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Cristina Quirantes

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Feria

Se sentó a mirarla por penúltima vez. Llevaba allí unos cuantos años, desde aquel domingo que la trajo junto con el periódico y el pan caliente de la mañana, con un nombre y una preciosa historia contada por otros. Una gatita tricolor que la esperaba siempre en la cocina, en el mismo sitio, en la misma postura. A veces, en el tiempo muerto que le negociaba al día, se relajaba frente a ella, disfrutando de la sonrisa y la paz que le provocaba. Pero ahora que había decidido guardar todos los retales del pasado, sabía que Feria también tenía el pasaporte preparado.

Sintió que había llegado ese momento, el día que al coger un libro cayó al suelo un recuerdo inesperado, un trozo de papel, unas pocas letras. Era solo el envoltorio de un instante, pero lo suficientemente llamativo como para que ella recreara a mano alzada la antigua sensación vivida. Y le dio miedo. Había sembrado muchas madrugadas de sillón practicando apnea entre recuerdos, de las que solo cosechó latigazos de memoria flotando en un disimulado borrón. Y se extravió haciendo papiroflexia con esperanzas que convertía en tangibles, hasta que descubrió que era el peor truco para la verdad.

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85 decibelios de paz

Le quita los 85 decibelios a La Simone, cierra la puerta y empieza a caminar por la acera. Antes del quinto paso ya está atrapada en la neblina de ruido en la que se ha convertido la ciudad. Frases sueltas de conversaciones ajenas, rumor terminal que se multiplica, palabras que la adelantan, que la siguen, que la acompañan. Algunas que la conmueven, la atraviesan como si fuera el mismísimo san Sebastián. No ha pasado ni un minuto y ya se siente como un acorde en sordina en medio de todo ese bullicio orquestal sin dirección.

Entra en el bar de siempre donde le sirven sin necesidad de hablar. Ante la imposibilidad de resistirse, se deja mecer al ritmo de la dictadura del ruido, intentando mantener su oasis en ese desierto de algarabía inmarcesible. Por cada taza de café, golpe hueco en el mostrador, monedas que se columpian en las manos, ¿cuánto es?, gracias, buen día. ¡Otro café al fondo, con leche!, golpe de mano en el mango y cacillo en el metal, golpe seco, vaso de agua. Se propone romper con ese paisaje estridente, lograr un compás de espera, para lo que coloca las monedas en la mano del camarero. Pero este es un veterano lacayo del estruendo, así que deja la vuelta en la barra con ruido metal, ruido frío, de monedas; pocos ruidos tan carentes de vida como ese.

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Palabras cruzadas

Palabras que piensas y dejas macerando en la mesilla de noche con el último latido antes de dejarte dormir. Palabras que te reciben con el amanecer, que intentas masticar antes de dejarlas volar, pero a las que no les encuentras forma y las dejas enjauladas dentro de ti, varando con un sentimiento enquistado, en una gota de sangre que entra y sale del corazón.

Palabras que hubieras deseado escuchar, pero que se perdieron entre la tercera y cuarta costilla, junto a las primaveras estériles que no te dejaron huellas a las que sonreír. Palabras que se convierten en sospechas fundadas a las que no les hace falta rueda de reconocimiento, servidas por el verdugo y aderezadas por su cómplice, pero sin ruegos y preguntas, ni fiscal, ni juez, y sí con un certero y mortal alegato final.

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Destino

La colocan con el resto al lado de la puerta, expuesta a todo el que pase, pero lo suficientemente alejada de manoseos gratuitos. Suponía que no sería nada agradable estar a la vista golosa de todo el que la mira, pero ahora lo puede confirmar. Siente que se acerca el final y no puede evitar recordar lo que ha sido su obligado viaje hasta llegar allí.

Ella quería ser de otro sitio y de ninguno, odiaba las etiquetas y siempre buscó la forma de cortar con ellas. Nunca se cansó de gritar en silencio para lograr el reconocimiento al valor que sabía que tenía, pero solo consiguió que le pusieran precio. No entendía de banderas, como de tantas otras cosas, pero su presencia siempre venía de la mano de una. Se consideraba única, diferente a su manera, pero no podía separarse del conjunto. Había escuchado que sus antepasados tenían un origen concreto, algo ya imposible en un presente globalizado. Buscaba abrazar ese pertenecer a todos lados sin perder sus señas de identidad y, al mismo tiempo, dejarlas a un lado si eso es lo que le permitiría llegar más lejos. En el fondo sabía que no quedaba nada por descubrir, que no podría decidir dónde desembarcar, dónde terminar el viaje, dónde poner el punto y final a una vida marcada por fechas por cumplir y una soledad ruidosa. Porque ella no nació para eso.

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Ambrosía sabor café

Desde hace siete años recorro todos los días esa calle, y muchas veces entablamos conversación. Un intercambio de palabras sin importancia pero que a mí me llena de vida. Resulta macabro, porque es justo lo que se te escapa con cada suspiro. Y es que desde el primer momento supe que todos los días la vida te reta a un pulso, mientras la muerte se entretiene desdibujando tu futuro.

Todos sabemos que tenemos fecha de caducidad, que nuestro fundido en negro tendrá el mismo final, pero se sobrevive mejor sin la presión del cronómetro reflejado en el espejo todas las mañanas. Dicen que la muerte está tan segura de su triunfo que te deja toda una vida de ventaja. Pero algunas veces, aun conociendo su indiscutible victoria, juega sucio y reparte una mano de cartas trucadas, una ventaja bichada. Y eso fue lo que te pasó a ti, te quedaste sin comodín y sin posibilidad de hoja de reclamaciones.

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David y Las Parcas

Agarra con fuerza un vaso con refresco como el paria se aferra a un copa de ginebra mala en la barra de un bar. Una mujer, a la que mira con reproche, le da un beso mientras le dice que solo será un momento. Ellas aparecen lentamente, con el paso inseguro que da la edad, pero decididas.

Recuerdan a las Chloe y Lily de la maravillosa El invitado de invierno, pero sin la pátina entrañable de aquellas. Se sientan delante del crío, que ante las figuras de negro se vuelve más pequeño, más vencido, y con el seseo de una serpiente empiezan a dispararle las típicas preguntas.

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