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Alfons Cervera

Escritor valenciano

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 75

Las mantas de la paciencia infinita

Se acerca el invierno. Hace tiempo que la primavera y el otoño sólo existen en los poemas románticos y en el Corte Inglés. Pronto empezarán los anuncios que hablarán de lo imprescindible que es instalar en las viviendas los aparatos de climatización, las estufas, los calefactores para que el cuarto de baño se caliente en diez minutos, mientras te tomas el primer café de la mañana. ¡Cierre su casa al frío del invierno! Eso dirán los anuncios. A estas horas los dueños de las compañías eléctricas lo que se están calentando son las manos, frotándolas con entusiasmo porque saben que el frío del invierno es para ellos un negocio redondo. Sobre todo, cuando ese negocio es de los que no están sujetos a control alguno. Se sientan unos tipos alrededor de una larga y lujosa mesa de caoba reluciente, se repantigan en los sillones con sus panchorras de millonarios, se miran aguantándose la risa y finalmente estallan a coro en una carcajada ruidosa, estratosférica.

De qué se ríen esos tipos. Qué les hace tanta gracia. El invierno es lo que les hace tanta gracia. El frío del invierno. Cómo ese frío lo van a convertir ellos en millones de euros, en muchísimos millones de euros. Son los tipos de las “eléctricas”, que es como se llaman coloquialmente esas empresas que deciden sin que nadie les tosa a qué precio hemos de pagar la electricidad en nuestras casas. ¡Y qué casualidad: cuando se acerca el invierno se dispara el precio de esa electricidad! No tienen ningún problema para hacerlo, para disparar esos precios sin control de ninguna clase, aunque haya un organismo -o varios- que se encargan -o habrían de encargarse- de ponerles freno a sus aumentos caprichosos. Ningún problema tienen para esos aumentos. Ninguno. La sangre que bombea su corazón tiene el color del dinero, el sabor del dinero, el tacto aterciopelado del dinero, el sello inmisericorde y metálico el dinero.

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Ley de la concordia o recordar a Franco con amor

Ya están aquí, si es que alguna vez se fueron. Su territorio no ha cambiado, aunque se empeñen en afirmar que ya no habitan la casa miserable del franquismo. Y tanto que la habitan. Nunca la abandonaron. No sé si el PP es un partido franquista. Yo creo que sí, pero me lo callo porque luego llegan los especialistas en el lenguaje de la historia y me echan a los perros para que se alimenten con mis pobres despojos una buena temporada. El caso es que entero o a medias ese partido siempre anduvo flirteando con la memoria de la dictadura. Nunca la negaron, al menos nunca la negaron del todo. Casi toda la boca a favor y un poquito de boca no del todo en contra. Pero en contra, en contra de verdad: nunca.

En los tiempos gobernantes de Rodríguez Zapatero fue aprobada la Ley de Memoria Histórica. Su título institucional es más largo, pero se la conoce popularmente con ese nombre. Era una ley que algo bueno tenía (antes no había nada), pero no se pasaba en altas pretensiones memorialistas y de justicia democrática. Era una ley que ofrecía demasiadas complacencias a la derecha para que el PP la apoyara. Pero no. Como era de esperar, el PP no la apoyó y cuando llegó al gobierno en 2011 no la derogó, pero la fue dejando en nada, como si no existiera. El obligado presupuesto a que obligaba su articulado lo zanjó a las bravas el propio Mariano Rajoy: ni un euro para su desarrollo. Según Rajoy y su partido (y ahora Ciudadanos) cuando hablamos de memoria democrática hablamos de revancha, de reabrir heridas, de romper la convivencia entre los buenos españoles, que para esos dos partidos sólo son los españoles que piensan como ellos. Hace unas semanas, Pedro Sánchez y su gobierno aprobaron y decidieron presentar en el Congreso, bajo la forma urgente del decreto ley, una revisión ampliada de aquella Ley de Memoria que aliviara algunas de las lagunas importantes que licuaban en exceso la normativa anterior. Esa revisión, con la decisión incluida de sacar al dictador de su tumba faraónica en el Valle de los Caídos, ha devuelto al PP -ahora en la oposición y con la misma virulencia de siempre- a su vieja y eterna condición de habitante de la Casa del Padre.

