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ARAGÓN

Pluma de buitre. Una mirada a Aragón desde la altura

Desde la altura de los “Centinelas del Diablo”, los misteriosos mallos de Riglos, es desde donde el periodista y escritor, Arturo San Agustín, nos ofrece su mágica novela, acompañando al lector en un viaje por el pasado de un Aragón recio, que mantiene la esencia de una dureza disimulada y la sobria nobleza de las gentes que lo habitan.

Armado con un winchester justiciero, que si acaso le permite asustar a los demonios del pasado y amedrentar a caciques y explotadores del presente, San Agustín ahonda en las raíces de su familia que tanto me recuerdan a la mía.

Las casillas de la RENFE que tantos y tantos trenes vieron pasar y al que nuestros abuelos, guardavías de los destinos y de las almas de los viajeros, jamás se subieron, son solo una pincelada del afincamiento tozudo en una tierra que hoy denominamos “vacía”.  Vacua de la contaminación mediática y de las contiendas políticas, pero con todos los ingredientes de las debilidades humanas.

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Binéfar, de espaldas al mundo

Mientras el mundo ha empezado a reaccionar ante el alarmante cambio climático, en el municipio aragonés de Binéfar se corre hacia el abismo, preparando un auténtico suicidio medioambiental. Nadie puede decir que desconozca las insistentes advertencias de la comunidad científica sobre la degradación del medioambiente, en innumerables informes de organismos internacionales como la propia ONU. El más amplio que evalúa los cambios en el último medio siglo corresponde a la Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES), elaborado durante los últimos tres años por 145 expertos de 50 países y con colaboraciones de 310 especialistas.

El pasado mes de mayo, Reino Unido e Irlanda declararon el estado de "emergencia climática y medioambiental". No, ya no son los grupos ecologistas o animalistas quienes denuncian la situación. No, no son los miles de jóvenes de toda Europa los que se manifiestan exigiendo un cambio rotundo y urgente, es la propia comunidad científica la que da la voz de alarma.

Y en mitad de esta crisis, cuando más necesario es tomar nota, reaccionar y proponer cambios drásticos, en Binéfar se ultima el particular desastre ambiental aragonés: la construcción del mayor macromatadero de Europa. Un matadero que, según el informe técnico del Ayuntamiento de Binéfar, emitirá 126 toneladas de CO2 cada día y 1,3 millones de metros cúbicos de basura contaminante cada año. Hay que tomar aire para hacerse una idea de la magnitud del desastre al que vamos encaminados.

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Sobrecogedora alerta de Macron

Lo dijo en Ginebra el pasado martes el presidente del país de la Ilustración y la Revolución francesa ante el organismo multilateral más antiguo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que conmemoraba su centenario: “Creo que la crisis que vivimos puede conducir a la guerra y a la descomposición de las democracias. Estoy íntimamente convencido”.

Una escalofriante advertencia de Emmanuel Macron, “estamos a orillas de un tiempo de guerra”, ante los desequilibrios de la globalización y el aumento de la desigualdad, ante los excesos del capitalismo de acumulación y de las plataformas tecnológicas, y ante la devaluación de la responsabilidad social.

Golpeado por la larga crisis de los chalecos amarillos, el que fuera ministro de Economía con François Hollande y antes ejecutivo de la banca Rothschild, alertó sobre la profunda crisis que está zarandeando al liberalismo político y a la economía social de mercado, “que permitieron salir de la pobreza a centenares de millones de personas después de la II Guerra Mundial”.

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Lambán puede presidir un Gobierno progresista

Desde el 27-M estaba claro el papel decisivo del Partido Aragonés a la hora de conformar el futuro Gobierno de Aragón. Arturo Aliaga, el presidente del partido, en una entrevista en La Rebotica de Radio Zaragoza, ya manifestó su oposición a pactar con Vox –por incompatibilidad de programas- y su rechazo a un acuerdo con toda la izquierda por diversos motivos. Su alternativa era la formación de un ejecutivo estable, centrado y moderado, producto del acuerdo entre el Partido Socialista y Ciudadanos, con alguna aportación del PAR.

