre el agua cristalina y la flora autóctona define la identidad visual de este paraíso escondido de la provincia.
El río Almofrei es el protagonista de varios de los enclaves más populares para el baño, destacando por su configuración natural y la gran calidad del agua. En la parroquia de Carballedo se encuentra la playa fluvial de A Chan, donde se aprovechó una antigua presa para crear una piscina de corrientes muy calmas. Este espacio cuenta además con una piscina infantil y un albergue que atiende a los numerosos peregrinos que recorren las rutas jacobeas cercanas. Siguiendo el curso del mismo río, la playa de A Xesteira ofrece un entorno pintoresco donde el cauce forma un meandro aprovechado para el ocio estival. Otro punto emblemático es Pozo Negro, en Rebordelo, un área recreativa que dispone de playa, piscina para los más pequeños, barbacoas y un parque infantil. Estos arenales fluviales permiten un contacto directo con la naturaleza sin renunciar a las infraestructuras necesarias para el descanso y la diversión.
Las aguas del río Lérez y del río Castro también ofrecen rincones inolvidables para disfrutar de un chapuzón rodeado de infraestructuras recreativas de primer nivel. En Tenorio se sitúa la playa fluvial de Calvelo, un espacio de baño integrado en un entorno arbolado dotado de mesas y bancos para comer al aire libre. Este lugar destaca por su proximidad a un puente colgante, lo que añade un toque de aventura a la jornada de descanso bajo los robles. Por su parte, la playa fluvial de Cerdedo se ubica en las proximidades del Monte Seixo, bañada por las frescas aguas de montaña del río O Castro. Este complejo dispone de una zona de baño natural y una piscina lateral, además de áreas diseñadas para realizar actividades deportivas de diversos tipos. La calidad excelente certificada de estas aguas continentales convierte al ayuntamiento en un referente de salud y ocio ecológico en toda Galicia.
Todas estas zonas están rodeadas de robledales y vegetación de ribera que proporcionan sombras naturales muy apreciadas durante las largas tardes. Es el destino ideal para familias que buscan seguridad, aguas cristalinas y un entorno paisajístico de gran valor estético para sus vacaciones. Más allá del alivio térmico, Cerdedo-Cotobade es una tierra que se debe comprender a través de la maestría de sus antiguos y talentosos canteros. Conocidos popularmente como “barrocos”, estos artesanos de la piedra recorrieron toda España dejando una huella imborrable de su ingenio y técnica constructiva. El legado arquitectónico es omnipresente, con iglesias románicas y barrocas que se alzan con orgullo entre la maleza y los claros del bosque.
Destacan figuras legendarias como el maestro Cerviño, natural de Aguasantas, autor de algunos de los cruceros más famosos de toda la tierra gallega. La piedra de granito local ha sido moldeada durante siglos para levantar no solo templos, sino también puentes y viviendas de una belleza rústica única. Este vínculo con el material noble de la tierra se percibe en cada muro de mampostería y en cada sillar labrado que adorna sus aldeas típicas. El patrimonio etnográfico es una prueba del arraigo histórico y del protagonismo del trabajo manual de la piedra en esta rica comarca. Caminar por estas parroquias es realizar un viaje visual por el arte de la talla que define la identidad histórica de este rincón pontevedrés.
Hórreos y puentes históricos
Uno de los tesoros más característicos de este paisaje cultural son los hórreos o canastros, elementos esenciales para el secado y almacenaje del maíz. En el municipio se conservan algunas de las agrupaciones más espectaculares de Galicia, conocidas como eirados, que son auténticos monumentos al aire libre. La Eira da Hermida, con sus 21 hórreos en excelente estado de conservación, es un ejemplo magnífico de la arquitectura popular bien preservada. Otros conjuntos notables se encuentran en Pedre, con la Eira Grande, y en Cerdedo, con la Eira da Pena, donde los canastros rodean prados verdes. Estas aldeas típicas, como Filgueira o Serrapio, parecen haber detenido el tiempo, manteniendo sus techos de teja o pizarra y sus fachadas de piedra.
Los puentes medievales y romanos que cruzan los ríos del municipio son hitos cargados de historia, leyenda y una funcionalidad que perdura a través de los siglos. El puente de San Antón, de origen románico, servía como paso obligado para los peregrinos que se dirigían con fe hacia la ciudad de Santiago de Compostela. Alrededor de estas estructuras de piedra han nacido mitos curiosos, como ritos de fertilidad vinculados a las aguas que fluyen bajo sus antiguos arcos. Otro ejemplo notable es el puente medieval de Pedre, cuyas piedras aún conservan las marcas de identidad de los canteros de la Terra de Montes. Estas construcciones unían monasterios y villas importantes, facilitando el comercio de productos tan preciados en la época como el vino del Ribeiro. Hoy en día, muchas de estas joyas arquitectónicas forman parte de rutas de senderismo como la de los Puentes del Lérez o la de los Tres Valles. Es, en conjunto, una invitación a sumergirse en lo más profundo de Galicia, allí donde los ríos Almofrei y Lérez dictan el ritmo pausado de los días.
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