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Alfonso Guerra

Ahí lo tienen. Aquí lo tenemos. Como uno de esos fantasmas del pasado que siempre vuelven, que nunca se acaban de ir del todo. El abuelo Claudio nos contaba en Gestalgar historias de muertos y desaparecidos como si fueran historias que él se inventaba, aunque en realidad, sin que a lo mejor lo supiera, estaba contando lo que pasaba de verdad en aquel tiempo. Salían fantasmas en aquellos relatos que crepitaban como lucecitas a la lumbre del invierno en la casa junto al río. Los fantasmas de mi abuelo regresaban cuando mi hermano y yo nos íbamos a dormir cagados de miedo por las noches.

Algo parecido me pasa, sesenta años o más después de aquellas noches, cuando abro un periódico y me veo a Alfonso Guerra como si fuera un espectro surgido de los tiempos remotos. Y más aún me pasa lo de entonces cuando leo lo que dice. Cuando habla del independentismo catalán y los estatutos de autonomía, de una Constitución que es como ese plano del tesoro que al desplegarlo vemos que tiene más costurones que el pobre Frankenstein, de esa Patria inviolable que comparte con lo más rancio de la España única y no todo lo libre que nos gustaría a mucha gente. Es entonces cuando suena su voz de ultratumba. Lo peor es que aún se cree que lo que dice va a misa, como cuando sus chistes sobre Adolfo Suárez (y los de luego sobre Aznar y Rajoy, incluso sobre Rodríguez Zapatero) se convertían en auténticos Trending Topic de la época. Llegó a las puertas de la democracia desde el Congreso socialista de Suresnes, con Felipe González y el clan andaluz de la tortilla, y empezó ahí su carrera de gracioso y socarrón en las afueras del partido, mientras dentro imponía un reglamento de ortodoxia orgánica que condenaba la disidencia a unas cruelísimas galeras que no hubiera envidiado el mismísimo e ilustre manco de Lepanto.

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La fosa 112... y todas las demás

No me conformo, no; me desespero como si fuera un huracán de lava.

Miguel Hernández.

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Moción de censura contra el daño y el dolor

Los motivos eran muchos. Tantos años sentándose en los sillones de una democracia en la que nunca creyeron. Lo dijeron Rajoy y Hernando en el Congreso muchas veces: o estás con el PP o estás fuera de la democracia. A ellos les da igual saber que la moción de censura contra el gobierno está en la Constitución, en esa Constitución que tanto quieren. Pero a ellos les da igual la Constitución cuando no les conviene.

El vocabulario de la crispación es lo suyo. Agitar los fantasmas del miedo, meter el miedo en nuestros días cotidianos, como si nuestros días fueran lo mismo que las noches, esas noches en que en vez de soñar sueños hermosos soñamos pesadillas. Ellos son esas pesadillas. Ellos han sido durante tantos años esa negrura en que la razón -su razón, la suya- era sólo la negrura goyesca de lo monstruoso.

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¿Quién se acuerda de Zaplana?

Ya saben ustedes que Eduardo Zaplana ha sido detenido. La noticia sale en todas partes. La pregunta del millón es por qué los medios de comunicación que antes lo paseaban en andas ahora le escupen su desprecio. Lo mismo pasó con Alfonso Rus, que dominaba casi todos los medios con la pasta de la Diputación y luego lo negaron más veces que San Pedro a su señor Jesucristo. Hasta hace dos o tres días, Zaplana era un tipo amortizado para la prensa. No interesaba a nadie. Ya sé que soy un asco de pretenciosidad si digo que a mí sí, que nunca le perdí la pista, que me negaba a aceptar su absolución simplemente porque el dinero lo puede todo. Y ya ven ustedes: el dinero no lo puede todo. Casi todo, sí. Pero no todo. Por eso, el texto que sigue a partir de este punto y aparte no es nuevo. Salió publicado en este mismo diario y con ese mismo título el 28 de septiembre de 2016. Algún día igual escribo lo que digo de Alfonso Rus y cómo mandaba más que nadie en la prensa de la ciudad de València. Ahora va lo de Zaplana.