El viernes día 7 nos enteramos que la propuesta de Aliaga se había transformado en un acuerdo de coalición PSOE-PAR, supongo que con el objetivo de presionar a Cs pare que se sume a la misma. Pero la cosa no me parece tan sencilla, la decisión de la dirección del partido naranja de priorizar el acuerdo entre PP y Cs, se lleva a la práctica en todas las instituciones -hasta en Castilla y León, uno de los territorios en los que la dirección es crítica con Rivera y donde el enfrentamiento entre los dos partidos ha sido evidente en la última legislatura- y, de momento, nada apunta a que Aragón sea la primera excepción.

Con el giro a la derecha de Cs, el espacio en común con los socialistas se ha estrechado considerablemente, ¿va a aceptar Javier Lambán las propuestas en política territorial, fiscal, educativa… que propone Ciudadanos? Si es así, ¿dónde quedan las promesas electorales del PSOE? Porque, con 27 diputados, no creo que el presidente socialista en funciones considere su acuerdo con el PAR algo cerrado y, desde luego, no me imagino a Daniel Pérez, candidato de Cs a la presidencia de la DGA, sumándose a una propuesta elaborada sin contar con su partido, sin que elementos fundamentales de su programa aparezcan en un posible pacto a tres. Creo que en política hay que ser pragmáticos y que, a veces, solo podemos aspirar al mal menor, pero hay unos límites, no todo vale para estar en el Gobierno.

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El enigma de la centralidad

En esto que algunos han dado en llamar la necesidad de formar gobiernos basados en la centralidad cabe todo: cabe que un partido defensor de los fueros en Navarra se alíe con un partido como Ciudadanos que quiere, ante todo, hacer de España una España más fuerte con menos autogobierno y muy lejos de ese espíritu federalista, que por un tiempo algunas llegamos a pensar que podía ser posible. En nombre de esa misma centralidad veremos cómo el partido socialista de Sánchez, que tiene diferentes nombres según mire hacia el norte o hacia el sur, hacia el este o hacia el oeste, caerá en brazos de Ciudadanos, olvidando ese grito que sus votantes repitieron el pasado 28 de abril: “Con Rivera no”. Pero todos ellos insistirán en que todo es por alcanzar la centralidad y yo a estas alturas estoy convencida de que no saben de qué hablan y que simplemente utilizan las palabras para que estas respalden las decisiones que van a tomar. La centralidad no es un atributo intrínseco, como puede ser la autoestima, la temperatura o la ideología, es un simple atributo estructural que depende estrictamente de la localización en la red: en un grafo estrella el nodo central debería ocupar un valor máximo de centralidad y los ubicados en los extremos el valor mínimo de la misma. Con esta definición, que es la que corresponde a la palabra centralidad, la centralidad en sí misma ni es buena ni es mala, es un simple atributo estructural. Sin embargo, una buena parte de nuestra clase política, tan deseosa de tatuar en el paisaje cada día más vacío de los discursos políticos palabras que sirvan como referentes y que los eleven a las alturas de los grandes oradores, hablan de la centralidad como quien habla de la fe, del cielo o del infierno, sin entender que la centralidad en sí misma es nada, absolutamente nada. Pero en nombre de esa centralidad veremos cómo el PP y Ciudadanos se mimetizan con VOX y acaban aceptando que las mujeres son esos seres feos y perversos que hacen todas esas cosas malas y terribles y volveremos a esa España oscura y cutre que persigue homosexuales, que dicta sentencias contra transexuales, que amordaza la libertad de expresión y construye pueblos buenos, los que viven en la centralidad, y pueblos malos, que para ellos, y en su lenguaje de mínimos, viven en el peor de los extremos. 

Malos tiempos para la lírica, no cabe duda. Pero todo sea en nombre de la centralidad, esa que todos usan como si fuera un concepto ideológico, cuando es solo un atributo estructural en el que casi todos quieren tener cabida.

