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Alfons Cervera

Escritor valenciano

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 70

Moción de censura contra el daño y el dolor

Los motivos eran muchos. Tantos años sentándose en los sillones de una democracia en la que nunca creyeron. Lo dijeron Rajoy y Hernando en el Congreso muchas veces: o estás con el PP o estás fuera de la democracia. A ellos les da igual saber que la moción de censura contra el gobierno está en la Constitución, en esa Constitución que tanto quieren. Pero a ellos les da igual la Constitución cuando no les conviene.

El vocabulario de la crispación es lo suyo. Agitar los fantasmas del miedo, meter el miedo en nuestros días cotidianos, como si nuestros días fueran lo mismo que las noches, esas noches en que en vez de soñar sueños hermosos soñamos pesadillas. Ellos son esas pesadillas. Ellos han sido durante tantos años esa negrura en que la razón -su razón, la suya- era sólo la negrura goyesca de lo monstruoso.

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¿Quién se acuerda de Zaplana?

Ya saben ustedes que Eduardo Zaplana ha sido detenido. La noticia sale en todas partes. La pregunta del millón es por qué los medios de comunicación que antes lo paseaban en andas ahora le escupen su desprecio. Lo mismo pasó con Alfonso Rus, que dominaba casi todos los medios con la pasta de la Diputación y luego lo negaron más veces que San Pedro a su señor Jesucristo. Hasta hace dos o tres días, Zaplana era un tipo amortizado para la prensa. No interesaba a nadie. Ya sé que soy un asco de pretenciosidad si digo que a mí sí, que nunca le perdí la pista, que me negaba a aceptar su absolución simplemente porque el dinero lo puede todo. Y ya ven ustedes: el dinero no lo puede todo. Casi todo, sí. Pero no todo. Por eso, el texto que sigue a partir de este punto y aparte no es nuevo. Salió publicado en este mismo diario y con ese mismo título el 28 de septiembre de 2016. Algún día igual escribo lo que digo de Alfonso Rus y cómo mandaba más que nadie en la prensa de la ciudad de València. Ahora va lo de Zaplana.

De Eduardo Zaplana ya no se acuerda nadie. Y menos aún en estos días en que todas las noticias hacen referencia al descuartizamiento de Pedro Sánchez cortado a pedacitos, sin compasión alguna, por la cuchillería infame de su propio partido. Para aliviar una miaja la presión sobre ése y otros asuntos que copan las primeras páginas de los medios de comunicación, refresco algunos datos de su biografía -la de Zaplana, digo-, una biografía que él mismo se ha escrito en forma de memorias y que será publicada el próximo noviembre. Fue alcalde de Benidorm con la ayuda de una tránsfuga socialista en 1991. Poco a poco fue ascendiendo en el organigrama del PP. Llegó a Presidente de la Generalitat, cargo que desempeñó de 1995 a 2002. En esa fecha, Aznar lo nombró Ministro de Trabajo y también ejerció de portavoz de su gobierno. Cuando estallaron los trenes en Madrid el 11 de marzo de 2004, se convirtió en el principal portavoz de las mentiras inventadas por Aznar y su gobierno para adjudicar a ETA la masacre. Hace unos días, con motivo de la presentación adelantada de sus memorias, aún aseguraba en una cadena de radio que no estaba clara la autoría de los atentados de Atocha y sus alrededores.

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Salvadores de la patria

En 1938 José Herrera Petere, escritor republicano y comunista, publicó la novela Acero de Madrid. La escribió en las trincheras de la guerra civil y fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura ese mismo año. En esa novela, un propagandista de la Falange Española de las JONS, “cuya sola enunciación -escribe el autor- es ya de por sí una palabrota de las más groseras”, gritaba sus consignas por todas partes. Predicaba el propagandista faccioso la urgente salvación de la Patria ante el “marxismo asiático”. Y esa lucha había que hacerla “con un estilo nuevo, con un estilo juvenil, renovador. La salvación de España tiene que ser ante todo un movimiento juvenil y un movimiento español”. Unas líneas después, seguía con su encendida soflama: “Yo os aseguro que la Falange es la única fuerza capaz de aplastar definitivamente el movimiento marxista español”.

Aquí hago un inciso y los invito a ustedes a cambiar la palabra Falange por la palabra Ciudadanos.

