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Dávide Paiser

Miembro de Podemos Gran Canaria.

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1-O: Revival franquista

Como en un mal sueño, las noticias relativas a la detención de cargos públicos y registros en la sede de partidos políticos catalanes nos dejan el regusto amargo la pesadilla: pero al despertar, el monstruo sigue ahí. Observamos en la información facilitada por los medios los síntomas del trauma no superado de la dictadura, que se manifiesta en un país donde los conflictos políticos se siguen resolviendo mediante la fuerza bruta. La derecha en el poder, digámoslo con claridad, es amante de la violencia y siempre ha dado muestras de ello. Sus bases represivas necesitan la violencia y la manifiestan y la alientan siempre que ello es posible. Así, pese a las invocaciones vacuas al funcionamiento del “Estado de Derecho”, sólo podemos considerar violencia la supresión de facto de las mismas garantías democráticas que se afirma defender. El Partido Popular, un partido que vuelve a demostrar su filiación fascista, podrido de corrupción y enredado en tramas mafiosas que socaban cualquier pretensión de honorabilidad de sus representantes, responde ante su situación de opción política residual en Cataluña como el maltratador en una relación de pareja: convierte sus complejos en agresividad. El dispositivo policial que ya inicia su despliegue en Cataluña, con alojamiento para sus tropas de asalto en varios buques de crucero atracados en el puerto de Barcelona, nos da una idea de la siniestra imaginación represiva que caracteriza a unos responsables de Interior que ya han hecho gala de un perturbador talante antidemocrático en el pasado reciente. Por su parte, la judicatura, que no deja de dar muestras del bajísimo nivel de saneamiento de sus estructuras predemocráticas, jalea ahora a sus mastines y se apresta a protagonizar la persecución de aquellos representantes políticos que son capaces de poner el cuerpo para que se pueda ejercer el derecho al voto.

En este sainete macabro en que se ha transformado el acontecer político español, con unos gobernantes zafios, ignorantes y chulescos y unas masas aborregadas que siguen entonando el “¡vivan las caenas!” en las encuestas de intención de voto, el Partido Socialista Obrero Español, tal como ocurrió en el acto inaugural de la reforma del 135 de la Constitución, vuelve a ejercer de comparsa vergonzante, como organización que ha pasado de representar al liberalismo progre al vaciamiento ideológico total de la actualidad, con figuras de un nivel político rayano en la oligofrenia. Les acompañan en este viaje a bordo del love boat del Ministerio de Interior ciertas voces de una izquierda que adolece de todos los tics franquistas adquiridos en la caverna del españolismo durante los cuarenta años de vida del dictador: opinadores de diversa laya, que jamás han puesto un pie en Cataluña, que desconocen la realidad catalana, repiten todos los tópicos anticatalanes y centralistas que el viento propaga al sur del Ebro, aclamando la prohibición del referéndum entre espumarajos de resentimiento e ignorancia.

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¿Qué modelo para canarias?

El domingo 23 de noviembre era el día elegido por el Gobierno Autonómico para celebrar la consulta sobre las prospecciones petrolíferas en aguas canarias. Una consulta que, presuntamente por imperativos legales, tomaba la forma de una pregunta ambigua y timorata, que no cuestionaba lo fundamental; pero ni con esas: en Madrid, una vez más, habían decidido taparle la boca a la gente. Esas señorías encorbatadas, que ya no pueden disimular con trajes de Armani ni con perfume de París el tufo a detritus que exhalan por tanta corruptela, esos ejecutivos de la gran empresa devenidos administradores públicos, esos caciques e hijos de caciques y de funcionarios franquistas, conchabados con la peor oligarquía parasitaria en consejos de administración y juntas de accionistas, ahítos por el festín del saqueo, vienen a decirnos que no podemos decidir nuestro futuro, que no podemos pronunciarnos sobre aquello que nos resulta vital, que no tenemos capacidad para deliberar y elegir qué camino nos conviene. No habrá consulta y las prospecciones ya han dado comienzo, con el ejército español haciendo las veces de una compañía de seguridad privada, con una persona herida y hospitalizada, resultados geológicos inciertos y un daño al ecosistema garantizado. Todo en medio de una campaña de mentiras a la población sobre los beneficios económicos del crudo por parte del ministro de Industria -que ya prepara su entrada por las puertas giratorias de la empresa privada y se despide para siempre de su Telde natal, a donde no podrá volver sin escolta- y una vergonzosa puesta en escena publicitaria a cargo de la multinacional Repsol. Ese es el progreso que nos trae la derecha recalcitrante que gobierna en Madrid, a dos mil kilómetros de distancia.

Y sin embargo, la misma idea de progreso esconde una trampa que no siempre es tenida en cuenta: el progreso, entendido como crecimiento permanente y desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, es el dogma incuestionable en la ideología neoliberal que nos gobierna. Ese progreso que avanza a ciegas, como una apisonadora sin control, encierra siempre, junto a los balances económicos, una contrapartida de ruina y devastación de los territorios y las poblaciones más frágiles, una homologación cultural en torno al consumismo sin fronteras y la desaparición no sólo de la diversidad natural, sino también de los saberes, lenguas y manifestaciones artísticas que no encajan con los patrones dominantes al tiempo que tiene lugar la reducción de la realidad humana en su conjunto al común denominador de las ganancias económicas. Todo se sacrifica en el altar del progreso, antesala del reino de la mercancía. Marx lo supo ver con clarividencia ya en el siglo XIX, y, a lo largo del siglo XX, autores tan dispares como el alemán Walter Benjamin o el italiano Pier Paolo Pasolini nos alertaron sobre la deshumanización fascista que llegaba a lomos de esta ideología y que ni siquiera la izquierda política fue capaz de conjurar. Por eso, cuando la locomotora de alta velocidad de este nuevo fascismo amenaza con descarrilar y llevarnos a todos por delante, lo que hay que hacer es echar el freno de emergencia y pararnos a recapacitar.

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