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85 decibelios de paz

Le quita los 85 decibelios a La Simone, cierra la puerta y empieza a caminar por la acera. Antes del quinto paso ya está atrapada en la neblina de ruido en la que se ha convertido la ciudad. Frases sueltas de conversaciones ajenas, rumor terminal que se multiplica, palabras que la adelantan, que la siguen, que la acompañan. Algunas que la conmueven, la atraviesan como si fuera el mismísimo san Sebastián. No ha pasado ni un minuto y ya se siente como un acorde en sordina en medio de todo ese bullicio orquestal sin dirección.

Entra en el bar de siempre donde le sirven sin necesidad de hablar. Ante la imposibilidad de resistirse, se deja mecer al ritmo de la dictadura del ruido, intentando mantener su oasis en ese desierto de algarabía inmarcesible. Por cada taza de café, golpe hueco en el mostrador, monedas que se columpian en las manos, ¿cuánto es?, gracias, buen día. ¡Otro café al fondo, con leche!, golpe de mano en el mango y cacillo en el metal, golpe seco, vaso de agua. Se propone romper con ese paisaje estridente, lograr un compás de espera, para lo que coloca las monedas en la mano del camarero. Pero este es un veterano lacayo del estruendo, así que deja la vuelta en la barra con ruido metal, ruido frío, de monedas; pocos ruidos tan carentes de vida como ese.

Vuelve a la calle, al revoloteo de voces que llaman a otras voces, que a su vez contestan con el eco de ellas mismas, como en una interminable partida de damas. Toma el tranvía, y mientras busca asiento se le pega a la ropa todo el parloteo que va dejando detrás: se fue temprano, esa no la estudié, quedan tres paradas, nos vamos en agosto. Se sienta con todas esas palabras colgando como jirones, haciéndose espacio entre frases que tropiezan entre ellas, que no terminan o que se adosan a otras. Las conversaciones chocan contra los cristales sin escapatoria, y solo al abrirse las puertas se refresca el ambiente; voces que se van, otras que llegan. Abandona casi ilesa el trayecto de Babel y se sumerge en otros ruidos que chirrían igual, entre gente con los mismos ecos que los que dejó atrás.

Al cruzar la entrada de la tienda confirma lo que suponía. El perenne jaleo de la calle se ha instalado allí, salvo que el tema principal es repetitivo. Intenta que sus pensamientos la alejen de ese bucle, pero es imposible sobrevivir triunfadora a los precios y demandas dados a voces. Con la paciencia casi en alquiler, se coloca en la fila para pagar. Después de tantos años, no se acostumbra al papel de obligada oyente, ni a las preguntas incómodas que la convierten en testigo de cargo de vidas que desconoce. Todavía le parece complejo transitar entre la gente, rozar sus vidas un segundo y desaparecer indefinidamente, sin que ello no suponga algún roto en su caparazón.

Vuelve a su casa con la cabeza aletargada. Se sacude con energía toda esa miscelánea que ha adquirido en la calle contra su voluntad. Enciende el equipo de música, inspira profundamente y se deja conquistar por los 85 decibelios de paz de La Simone.

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Publicado el
13 de diciembre de 2018 - 11:16 h

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