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Carol Galais

Doctora en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra, actualmente investigadora postdoctoral en la Université de Montréal. Cuenta con experiencia investigadora en los ámbitos de la participación política y el civismo en el ámbito local, la opinión pública y la cultura y socialización políticas.

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Una teoría de la conspiración española: creencias sobre el 11M

Una manera de entender el resurgimiento de la sombra de la sospecha sobre la autoría de los atentados del 11 de marzo de 2004 es desde las teorías de la conspiración. Entendemos como teorías de la conspiración aquellas explicaciones de hechos sociales, políticos (incluso naturales) alternativas a la versión oficial, alusivas a grupos e intereses secretos y, por esto mismo, imposibles de verificar. En España se da la circunstancia de que una de las más sonadas teorías de la conspiración modernas surge, curiosamente, de la versión oficial de un gobierno. No vamos a entrar en la solidez de las pruebas que refutan esta teoría, ni en su cronología o en cuáles eran los intereses de aquellos que decidieron propagarla. Simplemente diremos que, al no formar parte ya de la versión oficial de los hechos, aquellos que defienden la posibilidad de que ETA jugara algún papel el 11M están dando por buena una teoría de la conspiración.

En nuestro grupo de investigación tenemos un interés creciente en los patrones mentales que llevan a la gente a creer en estas teorías pese a la solidez de los datos que las refutan. Existe una cierta preocupación en la academia sobre la conexión entre esta mentalidad y la expansión de la xenofobia y el populismo, entre otros fenómenos. Por eso, en una encuesta realizada a finales del año pasado preguntamos por el grado de credibilidad de algunas de estas teorías. Entre ellas, por la que nos ocupa hoy.[1]

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De casta le viene al político

A Podemos se le está echando en cara muchas cosas, especialmente ahora al materializar cinco eurodiputados. Algunas de esas críticas son comprensibles –tema  Pablemos-, otras discutibles –tema Cuba/Venezuela-. Entre estas últimas, una hace referencia a su retórica, y más particularmente al uso de la palabra “casta” para referirse a los políticos. Parece que a muchos este término les evoca el discurso de los populismos tradicionales y nuevos –como el de Beppe Grillo- y reclaman a Podemos que deje de utilizarlo.

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Hacia la participación desafecta, el cinismo y la polarización

Siempre es una buena noticia cuando los medios se hacen eco de los resultados de investigaciones y los académicos tienen la ocasión de devolver un poco de lo que han recibido de la sociedad. Esto ocurrió la semana pasada con la presentación de los resultados de la sexta ola de la Encuesta Social Europea (ESS). Esta encuesta, de extraordinaria calidad, lleva realizándose cada dos años en diversos países del continente europeo desde 2002 (en 29 en esta edición), en un ejemplo de constancia remarcable. Más notable es aún que España haya formado parte de todas las ediciones.

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Estamos enfadados, pero no lo bastante

Iba a titular: ¿Qué tiene que pasar para que “el nivel de discrepancia en España” deje de parecerle a Wert y al gobierno en general “una fiesta de cumpleaños”? pero he preferido versionar a los Ilegales porque solo voy a tratar una modesta hipótesis sobre por qué no arde la pólvora en nuestras calles: porque la gente está más atemorizada que enfadada. 

La teoría de la inteligencia afectiva de MacKuen y Marcus trata sobre el razonamiento emotivo y destaca la importancia de las emociones en nuestra manera de procesar información y producir juicios políticos. Ciertas emociones, principalmente negativas, y sobre todo la ansiedad, activan el sistema de vigilancia. Éste hace que el individuo busque más información sobre un tema y reflexione al respecto. El sistema de disposición, en cambio, activado por emociones como el entusiasmo, nos llevaría a actuar y no a  rumiar sobre lo que desencadena la emoción. Desarrollos posteriores señalan que no todas las emociones negativas pertenecen al sistema de vigilancia. La ira, por ejemplo, desencadena reacciones propias del sistema de disposición, de manera que se ha encontrado relación entre el enfado y la participación política.  También Stéphane Hassel lo vio claro sin tanta teoría: la indignación, prima hermana del cabreo, es un importante motor de cambio político. Parálisis o acción. Miedo o ira. Entre estos dos sentimientos nos debatimos en medio de noticias sobre desahucios, recortes, corrupción, privatizaciones y nuevas leyes demenciales.

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El interés por la política de los españoles

No te metas en política. La política es conflicto y división, algo difícil practicado por élites hipócritas y corruptas. Es, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo, porque las instituciones son refractarias a los ciudadanos. Así que vamos a cambiar de tema y a tener la fiesta en paz. Éstas son, a grandes rasgos, las percepciones más compartidas por los españoles sobre política desde que somos capaces de medirlas, esto es, desde la transición a la democracia. Frases oídas mil veces que ejemplifican lo que los investigadores sociales denominan “desafección política”, un conjunto de actitudes negativas hacia la política en general, instituciones, partidos y líderes.

Entre otras cosas, esta desafección se manifiesta en unos niveles bajos de interés por la política. ¿Cómo de bajos? Según la Encuesta Social Europea (ESE), en 2010 España era tercera por la cola de entre los 28 países participantes con respecto a sus niveles de interés por la política. Sólo un 28% de españoles se declaraban muy o bastante interesados por la política, lejos del 44% de interesados en Francia, del 58% de Alemania o del 70% de Dinamarca. Este escaso interés por lo público no sorprende teniendo en cuenta la convulsa historia contemporánea de España, y muy particularmente el trauma de la Guerra Civil. Desde entonces, las imágenes negativas de la política se transmiten en el seno de las familias españolas por un mecanismo similar al que llevaba a nuestros ancestros a crear leyendas sobre alimañas o plantas nocivas para que los niños las evitasen, ahorrándose así muchas explicaciones.

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