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Seremos felices de nuevo

La sensación, tras las elecciones del domingo 26 de mayo, es que todo vuelve a la normalidad, que aquellos que ponían en cuestión las instituciones actuales han sido ejemplarmente acallados y que, por tanto, el país va a empezar a florecer vigorosamente de nuevo (nada de minúsculos brotes verdes). Incluso, volveremos a perdonar la corrupción del bipartidismo porque volverá la riqueza al país, los créditos para comprar segundas y terceras residencias en la playa o en la montaña o los coches de alta cilindrada, para todo el mundo. Seremos felices de nuevo.

Los votantes han decidido castigar un poco menos al PP y centrar las esperanzas en el PSOE. ¿No fueron ellos los que trajeron la riqueza a España? Pues pueden volver a hacerlo. Lamentablemente, las cosas no serán así. Los gobiernos de Felipe González y Aznar sentaron las bases de la economía actual. El primero comenzó con la desindustrialización española prometida a la CEE (actual UE) para que nos dejara entrar en “Europa” (cesión del sector del metal a Alemania, recortes lecheros en favor de Francia y Holanda, privatización ruinosa de empresas públicas, recortes vinícolas...) y el segundo diseñó la burbuja especulativa de la construcción, la entrada de las cajas de ahorro en este sector con el fin de desprotegerlas del riesgo y arrasó con casi toda la empresa pública que fue a parar a manos extranjeras. Zapatero y Rajoy fueron meras comparsas en la misma dirección.

Bien, destruida la empresa española, sustituida por oligopolios sectoriales multinacionales que ofrecen empleos precarios, que pagan pocos impuestos porque tienen filiales en otros países y cuyos beneficios no se reinvierten en España sino que suelen acabar en guaridas fiscales, poco futuro se puede vislumbrar. Un empobrecimiento progresivo que está siendo apalancado (en el sentido mecánico, no económico) por unos tratados de libre comercio que llegan a establecer jurados privados que pagamos con dinero público para que las grandes empresas puedan interponer pleitos millonarios a los estados por pérdidas estimadas, pero los estados a las grandes empresas no.

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Bajen los decibelios

Finalizó un ciclo electoral, aun cuando los pactos no hayan dicho la última palabra. Quedaron atrás las furgonetas tuneadas con los logos de los partidos políticos y coronadas con altavoces a todo volumen. En tiempos se valoraba mucho a los políticos con voz profunda, sonora y penetrante, lo que les permitía dirigirse a una audiencia de diez o doce mil personas al aire libre, con ayuda de “repetidores”, hombres dotados de oído fino y voz estentórea, que repetían las palabras para que fuesen oídas por las últimas filas de la multitud congregada. Hoy, repleta la vida política de micrófonos y altavoces, los “repetidores” se dedican a compartir en redes la actividad diaria de su líder político. Durante la campaña, estos líderes han cantado y rasgado la guitarra, se les ha preguntado a qué dedican su tiempo libre y hemos visto fotos de su más tierna infancia o con greñas setenteras favorecedoras. Vale, muy bien. Pero basta. Vayamos a la gestión de los asuntos públicos.

Cuentan las crónicas que un cacique local muy conservador contrató una banda de música para que tocase de continuo y a gran volumen mientras Joaquín Costa pronunciaba su mitin electoral. Nadie pudo escuchar las ideas del insigne aragonés. Se impuso el ruido. A la vista de los resultados electorales en las Cortes de Aragón y en los ayuntamientos de las tres capitales provinciales, ¿el trío de Colón cambiará la potencia megafónica por una agenda social basada en la defensa de los espacios públicos? Parece difícil. Tienen sus lealtades primordiales.

Los votantes estamos agotados de postureo electoral y ávidos de que esas propuestas trasladadas a programa, donde el papel todo lo aguanta, se lleven a la realidad, se implementen, como diría un cursi. Necesitamos un tiempo de templanza y de serenidad. Ya se han descolgado los carteles de los líderes políticos pasados por el photoshop embellecedor que mejora el perfil. Descansen una temporada los técnicos en marketing electoral con másteres en Harvard o en los saldos de Aravaca.