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Caso Almería: un crimen de Estado

No sé cuánta gente se acuerda de aquellos días de mayo. Estábamos en 1981. La Transición había acabado, si su fecha de caducidad la situamos después del golpe de Estado del 23-F. Otra fecha del final de la Transición se sitúa -según otras versiones de la historia- en el triunfo del PSOE en 1982. El día 7 de aquel mes de mayo, tres jóvenes viajan desde Cantabria hacia Almería para asistir a la comunión del hermano de uno de ellos. Los tres jóvenes eran Luis Montero, Juan Mañas y Luis Cobo. El niño que tomaba la comunión se llamaba y se sigue llamando Francisco Mañas. Han pasado 37 años desde entonces. Pero es como si hubieran pasado 37 siglos.

El tiempo histórico en nuestro país se cuenta con las medidas del silencio y el olvido. No con las de la historia. No con las de la memoria democrática. Y lo que es peor: cuando alguien intenta llenar esos huecos con la verdad, otra gente las llena vergonzosamente con mentiras. Treinta y siete años después de aquel 7 de mayo de 1981, día en que comienzan las circunstancias terribles de un viaje acabado trágicamente, la versión oficial de aquel crimen de Estado sigue llena de mentiras. Un crimen de Estado, sí. Un crimen de Estado que necesita ser reconocido democráticamente como verdad y como exigencia de justicia y de reparación.

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Contra la justicia: Yo acuso

De eso va este artículo. Clamar contra la Justicia en unas cuantas líneas, escritas apenas llegado de la manifestación que recorrió la calle de Colón en Valencia después de la sentencia. ¿Qué sentencia?: pues la que ha salido en todas partes desde hace unas horas. La Audiencia de Navarra ha condenado a nueve años a los cinco miembros de lo que ellos mismos llamaban la Manada. Nueve años, cuando la Fiscalía y la acusación particular pedían casi veinte. La chica fue agredida hasta la saciedad y violada como no está escrito en ningún manual del terrorismo sexual. La barbarie que secuestra a una chica en plena calle, la mete en un portal y la rompe por todas partes para que sepa lo que es un hombre de verdad, para que sepa aún más lo que valen cinco hombres de verdad, para que conozca de primera mano -aunque tenga los ojos cerrados por el pánico- lo bueno que es sentir en su cuerpo desnudo los atributos babosos de la Bestia. La golpean, la vuelven del derecho y del revés, ahogan sus gritos para que se trague el miedo como un chicle que se ha quedado sin azúcar, la violan uno tras otro, se regodean en esa encarnizada orgía de brutalidad que humilla a la víctima, que la despoja de lo que en esa víctima había de humano un rato antes, que la reduce a la infame condición de juguete roto al que le han robado por dentro el alma de la gracia.

Y ahora llega la Justicia y dice que sólo hubo abusos en vez de violaciones a destajo. Que no hubo violencia en aquel portal de Pamplona. Que con la catalogación jurídica de abusos sexuales la cosa ya va más que cumplida. Una condena de nueve años que, contado el tiempo que llevan en prisión los terroristas, hará que puedan disfrutar enseguida de privilegios carcelarios. Uno de los jueces ha firmado la absolución porque entiende que lo que hubo entre esos canallas y la chica fue un jolgorio feliz entre jóvenes que querían divertirse. Son tres los jueces que formaban el tribunal de la vergüenza. Pero el clamor que recorría las calles instantes después de conocerse la sentencia iba dirigido no sólo contra ellos sino lo que es mucho peor: los gritos y las pancartas de la rabia se levantaban en las calles y en las plazas contra la Justicia. Esos jueces forman parte de un entramado institucional que casi siempre se muestra inclinado al corporativismo. Claro que hay jueces y juezas que son demócratas y que yo mismo conozco y soy amigo de bastantes de ellos. Pero ha llegado el momento de que esos jueces y juezas se sumen a los clamores de la calle, de que rompan las reglas de juego perverso de una Justicia que viene de los remotos tiempos (o no tan remotos, visto lo que vemos todos los días) de la dictadura franquista. La Justicia es uno de los pozos más negros que agujerean el suelo de un país cada vez más hundido en el desasosiego. Ya va siendo hora de que la separación de poderes sea verdad en vez de un torticero y cruelísimo simulacro. Si echamos un vistazo a lo que está pasando veremos cómo la Justicia selecciona a sus víctimas, las señala con el dedo de sus acusaciones políticamente interesadas y las condena con saña según criterios que, cuando se trata de otros acusados, se convierten en condenas mínimas o en una humillante y vergonzosa absolución. Y cuando la víctima señalada es una mujer, como en el caso de Pamplona y tantos otros, sucede lo peor: esa Justicia convierte a esa mujer en culpable. Y se queda tan ancha.

