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Alfons Cervera

Escritor valenciano

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La República que nunca existió

Suelo acudir -por más que agradezca la invitación- poco o nada a los actos institucionales. No por nada especial: sencillamente es que me siento incómodo, como si pensara que mi sitio está en otra parte, como si los techos antiguos y de gran valor artístico de los amplios salones se me fueran a caer encima mientras desde el atril salen palabras entusiastas y a ratos emocionadas que también desaparecerán bajo los escombros imaginarios de mi personal e intransferible desasosiego. Pero bueno, algunas veces sí que acudo a esos actos institucionales. Aunque me pase un buen rato mirando previsoramente los artesonados y busque en el asiento que me acoge con respeto y durante un par de horas, como mucho, mi lugar en el mundo.

El pasado jueves fue uno de esos días en que sí que asistí a un acto institucional que se celebraba en el Palau de la Generalitat. El motivo era para mí importante: había pasado un año desde la aprobación de la Ley de Memoria Democrática y para la Convivencia de la Comunitat Valenciana y se trataba de reafirmar, institucionalmente y con presencia numerosa de la sociedad civil y familiares de víctimas del franquismo y del exterminio nazi, la necesidad de esa Ley. Las intervenciones, desde el atril, corrieron a cargo de la Consellera de Justicia, Gabriela Bravo, y del president del Consell, Ximo Puig. Y es aquí, mientras primero la consellera y luego el president hablaban, cuando el techo empezó a moverse como una amenaza. La incomodidad hacía mella en mi ánimo. Cuanta más atención dedicaba a esas palabras, menos seguro me sentía, más se me llenaba el alma de ese desasosiego que antes les comentaba.

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¿Quién manda aquí?

Bueno, pues parece que aquí mandan ellos. Digo que en València manda la extrema derecha que responde al nombre de España 2000 y otros grupúsculos parecidos, como la Peña Yomus del Valencia CF. Revientan manifestaciones de la izquierda y no pasa nada. Acosan a la gente de izquierdas, como hicieron hace tiempo con la vicepresidenta del Consell Mónica Oltra y no pasa nada. Se manifiestan donde quieren porque les da igual tener la autorización de la Delegación de Gobierno o no tenerla: aunque la verdad es que siempre disfrutan de esa autorización. Amenazaron por sus redes sociales y otros medios de comunicación con que impedirían al actor Dani Mateo y su grupo actuar en el Teatro Olympia y consiguieron que el Teatro Olympia anulara esa actuación. Hace unos días volvieron a difundir sus amenazas contra el grupo Mongolia y su obra prevista en la Rambleta. Y la sala Rambleta -de titularidad pública y gestión privada- anulaba igualmente la actuación de Mongolia.

¿Quién manda en València?, me pregunto. Pero es una pregunta retórica porque la respuesta está muy clara: en València manda la extrema derecha.

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Gaspi

Llevaba la música en las tripas, que es ese sitio incógnito donde alguien dice que se esconde el corazón. Era joven, demasiado joven para que la vida lo alcanzara por la espalda, que es la manera que tiene la vida, algunas veces, de convertirse en una puñetera emboscada. Cuando fui a vivir a Vilamarxant, Gaspi no había nacido y lo conocí cuando ya andaba bastante crecido en la música y en la vida. Yo lo escuchaba como un discípulo nada aventajado. Desde que tenía siete años quise ser músico en Gestalgar. Si ahora tengo la nariz rota es porque a esa edad me caí escaleras abajo en la casa de mi tío Vicente Corachán: buscábamos el método Eslava, tropecé no sé dónde y a rodar por las escaleras como una pelota de trapo. Desde entonces he intentado aprender música y a tocar la guitarra un millón de veces. Y a lo máximo que llegué, incluso con un profe particular todo un año, es a pulsar malamente unos pocos acordes de Las cuatro y diez, de Luis Eduardo Aute, y los mismos y con la misma torpeza de House of the rising sun, de los Animals.

Por eso cuando hablaba con Gaspi, lo miraba, lo escuchaba embobado y la envidia cochina me corroía las entrañas. Durante un tiempo, con su grupo Strombor Brass Quintet, anduvo pensando en una adaptación de mi novela La risa del idiota, nunca supe muy bien si para un musical trágico o una ópera atronada por el bombeo entusiasta de los trombones que mágicamente manejaba el grupo. Luego, aparcó ese instrumento para dedicarse casi a tiempo completo a la dirección. Y digo casi a tiempo completo porque nunca abandonó lo que era para él más importante: sus amigos, su familia, su pueblo de Vilamarxant, que ocupó una gran parte de sus múltiples y diferentes compromisos. Era un todoterreno en los territorios siempre complejos del afecto.

