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Dávide Paiser

Músico y profesor de Filosofía.

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Señores políticos, súbanse a la grúa

¿Por qué caen los partidos de izquierda una y otra vez? Después de cuarenta y pico años de democracia parlamentaria en España lo podemos decir alto y claro: caen por el desencanto que generan sus políticas, por su insuficiencia, por su inanidad, por su imperdonable parecido con sus pares de la derecha. En román paladino: la gente no le vota a la izquierda para que, en aras de una dudosa respetabilidad, se parezca a la derecha. Tampoco lo hace porque la izquierda sea “más enrollada” que la derecha en un plano meramente simbólico. No basta con decir “la derecha es facha, nosotros somos guay, somos más hippies que ellos, más tolerantes, más cultos y sensibles, tenemos una mejor relación histórica con los Derechos Humanos".

Todas estas medias verdades caen en saco roto cuando la izquierda de rosáceos dedos gobierna. Ahí se acaban las excusas y empiezan los malabarismos dialécticos y el ponerse de perfil cuando toca enfrentarse de verdad a los poderes económicos, que fue para lo que realmente fueron elegidos nuestros inefables representantes de izquierda. Hoy, con los hechos de la Tejita, tienen una nueva oportunidad para marcar la diferencia. Sin embargo, ¿por qué será que ya no nos fiamos?

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Contra la pandemia ultra

Como una botella lanzada al mar cuyo mensaje llega a nuestra orilla medio siglo después, recibimos la publicación en español de un texto hasta ahora inédito del filósofo alemán Theodor Wiesengrund Adorno, correspondiente a una conferencia impartida en Viena en abril de 1967 bajo el título “Rasgos del nuevo radicalismo de derecha”. Adorno pronunció esta conferencia en la Universidad de Viena invitado por la Asociación de Estudiantes Socialistas de Austria, en el contexto del ascenso electoral del NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania), un partido de extrema derecha fundado en 1964 y que durante un tiempo consiguió aglutinar a los herederos alemanes del nazismo en una formación política que, formalmente, respetaba las normas democráticas, esquivando así el riesgo de ilegalización que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, pesa en aquel país sobre las formaciones neonazis.  La exposición oral de Adorno, publicada en alemán el año pasado después de permanecer cinco décadas en los archivos de la Österreichische Mediathek, resulta perturbadoramente actual en vista del curso de los acontecimientos políticos de nuestros días, aun salvando la distancia de las cinco décadas transcurridas y con la prevención, que el mismo Adorno apunta, de que no podemos hacer analogías directas entre las situaciones políticas de cada época. Hoy, cuando vemos cómo la pandemia del ultranacionalismo autoritario se expande y disputa la hegemonía mundial a un liberalismo exangüe y a una socialdemocracia agónica, hoy que  la derecha radical española nos regala formidables dosis de esperpento e intoxicación mediática en las redes, en la calle y en el Congreso, el breve texto de Adorno, transcrito de una grabación magnetofónica y en un estilo inusualmente fácil y ameno, pensado para la oralidad, supone un extraordinario ejercicio de clarificación acerca  de los rasgos del (no tan nuevo) fascismo y de posibles vías para combatirlo.

Comienza Adorno su conferencia afirmando que las condiciones sociales que determinan el fascismo siguen vivas, dado el  continuo proceso de concentración de capital en la economía: el fascismo es así un elemento estructural del capitalismo que constituye una tendencia interna del sistema, que ni siquiera dependería de la existencia de un partido político, sino tan solo de una determinada coyuntura, para saltar de nuevo al campo de la política real. Esa coyuntura, descrita por Adorno en 1967, sigue vigente en gran medida hoy: la concentración permanente de capital en pocas manos implica la constante posibilidad de desclasamiento y degradación de unas capas sociales que se consideran subjetivamente “clase media” y que incluso aspiran a una mejoría. A esto debemos sumarle el espectro del desempleo tecnológico que, si ya estaba presente en tiempos de Adorno, hoy se ha agudizado con la digitalización. Igualmente, la concentración del comercio al detalle en las grandes superficies significaba y significa  la condena del pequeño negocio a la desaparición, mientras que en el sector agrícola, la globalización y los acuerdos comerciales internacionales han cronificado unos problemas gravísimos, que persistirán mientras no se aborden de manera radical, impulsando la justicia económica para los agricultores, más allá de las subvenciones de turno. Por lo que respecta a los restos del fascismo sociológico tras la derrota en la guerra, Adorno señala la continuidad de una cultura que no ha roto con el pasado a pesar de los juicios de Nüremberg y de los procesos de desnazificación que se llevaron a cabo en Alemania a partir de la ocupación tras la guerra, procesos en los que el propio Adorno y su colega Max Horkheimer jugaron un papel político muy activo con su insistencia en la memoria del Holocausto. ¿Qué diremos de España, un país donde el dictador murió impune, donde los crímenes franquistas han gozado del olvido por imposición y donde aún hoy observamos una escandalosa persistencia de elementos fascistoides en las instituciones judiciales, militares y policiales? En palabras de Adorno, los movimientos fascistas son “expresión de que, por su contenido socioeconómico, hasta la fecha la democracia no se ha concretado de manera real y plena en ninguna parte, sino que ha seguido siendo algo formal”.