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¿Quién mató a Ewa Striniak?

Acabo de leer un relato magnífico que se titula Chicas muertas. No lo conocía hasta que hace unos días mi amigo y gran escritor Harkaitz Cano me habló de él en un correo electrónico. Lo escribió la escritora argentina Selva Almada y fue publicado en 2014. En la primera página hay una dedicatoria: “A la memoria de Andrea, María Luisa y Sarita”.

Los nombres de las chicas muertas. Apenas adolescentes que fueron asesinadas en Argentina en los años ochenta del pasado siglo. El país celebraba el regreso a la democracia después de los siete años de terror implantados por las Juntas Militares. En esas fechas de 1983 apareció la primera víctima, la joven de quince años María Luisa Quevedo. El cadáver de la segunda, Andrea Danne, que tenía diecinueve, sería descubierto en su propia cama, con una cuchillada en el corazón: era noviembre de 1986. Tiempo después, en diciembre de 1988, una joven de veinte años, Sarita Mundín, aparecería asesinada a orillas del río Tcalamochita. Tres chicas muertas. Lo que las une tantos años después es un detalle nada complaciente: los tres crímenes quedaron impunes. Al menos hasta ahora.

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Aquellos años más o menos felices

Decía Caballero Bonald que vivir de verdad sólo se vive en los veranos. También hay quien dice que el mejor sitio para quedarse tumbado a la bartola es la infancia. No sé si las dos versiones son ciertas. Pero tienen algo en común. La apacibilidad de un tiempo sólo incordiado por los mosquitos -con la eficaz complicidad de esas putas moscas que sólo asumen un cierto grado de nobleza en los versos de Machado- y esa inocencia que, conforme vas poniendo cruces en el calendario de la edad, te das cuenta de que era más falsa que el master que le regalaron por el morro a Cristina Cifuentes.

Bastante de las dos versiones tuve la suerte de haberlas vivido en Llíria. Alguna vez ya lo conté en estas páginas. Un tiempo de infancia y adolescencia en que poco a poco vas conociendo lo que luego habrá de convertirse en ley de vida: nada es para siempre, pero hay veces en que lo mejor de lo que has vivido renace, como en el poema cinematográfico de William Wordsworth, en ese esplendor que brilla en la hierba del recuerdo. No es por ponerme cursi, pero a ratos es una manera de no dejarte comer por la mordedura infame de esa gentuza que miente más que habla, que desdice toda moral con su rocosa palabrería que insulta la decencia, que se burla -sin que se le mueva una pestaña- de la dignidad que habría de significar lo más grande y noble de lo humano. Prefiero la poesía del recuerdo antes que la retórica canalla de esos inventores de una realidad que sólo existe en las cuentas corrientes de ellos mismos y sus amigos millonarios.

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Mires pande mires to es mortífero

Cada día esto se pone peor. Ya no hay un solo hueco por donde se cuele una miaja de esperanza. Las adivinaciones de Orwell, Philip K. Dick, William Blake y otros visionarios se están haciendo realidad y el paisaje es como un agujero más negro que los que descubrió Stephen Hawking para hacernos más sabios a la hora de conocer el universo.

Todo parece pintado de negro, como cantaban los Rolling Stones.

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Amnistía para la dictadura franquista

El mes de noviembre de 1975 murió Franco. Durante cuarenta años había cavado, con auténtica vocación carnicera, cientos de fosas con cadáveres republicanos que habrían de convertirnos en el segundo país del mundo con más desaparecidos, después de Camboya. A su muerte, lo enterraron en la faraónica tumba del Valle de los Caídos. Y ahí sigue, después de más de cuarenta años de democracia. Como el más ilustre de los muertos, como el más noble y sagrado, como si en este país -parafraseando a Bertolt Brecht- sólo siguiera oyéndose la voz de los vencedores.