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Vilamarxant no es un pueblo para la barbarie

Yo tenía ocho años cuando llegamos a Vilamarxant. De eso hace mucho tiempo, tal vez demasiado tiempo. Mis padres habían comprado el horno de la replaça. La infancia siempre fue para mí y para mi hermano un espacio troceado, un rato en un sitio y otro rato en otro sitio distinto. En ese pueblo del Camp de Túria aprendí la lengua que para mí era tan rara como la que hablaban los marcianos. La tía Àngela, que tenía una tienda en la esquina, me dio la primera lección de valenciano. Yo me cagaba en déu cada vez que perdía en algún juego y ella me aclaró que deu (diez) es una cosa y déu (Dios) otra muy distinta. Eso me ayudó, de paso, a abrir las vocales, que para quienes vienen del castellano resulta casi imposible. También aprendí que la amistad es algo que empieza pronto y no se acaba nunca. Bastantes de mis mejores amigos vienen de aquellos años, cuando la vida aún tardaría mucho tiempo en ir en serio, como decía el poeta Gil de Biedma. La infancia eran los partidos de fútbol en un campo metido en la montaña. Los domingos con mis ídolos Solor y los hermanos Moliner, con Tomás llenando la portería como podía o lo dejaban, con Toni Blanes que iba para figura y se quedó en el camino porque se murió muy joven, cuando empezaba a vivir en el fútbol y en la vida, con Eusebio y José Luis Faus poniendo más garra que clase en unas delanteras que se comían las piedras como si fueran golosinas de bautizo. Y aquel seminarista que se llamaba Vila y cuando se ponía a hacer fútbol de verdad ni el Messi de ahora podría quitárnoslo de la memoria. En Vilamarxant quise tener pronto dieciocho años para no perderme las películas prohibidas y una vez mi padre habló con el tío Sàfer para que me dejara entrar con él a ver Con él llegó el escándalo, la película de Robert Mitchum que era como un peligro para las conciencias de entonces.

Nos fuimos del pueblo al cabo de unos años y regresamos cuando un grupo de jóvenes nos daban un ejemplo de compromiso contra la dictadura franquista. Serían detenidos y desde entonces los tengo siempre en eso de la amistad insobornable, y que no me los toquen a la hora de rendir gratitud a quienes fueron detenidos por luchar contra la barbarie, contra esa barbarie que en este país es como si no hubiera desaparecido nunca del todo. Desde ese regreso ya viví muchos años en ese pueblo, al que vuelvo menos de lo que me gustaría. Los años últimos del franquismo y primeros de la democracia intentamos seguir la brecha abierta por aquellos jóvenes y descubrimos que la democracia tampoco iba a ser algo fácil. Pero ahí anduvimos mucha gente, dejándonos la piel y lo que hiciera falta para que las cosas fueran poco a poco distintas y mejores que las de antes. ¡Cuánta de aquella gente guardo en la memoria! La infancia, la adolescencia, esa primera madurez que a lo mejor, al final, es algo que no acaba de llegar nunca en su entera plenitud.

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El paredón de Llíria

Cuando se acabó la guerra empezó la carnicería. Las cunetas se llenaron de muertos. Los cementerios se llenaron de tumbas clandestinas. El exterminio de quienes “no piensen como nosotros” que predicaba el general golpista Emilio Mola se llevaba a cabo con una precisión de entomólogo. Aún hoy hemos de hablar de ciento cincuenta mil personas desaparecidas. Aún hoy, las derechas siguen pensando que si sus padres y abuelos ganaron la guerra por qué no la van a seguir ganando sus hijos y sus nietos.

Y muchas veces miro a mi alrededor y pienso que es verdad, que la siguen ganando.