De Eduardo Zaplana ya no se acuerda nadie. Y menos aún en estos días en que todas las noticias hacen referencia al descuartizamiento de Pedro Sánchez cortado a pedacitos, sin compasión alguna, por la cuchillería infame de su propio partido. Para aliviar una miaja la presión sobre ése y otros asuntos que copan las primeras páginas de los medios de comunicación, refresco algunos datos de su biografía -la de Zaplana, digo-, una biografía que él mismo se ha escrito en forma de memorias y que será publicada el próximo noviembre. Fue alcalde de Benidorm con la ayuda de una tránsfuga socialista en 1991. Poco a poco fue ascendiendo en el organigrama del PP. Llegó a Presidente de la Generalitat, cargo que desempeñó de 1995 a 2002. En esa fecha, Aznar lo nombró Ministro de Trabajo y también ejerció de portavoz de su gobierno. Cuando estallaron los trenes en Madrid el 11 de marzo de 2004, se convirtió en el principal portavoz de las mentiras inventadas por Aznar y su gobierno para adjudicar a ETA la masacre. Hace unos días, con motivo de la presentación adelantada de sus memorias, aún aseguraba en una cadena de radio que no estaba clara la autoría de los atentados de Atocha y sus alrededores.

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Salvadores de la patria

En 1938 José Herrera Petere, escritor republicano y comunista, publicó la novela Acero de Madrid. La escribió en las trincheras de la guerra civil y fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura ese mismo año. En esa novela, un propagandista de la Falange Española de las JONS, “cuya sola enunciación -escribe el autor- es ya de por sí una palabrota de las más groseras”, gritaba sus consignas por todas partes. Predicaba el propagandista faccioso la urgente salvación de la Patria ante el “marxismo asiático”. Y esa lucha había que hacerla “con un estilo nuevo, con un estilo juvenil, renovador. La salvación de España tiene que ser ante todo un movimiento juvenil y un movimiento español”. Unas líneas después, seguía con su encendida soflama: “Yo os aseguro que la Falange es la única fuerza capaz de aplastar definitivamente el movimiento marxista español”.

Aquí hago un inciso y los invito a ustedes a cambiar la palabra Falange por la palabra Ciudadanos.

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Caso Almería: un crimen de Estado

No sé cuánta gente se acuerda de aquellos días de mayo. Estábamos en 1981. La Transición había acabado, si su fecha de caducidad la situamos después del golpe de Estado del 23-F. Otra fecha del final de la Transición se sitúa -según otras versiones de la historia- en el triunfo del PSOE en 1982. El día 7 de aquel mes de mayo, tres jóvenes viajan desde Cantabria hacia Almería para asistir a la comunión del hermano de uno de ellos. Los tres jóvenes eran Luis Montero, Juan Mañas y Luis Cobo. El niño que tomaba la comunión se llamaba y se sigue llamando Francisco Mañas. Han pasado 37 años desde entonces. Pero es como si hubieran pasado 37 siglos.

El tiempo histórico en nuestro país se cuenta con las medidas del silencio y el olvido. No con las de la historia. No con las de la memoria democrática. Y lo que es peor: cuando alguien intenta llenar esos huecos con la verdad, otra gente las llena vergonzosamente con mentiras. Treinta y siete años después de aquel 7 de mayo de 1981, día en que comienzan las circunstancias terribles de un viaje acabado trágicamente, la versión oficial de aquel crimen de Estado sigue llena de mentiras. Un crimen de Estado, sí. Un crimen de Estado que necesita ser reconocido democráticamente como verdad y como exigencia de justicia y de reparación.

