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Ana Asión Suñer

Doctora en Historia del Arte. Investigadora, creadora y amante del cine en todas sus vertientes. Defensora de la cultura como sinónimo de libertad.

La cultura como salvavidas

Pocas veces el cine ha resultado tan premonitorio como en esta ocasión. Si algo tienen en común tres de las películas que mayor repercusión tuvieron en 2019 (Parásitos, La trinchera infinita y Jojo Rabbit) fue que todas ellas compartían la inquietud por transmitir al espectador la empatía hacia personas que se encontraban encerradas en un espacio reducido, contra su propia voluntad, obligadas por una amenaza externa y, en sus casos además, de manera clandestina. ¿Quién iba a decir que, pocos meses después, íbamos a estar experimentando una sensación no tan ajena? Ficciones basadas en realidades que, por su lejanía temporal o geográfica, parecían distantes de cualquier parecido con algo que pudiera resultarnos familiar. Hasta ahora.

Uno de los mayores temores que han acechado estos últimos días al tomar conciencia de que la amenaza es real, es el hecho de tener que enfrentarse a la idea de un aislamiento forzoso, la privación o máxima reducción de la libertad de movimientos. Ante ello, uno de los mecanismos que desde el inicio se ha alzado como paliativo de este excepcional estado ha sido la cultura. Artistas que, de forma completamente generosa y altruista, han ofrecido sus creaciones (música, libros, actuaciones teatrales, poesía), museos que han garantizado contenido virtual para su consulta (Museo del Prado, Centro de Arte Reina Sofía, Louvre) o plataformas que han facilitado productos audiovisuales de forma gratuita, se encuentran entre algunas de estas iniciativas; que, a medida que el tiempo de cuarentena se prolonga, ve aumentada su cantidad y variedad.      

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De lo invisible y lo terrenal

Si por algo se caracterizó la última edición de los Premios Goya fue por poner frente a frente a dos de los pesos pesados de la cinematografía española. Pedro Almodóvar (Dolor y gloria) y Alejandro Amenábar (Mientras dure la guerra) no solo sumaron numerosas nominaciones en sus respectivos trabajos, sino que además lograron alzarse con los principales galardones. La competencia sin embargo no se lo puso nada fácil, en una ocasión donde quedó en evidencia la variedad y el talento del cine español.

Respaldada por quince nominaciones, La trinchera infinita se mantuvo al acecho hasta el último momento de la carrera, intentando convertirse en una tercera vía respecto a sus dos máximas contrincantes. No pudo ser, pero logró volver a casa con los premios a mejor actriz principal (Belén Cuesta) y a mejor sonido. Un trabajo surgido de los cineastas Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga, quienes ya habían conseguido hacerse un hueco en la industria fílmica hispana con Loreak (Flores, 2014) y Handia (2017). Al margen de su indudable calidad técnica, seña de identidad del equipo vasco, la valentía del largometraje reside en la visión elegida para contar la historia más reciente de España.

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Esclavos del franquismo

Hace unos meses la editorial aragonesa GP Ediciones aportó a su corpus de cómics históricos un título que arrojaba una nueva mirada sobre la historia española del siglo XX. 'Esclavos de Franco' de Chesus Calvo, obra reseñada por Óscar Senar en este mismo rotativo, elige como vehículo de transmisión de su argumento un tema que quizás hoy en día pueda resultar todavía desconocido para parte de la sociedad. 

Cuando se habla de campos de concentración, de forma automática la mente de la inmensa mayoría de la población actual viaja en el tiempo y recuerda los horrores que la Alemania nazi llevó a cabo durante la Segunda Guerra Mundial en los centros de exterminio que construyó para ejecutar su programa de aniquilación. Sin embargo, pocas veces se repara en los cerca de 300 espacios que, con un objetivo similar aunque quizás mejor camuflados, levantó Franco desde el comienzo de la Guerra Civil a lo largo de la geografía española.

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Lo local es lo universal

Llevo varios meses dándole vueltas a esta sencilla afirmación. Creo que empecé a hacerlo cuando realicé mi primer audiovisual, ya que la idea que perseguía era contar una historia muy concreta, situada en un entorno geopolítico específico; pero que al mismo tiempo despertara el interés de aquellas personas que no estuvieran ligadas a él. Aunque mi interés fue en aumento, no ha sido hasta fechas recientes cuando realmente me he parado a indagar sobre el enunciado en cuestión.

Mis primeras pesquisas me señalan a dos poetas, William Carlos Williams y Miguel Torga, como “autores” de estas palabras, o por lo menos intelectuales que se vincularon con esta idea. Sin embargo, y ante la falta de satisfacción por el descubrimiento, continuo con mi reflexión personal. Volviendo la vista atrás, observo cómo durante la Prehistoria se han encontrado representaciones antropomórficas que, separadas por miles de kilómetros, comparten características formales. Ídolos que, de la Península Ibérica a Asia Central, muestran en todos los casos el poder que la imagen tenía ya en aquellos instantes. Ejemplos particulares que demuestran cómo los seres humanos compartimos toda una serie de intereses, sentimientos y necesidades comunes, aquí y en el otro extremo del mundo. Pero quizás esto resulta demasiado evidente (o no).

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"American way of life": Bienvenidos a la era instagramer

Este año, la película American Beauty (1999, Sam Mendes) y yo cambiamos de década. Concretamente ella cumple los veinte, un momento vital en el que (¡por fin!) la mayoría de edad parece que se digna a introducirte en la edad adulta. En su caso se supo desde el principio que iba a convertirse en un producto atemporal, de los que vuelves a visionar tiempo después y te das cuenta que han envejecido bien, ¿O acaso ha cambiado mucho la sociedad sobre la que ironizaba en 1999? Más allá de los famosos pétalos de rosa y esa lolita que encandiló al personaje de Kevin Spacey, el largometraje es todo un reflejo de la hipocresía y las falsas apariencias que impuso el American way of life. Un modo de vida que a mediados del siglo XX se extendió más allá de las fronteras norteamericanas, y que estuvo acompañado de un voraz capitalismo en el que todavía hoy seguimos inmersos. España fue uno de los países donde se pasó de comprar por necesidad a hacerlo como símbolo de estatus, dejando a un lado la economía de subsistencia e introduciéndose a partir de los años sesenta en pleno desarrollismo. 

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