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Loles

Las calles de la ciudad de València andaban de fiesta. Cada cual a su manera, se disponía a su celebración particular. Lo de siempre cuando se acerca el 9 d’Octubre. Banderas, canciones, aplausos, insultos, pitos como los que usaban antes los jefes en las estaciones de trenes. No sé si ahora aún los usan, a lo mejor sí: pero yo no me entero. En esos días yo andaba (todavía ando) a casi dos mil kilómetros de distancia. Escribir es casi siempre andar lejos de donde escribes. Pasar del tiempo detenido en Gestalgar al bullicio extranjero de las ciudades ilimitadas -como la luz que cantaban Vicent Andrés Estellés y Ovidi en uno de sus poemas que más quiero- es como atravesar un túnel de luces y de sombras que van y vienen, que aparecen y desaparecen, que al final ya no sabes si eres de aquí, de allá o de ninguna parte, que es lo contrario (o eso creo) de lo que cantaban los Beatles en una canción de cuando éramos jóvenes y creíamos tener por delante más vidas que los gatos.

En esas vidas andábamos mucha gente. Los tiempos empezaban a ser otros, aunque para otra mucha gente los tiempos siguieran siendo los mismos de antes, tan llenos de oscuridad, tan vacíos de libertades sin adjetivos, para nosotros tan decididamente volcados en la esperanza. Fue cuando conocí a Loles. Recuerdo perfectamente el día en que la encontramos Manolo Miró y yo a la puerta del despacho laboralista que Quique, Javier y Aurora tenían en la calle Cirilo Amorós. En ese despacho nos pasábamos días enteros porque los nuevos tiempos -como digo- estaban llenos también de andrajosos restos de los tiempos viejos. Uno de esos días llegó Loles y se quedó con nosotros para siempre. Y desde entonces formamos Quique, Loles, Manolo y yo mismo una pandilla que siempre -pasara el tiempo que pasara sin vernos- se mantuvo como esas pandillas de duración insobornable que salían en los tebeos de la infancia.

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El pozo ciego de la Justicia

No sé cuántas veces he escrito aquí sobre la justicia. Muchas. Y siempre para decir más o menos lo mismo. La justicia en este país es una estafa. Una de las estafas más gordas que sufre todos los días esta pobrísima, titubeante, enfermiza democracia. Ya sé que Felipe González y José María Aznar -que hace unos días ocuparon sitio importante en nuestras pesadillas- también son una estafa. Pero la justicia es lo más. Porque cuando hablamos de justicia no hablamos sólo de esos dos personajes que parecen sacados de la serie televisiva Walking Dead. Cuando hablamos de justicia hablamos de un baluarte que cualquier democracia necesita para ser de verdad una democracia y no el más engañoso y peligroso de sus simulacros. Sin justicia, el desmoronamiento político y el desguace moral de un país están cantados.

Tendría que escribir aquí lo que se escribe siempre para quedar bien, justo, educado y esas cosas. O sea: que no todos los miembros de la judicatura son iguales. Que jueces y fiscales los hay de todas clases, buenos y malos, progresistas y conservadores, amantes del pop y feligreses de lo gregoriano. Lo de siempre, vamos. Pues vale. Lo digo y me quito el muerto de encima: no todos los jueces y fiscales son iguales. Dicho queda. ¿Y ahora? Pues ahora a seguir escribiendo lo de siempre. Y lo de siempre es que si echas un vistazo al funcionamiento de la justicia no sabes si cortarte las venas o montar la revolución francesa.

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Hilando vidas en Alcublas

Los pueblos de tierra adentro se buscan la vida como pueden. Y como pueden es mal. Hay una moda peligrosa: mirar esos pueblos desde la distancia que imponen los despachos en el centro de las ciudades. ¡Qué bien vivir en un pequeño pueblo, sin móvil, sin internet, sin reloj, sin equipaje alguno que te imponga el ritmo y las condiciones de la gran ciudad! ¿Cuántas veces han escuchado o leído ustedes gaitas como ésa? Más de un millón de veces. Ya sabemos que eso no se lo cree nadie, que es simple poesía neorural, como un anuncio televisivo de quesos o chorizos grabado en la casona de la abuela, una casona que sólo es un decorado construido en una nave industrial de la periferia urbana. Lo rural produce relatos cursis y románticos mientras quienes vivimos en lo rural sabemos que esos relatos son mentira.