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Contra la justicia: Yo acuso

De eso va este artículo. Clamar contra la Justicia en unas cuantas líneas, escritas apenas llegado de la manifestación que recorrió la calle de Colón en Valencia después de la sentencia. ¿Qué sentencia?: pues la que ha salido en todas partes desde hace unas horas. La Audiencia de Navarra ha condenado a nueve años a los cinco miembros de lo que ellos mismos llamaban la Manada. Nueve años, cuando la Fiscalía y la acusación particular pedían casi veinte. La chica fue agredida hasta la saciedad y violada como no está escrito en ningún manual del terrorismo sexual. La barbarie que secuestra a una chica en plena calle, la mete en un portal y la rompe por todas partes para que sepa lo que es un hombre de verdad, para que sepa aún más lo que valen cinco hombres de verdad, para que conozca de primera mano -aunque tenga los ojos cerrados por el pánico- lo bueno que es sentir en su cuerpo desnudo los atributos babosos de la Bestia. La golpean, la vuelven del derecho y del revés, ahogan sus gritos para que se trague el miedo como un chicle que se ha quedado sin azúcar, la violan uno tras otro, se regodean en esa encarnizada orgía de brutalidad que humilla a la víctima, que la despoja de lo que en esa víctima había de humano un rato antes, que la reduce a la infame condición de juguete roto al que le han robado por dentro el alma de la gracia.

Y ahora llega la Justicia y dice que sólo hubo abusos en vez de violaciones a destajo. Que no hubo violencia en aquel portal de Pamplona. Que con la catalogación jurídica de abusos sexuales la cosa ya va más que cumplida. Una condena de nueve años que, contado el tiempo que llevan en prisión los terroristas, hará que puedan disfrutar enseguida de privilegios carcelarios. Uno de los jueces ha firmado la absolución porque entiende que lo que hubo entre esos canallas y la chica fue un jolgorio feliz entre jóvenes que querían divertirse. Son tres los jueces que formaban el tribunal de la vergüenza. Pero el clamor que recorría las calles instantes después de conocerse la sentencia iba dirigido no sólo contra ellos sino lo que es mucho peor: los gritos y las pancartas de la rabia se levantaban en las calles y en las plazas contra la Justicia. Esos jueces forman parte de un entramado institucional que casi siempre se muestra inclinado al corporativismo. Claro que hay jueces y juezas que son demócratas y que yo mismo conozco y soy amigo de bastantes de ellos. Pero ha llegado el momento de que esos jueces y juezas se sumen a los clamores de la calle, de que rompan las reglas de juego perverso de una Justicia que viene de los remotos tiempos (o no tan remotos, visto lo que vemos todos los días) de la dictadura franquista. La Justicia es uno de los pozos más negros que agujerean el suelo de un país cada vez más hundido en el desasosiego. Ya va siendo hora de que la separación de poderes sea verdad en vez de un torticero y cruelísimo simulacro. Si echamos un vistazo a lo que está pasando veremos cómo la Justicia selecciona a sus víctimas, las señala con el dedo de sus acusaciones políticamente interesadas y las condena con saña según criterios que, cuando se trata de otros acusados, se convierten en condenas mínimas o en una humillante y vergonzosa absolución. Y cuando la víctima señalada es una mujer, como en el caso de Pamplona y tantos otros, sucede lo peor: esa Justicia convierte a esa mujer en culpable. Y se queda tan ancha.

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¿Quién mató a Ewa Striniak?

Acabo de leer un relato magnífico que se titula Chicas muertas. No lo conocía hasta que hace unos días mi amigo y gran escritor Harkaitz Cano me habló de él en un correo electrónico. Lo escribió la escritora argentina Selva Almada y fue publicado en 2014. En la primera página hay una dedicatoria: “A la memoria de Andrea, María Luisa y Sarita”.

Los nombres de las chicas muertas. Apenas adolescentes que fueron asesinadas en Argentina en los años ochenta del pasado siglo. El país celebraba el regreso a la democracia después de los siete años de terror implantados por las Juntas Militares. En esas fechas de 1983 apareció la primera víctima, la joven de quince años María Luisa Quevedo. El cadáver de la segunda, Andrea Danne, que tenía diecinueve, sería descubierto en su propia cama, con una cuchillada en el corazón: era noviembre de 1986. Tiempo después, en diciembre de 1988, una joven de veinte años, Sarita Mundín, aparecería asesinada a orillas del río Tcalamochita. Tres chicas muertas. Lo que las une tantos años después es un detalle nada complaciente: los tres crímenes quedaron impunes. Al menos hasta ahora.

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