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1-O: Revival franquista

Como en un mal sueño, las noticias relativas a la detención de cargos públicos y registros en la sede de partidos políticos catalanes nos dejan el regusto amargo la pesadilla: pero al despertar, el monstruo sigue ahí. Observamos en la información facilitada por los medios los síntomas del trauma no superado de la dictadura, que se manifiesta en un país donde los conflictos políticos se siguen resolviendo mediante la fuerza bruta. La derecha en el poder, digámoslo con claridad, es amante de la violencia y siempre ha dado muestras de ello. Sus bases represivas necesitan la violencia y la manifiestan y la alientan siempre que ello es posible. Así, pese a las invocaciones vacuas al funcionamiento del “Estado de Derecho”, sólo podemos considerar violencia la supresión de facto de las mismas garantías democráticas que se afirma defender. El Partido Popular, un partido que vuelve a demostrar su filiación fascista, podrido de corrupción y enredado en tramas mafiosas que socaban cualquier pretensión de honorabilidad de sus representantes, responde ante su situación de opción política residual en Cataluña como el maltratador en una relación de pareja: convierte sus complejos en agresividad. El dispositivo policial que ya inicia su despliegue en Cataluña, con alojamiento para sus tropas de asalto en varios buques de crucero atracados en el puerto de Barcelona, nos da una idea de la siniestra imaginación represiva que caracteriza a unos responsables de Interior que ya han hecho gala de un perturbador talante antidemocrático en el pasado reciente. Por su parte, la judicatura, que no deja de dar muestras del bajísimo nivel de saneamiento de sus estructuras predemocráticas, jalea ahora a sus mastines y se apresta a protagonizar la persecución de aquellos representantes políticos que son capaces de poner el cuerpo para que se pueda ejercer el derecho al voto.

En este sainete macabro en que se ha transformado el acontecer político español, con unos gobernantes zafios, ignorantes y chulescos y unas masas aborregadas que siguen entonando el “¡vivan las caenas!” en las encuestas de intención de voto, el Partido Socialista Obrero Español, tal como ocurrió en el acto inaugural de la reforma del 135 de la Constitución, vuelve a ejercer de comparsa vergonzante, como organización que ha pasado de representar al liberalismo progre al vaciamiento ideológico total de la actualidad, con figuras de un nivel político rayano en la oligofrenia. Les acompañan en este viaje a bordo del love boat del Ministerio de Interior ciertas voces de una izquierda que adolece de todos los tics franquistas adquiridos en la caverna del españolismo durante los cuarenta años de vida del dictador: opinadores de diversa laya, que jamás han puesto un pie en Cataluña, que desconocen la realidad catalana, repiten todos los tópicos anticatalanes y centralistas que el viento propaga al sur del Ebro, aclamando la prohibición del referéndum entre espumarajos de resentimiento e ignorancia.

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¿Qué modelo para canarias?

El domingo 23 de noviembre era el día elegido por el Gobierno Autonómico para celebrar la consulta sobre las prospecciones petrolíferas en aguas canarias. Una consulta que, presuntamente por imperativos legales, tomaba la forma de una pregunta ambigua y timorata, que no cuestionaba lo fundamental; pero ni con esas: en Madrid, una vez más, habían decidido taparle la boca a la gente. Esas señorías encorbatadas, que ya no pueden disimular con trajes de Armani ni con perfume de París el tufo a detritus que exhalan por tanta corruptela, esos ejecutivos de la gran empresa devenidos administradores públicos, esos caciques e hijos de caciques y de funcionarios franquistas, conchabados con la peor oligarquía parasitaria en consejos de administración y juntas de accionistas, ahítos por el festín del saqueo, vienen a decirnos que no podemos decidir nuestro futuro, que no podemos pronunciarnos sobre aquello que nos resulta vital, que no tenemos capacidad para deliberar y elegir qué camino nos conviene. No habrá consulta y las prospecciones ya han dado comienzo, con el ejército español haciendo las veces de una compañía de seguridad privada, con una persona herida y hospitalizada, resultados geológicos inciertos y un daño al ecosistema garantizado. Todo en medio de una campaña de mentiras a la población sobre los beneficios económicos del crudo por parte del ministro de Industria -que ya prepara su entrada por las puertas giratorias de la empresa privada y se despide para siempre de su Telde natal, a donde no podrá volver sin escolta- y una vergonzosa puesta en escena publicitaria a cargo de la multinacional Repsol. Ese es el progreso que nos trae la derecha recalcitrante que gobierna en Madrid, a dos mil kilómetros de distancia.

Y sin embargo, la misma idea de progreso esconde una trampa que no siempre es tenida en cuenta: el progreso, entendido como crecimiento permanente y desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, es el dogma incuestionable en la ideología neoliberal que nos gobierna. Ese progreso que avanza a ciegas, como una apisonadora sin control, encierra siempre, junto a los balances económicos, una contrapartida de ruina y devastación de los territorios y las poblaciones más frágiles, una homologación cultural en torno al consumismo sin fronteras y la desaparición no sólo de la diversidad natural, sino también de los saberes, lenguas y manifestaciones artísticas que no encajan con los patrones dominantes al tiempo que tiene lugar la reducción de la realidad humana en su conjunto al común denominador de las ganancias económicas. Todo se sacrifica en el altar del progreso, antesala del reino de la mercancía. Marx lo supo ver con clarividencia ya en el siglo XIX, y, a lo largo del siglo XX, autores tan dispares como el alemán Walter Benjamin o el italiano Pier Paolo Pasolini nos alertaron sobre la deshumanización fascista que llegaba a lomos de esta ideología y que ni siquiera la izquierda política fue capaz de conjurar. Por eso, cuando la locomotora de alta velocidad de este nuevo fascismo amenaza con descarrilar y llevarnos a todos por delante, lo que hay que hacer es echar el freno de emergencia y pararnos a recapacitar.

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