Por eso los pueblos de tierra adentro nos buscamos la vida como podemos. Y muchas veces esa vida tiene que ver, más que con lo económico (que también), con un objetivo insobornable: construir palmo a palmo el alma de nuestra tierra. Sabemos que venimos de un sitio común, aunque la Serranía sea una de las comarcas más extensas del mapa valenciano, de muchos pueblos que en algunos casos son como uno solo. La belleza de los montes la rompen demasiadas veces, y con una impunidad que asusta, las excavadoras. Muchos caminos tienen el color oscuro de los desechos que encuentran acomodo, con la misma impunidad cómplice de algunos ayuntamientos, en parajes que si no fuera por eso serían los más hermosos que podamos echarnos a la cara. En Alcublas, ese pueblo que conozco y quiero desde hace un millón de años, el alma de sus gentes la construyen con sus propias vidas. Y no sólo las vidas en general, sino las vidas de sus mujeres. De sus mujeres de antes y de las de ahora, como un homenaje a las que se fueron dejando huella de dignidad en las que vinieron luego. Hace ahora 25 años de la creación de la Asociación de Mujeres de Alcublas, y de ahí nace el germen de la memoria que ahora se celebra. 

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La extrema derecha y el alcalde socialista

Ahí está la fotografía. Un acto de homenaje al líder de la extrema derecha valenciana. Su nombre es de sobra conocido: José Luis Roberto. Tiene un auténtico ejército privado camuflado en una empresa de seguridad. La musculatura de sus centurias se ejercita en su propia red de gimnasios y todos a una se presentan donde haga falta para dejar claro que la democracia es un mal que hay que borrar del mapa como sea. Para esa tropa no hay límites a la hora de salir en manada para cargarse cualquier manifestación pública que no defienda las soflamas fascistas que ellos defienden. El suyo, su partido, responde al nombre de España 2000 y se alimenta del odio a todo lo que suena a demócrata y de izquierdas. Llevan así no sé cuántos años. Campan a sus anchas por donde les da la gana, como si fueran ellos los dueños de la calle.

Su oficio es el del acoso a la democracia y a sus representantes orgánicos e institucionales. Allá donde hay una manifestación pública de los derechos democráticos se presentan ellos para reventar esa manifestación. La sede de Compromís en Valencia, la ciudad de Paiporta y su alcaldesa Isabel Martín, la casa de la vicepresidenta Mónica Oltra, hace unos días el Aplec del Camp de Túria, en Bétera: esos son algunos de los objetivos que nutren a esa tropa de cerebros tatuados con esvásticas y algunos de ellos con el escudo del Valencia Club de Fútbol. La Peña valencianista Yomus es un buen criadero de violentos callejeros contra la democracia. También, en el caso de Bétera y Paiporta, los fascistas de España 2000 gozaron de la complicidad del PP de esas localidades, o al menos de algunos de sus miembros más relevantes.

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Las mantas de la paciencia infinita

Se acerca el invierno. Hace tiempo que la primavera y el otoño sólo existen en los poemas románticos y en el Corte Inglés. Pronto empezarán los anuncios que hablarán de lo imprescindible que es instalar en las viviendas los aparatos de climatización, las estufas, los calefactores para que el cuarto de baño se caliente en diez minutos, mientras te tomas el primer café de la mañana. ¡Cierre su casa al frío del invierno! Eso dirán los anuncios. A estas horas los dueños de las compañías eléctricas lo que se están calentando son las manos, frotándolas con entusiasmo porque saben que el frío del invierno es para ellos un negocio redondo. Sobre todo, cuando ese negocio es de los que no están sujetos a control alguno. Se sientan unos tipos alrededor de una larga y lujosa mesa de caoba reluciente, se repantigan en los sillones con sus panchorras de millonarios, se miran aguantándose la risa y finalmente estallan a coro en una carcajada ruidosa, estratosférica.

De qué se ríen esos tipos. Qué les hace tanta gracia. El invierno es lo que les hace tanta gracia. El frío del invierno. Cómo ese frío lo van a convertir ellos en millones de euros, en muchísimos millones de euros. Son los tipos de las “eléctricas”, que es como se llaman coloquialmente esas empresas que deciden sin que nadie les tosa a qué precio hemos de pagar la electricidad en nuestras casas. ¡Y qué casualidad: cuando se acerca el invierno se dispara el precio de esa electricidad! No tienen ningún problema para hacerlo, para disparar esos precios sin control de ninguna clase, aunque haya un organismo -o varios- que se encargan -o habrían de encargarse- de ponerles freno a sus aumentos caprichosos. Ningún problema tienen para esos aumentos. Ninguno. La sangre que bombea su corazón tiene el color del dinero, el sabor del dinero, el tacto aterciopelado del dinero, el sello inmisericorde y metálico el dinero.

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