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Afua Hirsch

Afua Hirsch ha sido corresponsal en África occidental.

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Lo que diferencia a un inmigrante de un extranjero es el dinero

La forma en que hablamos de la inmigración refleja un doble discurso impresionante. Mi propia familia es buena prueba de ello. Africanos por una rama y judíos por la otra, mis abuelos pertenecieron a una generación de "inmigrantes" que formaban parte de "diásporas". A mis padres, que vivían en Brunei poco antes de mi nacimiento, se les adjudicó la etiqueta de expatriados reservada a los inmigrantes británicos. Aunque también habría que preguntarse si esta sofisticada y exitosa presentación es válida para los británicos negros. Lo digo por experiencia propia. Trolls de Internet que parecen no tener ningún problema con los británicos nacidos en el exterior en general, consideran que mi nacimiento fuera del Reino Unido me impide ser considerada como británica. Un ataque que nunca escuché hacer contra mis contemporáneos blancos.

La diferencia entre inmigrantes y expatriados es que los primeros son un problema y los segundos pertenecen a la categoría de británicos "que disfrutan de una vida sin límites", como dicen los que los celebran. Además de en España, esta vida tiende a desarrollarse en el antiguo imperio, como era de esperar. Una mayoría de expatriados británicos se concentra en Australia, Estados Unidos y Canadá. Según una investigación del banco HSBC (que a su vez también es un invento colonial de expatriados), el mejor lugar de todos para los británicos es Singapur: bueno para la salud, para la educación y para los ingresos.

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Si Winnie Mandela hubiese sido blanca, nadie dudaría de su heroísmo

Los héroes son seres curiosos. Los nuestros tienen sus raíces en el antiguo sentido greco-romano del concepto, que premia la victoria militar. El problema es cuántos de nuestros héroes encarnan un grado inherente de violencia, como es el caso de la gente cuyo principal logro surge de la guerra.

Nos mostramos indulgentes con gente que veía a la clase trabajadora como una abominación (Wellington), el comercio transatlántico de esclavos como una buena idea (Nelson) y a los indios como repulsivos (Churchill) porque pensamos que los fines –vencer a Napoleon o a Hitler– justifican los medios.

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El escándalo de Oxfam procede de la mentalidad del salvador blanco de la industria humanitaria

Hace un siglo, los médicos empezaron a prestar atención a una enfermedad inquietante que afectaba a los hombres blancos en los trópicos. Estos hombres, trabajando duro para construir imperios y civilizar a la población nativa, sufrían una especie de crisis nerviosa: una enfermedad misteriosa tan extendida que causaba tantas bajas médicas como las enfermedades más conocidas, como la malaria. Entre los síntomas estaban la incompetencia, melancolía, paranoia, nervios, alcoholismo y perversiones sexuales.

En 1995, Charles Woodruff, doctor del Ejército estadounidense en Filipinas, llegó a la conclusión de que estos hombres sufrían “neurastenia tropical”. Como diagnóstico, responsabilizaba directamente al trabajo civilizador en lugares no civilizados y al calor y la humedad. Los funcionarios coloniales estaban trabajando demasiado y a la vez eran privados de distracciones importantes como el “té de las cinco de la tarde” y los “bailes de salón”. Como resultado, sucumbían a la tentación de tener relaciones sexuales con los nativos.

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