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Comienza el juego

Una vez celebradas las elecciones locales, autonómicas y europeas, ya están todas las cartas repartidas. Comienza el juego, las negociaciones para ver la conformación de los diferentes Gobiernos, las compensaciones de apoyos: “yo te voto aquí y tú lo haces allí”. La política es así, es normal siempre que no se sobrepasen determinados límites: que el reparto del poder sea equilibrado y que se muevan en torno al denominador común de los programas políticos.

La mayoría de los partidos van a formar comités estatales que coordinen y controlen las negociaciones en los diferentes niveles, el tablero de juego será todo el Estado. En las negociaciones, el PSOE tendrá que tener en cuenta, además de la composición de los Gobiernos locales y autonómicos, la próxima investidura de Pedro Sánchez y la necesidad de mejorar las relaciones entre los partidos que, en el intermedio entre las dos convocatorias electorales, no han sido muy edificantes.

PSOE y Podemos empezaron los contactos inmediatamente después del 28A, pero lo que ha transcendido ha sido más la discrepancia sobre la composición del futuro Gobierno -para socialistas monocolor y para podemitas de coalición- que los acuerdos sobre los pilares en los que se tiene que asentar la nueva legislatura. Como si lo más importante fuese el reparto del poder.

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Historia de una huelga

El Gobierno del Partido Socialista Obrero Español, partido nacido hace 140 años para defender los derechos de la clase trabajadora, exige a los y las docentes aragonesas que renuncien a su derecho a la huelga, derecho fundamental según la misma Constitución que tanto le gusta esgrimir al señor Lambán para otros menesteres, si quieren negociar sus condiciones laborales.

Cuando el PSOE en junio de 2015 formó gobierno en Aragón, lo hizo prometiendo revertir los recortes en la Enseñanza Pública realizados por la anterior administración del Partido Popular. Tras tres cursos en los que se habían revertido algunos de los recortes, todo hay que decirlo, la administración educativa y los sindicatos se pusieron en octubre de 2018 a la tarea de abordar la reducción del horario lectivo del profesorado, horario aumentado por el PP, y que condiciona entre otras cosas el número de docentes que debe haber en los centros educativos.

Las negociaciones partieron de posiciones lejanas pero en marzo de 2019, gracias a un esfuerzo de todos los entes implicados, pareció que se estaba cerca de llegar a un acuerdo. La administración ya había firmado en febrero unas plantillas para el curso 2019-2020 en Enseñanzas Medias a 19 horas lectivas (una hora de reducción), y la mayoría sindical había aceptado que la reducción completa hasta las 18 horas lectivas en enseñanzas medias y 23 en infantil y primaria fuera secuenciada en tres cursos.

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La memoria de aquella Casa Cuartel

Vivo muy cerca de la Casa Cuartel de Zaragoza que Josu Ternera ordenó hacer saltar por los aires en 1987. Levanto la persiana de mi habitación y me acuerdo a menudo de las once personas que murieron, seis de ellas menores de edad. Fue muy dura aquella comitiva de féretros blancos. La antigua ubicación del cuartel se denomina hoy Plaza de la Esperanza y es un lugar agradable. Aquellas víctimas que lo deseen tienen derecho al olvido, pero también hay un deber de memoria por parte de los demás. Es necesario escribir contra el olvido. Sin odio, pero contra el riesgo de que se blanquee el terrorismo.

Hoy, por fortuna, han desaparecido los susurros y los murmullos en el País Vasco, también los guardaespaldas, y ya no se habla bajo, “no te vayan a oír”. Pero hay quien empiezan a practicar un discurso de olvido u orillamiento del terrorismo etarra bajo fachada de normalidad democrática. Pasan página sin que el arrepentimiento forme parte de la solución.

 Incluso encontramos ciertos eufemismos lingüísticos: no eran terroristas, practicaban la lucha armada. El vocabulario no es neutro. Dentro de esa “normalización” se incluye la idea de que se alcanzó una solución negociada sobre la base de dos interlocutores colocados de igual a igual, es decir, el Gobierno y la banda terrorista, por supuesto no derrotada judicial ni policialmente.

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