La transición no fue un tiempo de calma, como algunos pregonan a bombo y platillo, como si en esa prédica les fuera la vida o algo que se parece a un honor extraño y al orgullo. La transición se acuñó como un tiempo de necesaria concordia, como un abrazo común entre quienes ganaron la guerra y quienes la perdieron. De esa manera, la Segunda República se convirtió en la bicha dañina a borrar de la historia. También se borraron con ella -como si fueran lo mismo- el golpe de Estado fascista de 1936 y la dictadura franquista, que tendría que haber muerto con el dictador pero que en muchos de sus aspectos le ha sobrevivido. Siempre que se habla de la transición sale la palabra mágica: reconciliación. Las palabras están ahí para que las usemos cada cual a nuestro antojo. Y las usamos. La necesidad de reconciliarnos unos con otros y con los de más allá. Sólo importa eso. Pero hay un problema para que esa reconciliación sea posible. Lo dice el filósofo Avishai Margalit en su libro Ética del recuerdo: el problema surge cuando colocamos la palabra “reconciliación” antes de la palabra “verdad”. Y aquí la palabra “verdad” ha pasado a ocupar el último lugar en la lista de palabras imprescindibles para que la memoria y la historia no sean pasto de la mentira y de los intereses políticos más complacientes con el franquismo.

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La cadena perpetua y el cinismo

Las noticias vuelan a velocidad supersónica. Lo de ayer ya es viejo. La noticia bomba de esta mañana será por la tarde un pedazo de tiempo perdido en el rincón de los olvidos, como los amores y el dolor enrabietado en las estrofas de un bolero. No sé cuánto durará en primera plana la burla a que el PP está sometiendo la justicia de las pensiones. Tampoco lo que durará en esa misma prensa y nuestras conciencias igualitarias la huelga feminista y las grandísimas manifestaciones del 8 de marzo. Nada dura nada. Vean, si no, lo poco que se ha mantenido en el candelero periodístico la maquinaria de corrupción puesta en marcha por los Gürtel y la implicación en esa canallada de los más altos nombres del PP y del gobierno, con su presidente al frente. Nada dura nada. ¿Se acuerdan ustedes de que hace sólo unas pocas semanas la noticia bomba era la posibilidad de que quienes cometían determinados delitos se pudrieran en la cárcel? A esa barrabasada se la llamó Prisión Permanente Revisable. Fue un escándalo de noticia que enseguida desapareció del mapa informativo. Pero luego vino la desaparición del niño Gabriel Cruz y ahí vimos al ministro Zoido saliendo a todas horas con el padre y la madre del niño. De nuevo se demostraba el aprovechamiento del dolor familiar para intereses políticos partidistas y de gobierno. Ahora ha aparecido el cadáver de Gabriel y volverán enseguida ese aprovechamiento y el clamor por la implantación de la cadena perpetua para algunos delitos. No me lo invento. En la televisión aparecía una multitud a la puerta de la comisaría donde habían llevado a la mujer, presunta asesina del niño, gritando desaforadamente: “¡cadena perpetua!”.

Porque la prisión permanente revisable es, diga lo que diga el PP, como la cadena perpetua. La cadena perpetua es que te pudras en la cárcel hasta que te saquen con los pies por delante, en un ataúd que nadie reclamará porque a esas alturas de tu vida encarcelada no quedará nadie que pueda esperarte a la salida. Los muertos están más solos que la una, decía Bécquer a su manera de genial y romántico ladrón de emociones superlativas. La prisión permanente revisable es lo que propone el gobierno de Rajoy -con el apoyo más fuerte aún de un Ciudadanos cada día más dispuesto a pasarle al PP por la derecha extrema- para sacarle las tripas al dolor de unas familias que han perdido hijos o hijas a manos de la violencia cruelísima de asesinos la mayoría de las veces convictos y confesos. Las entrañas de Rajoy están más sucias que la laguna donde Rafael Chirbes escondía la mierda de una sociedad podrida hasta las cachas. Lo digo porque hay que tener mucho estómago para ponerse al lado de esas familias, hacerse la foto y soltar, para no seguir perdiendo votos, que el gobierno iba a endurecer el ya durísimo Código Penal y asegurar así la cadena perpetua para algunos delitos.

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